3 relatos cortos (nada de política)


1. Hace unos 40 años en una vereda del municipio de Totoró (Cauca) ocurrió un terrible asesinato. Un hombre anciano fue muerto de 78 cuchilladas. Era médico tradicional de una comunidad indígena. Los investigadores demoraron mucho para encontrar los culpables. Finalmente encausaron a 3 naturales y los hicieron confesar. Ellos decían que habían actuado en defensa propia, en defensa de su comunidad. Nadie les creyó. Sin embargo un joven abogado realizó una investigación minuciosa con un enfoque diferente, una mirada «no occidental», una perspectiva antropológica no tradicional. Él pudo demostrar que había sido una muerte ordenada por toda la comunidad ante una amenaza mortal que se cernía sobre todos los integrantes del resguardo. El thewala o chamán había desviado el camino y estaba usando sus conocimientos y energías para hacer daño. La forma como estaban dispuestas las heridas en el cuerpo y el número de ellas mostraban sin ninguna duda que había sido un ritual de muerte. El médico tradicional tenía 78 años y el número de puñaladas iba dirigido a evitar que el chamán viviera más allá de la muerte y siguiera haciendo daño. Los testimonios de gran parte de la comunidad –incluyendo familiares del muerto– sirvieron para que los tres autores materiales quedaran libres. Nuestro mundo es más complejo de lo que vemos a simple vista. Muchas cosas ocurren sin que las podamos entender… El joven abogado es un gran amigo mío quien hoy está enfermo y ayer cumplió años. A él le dedico este relato. Amén.
2. Esta historia sucede en un municipio del Cauca pero hubiera podido ocurrir en cualquier localidad andina de Colombia. En este caso es un corregimiento con población campesina mestiza con origen indígena de otro municipio vecino. Cuenta con algunas familias traídas de Cundinamarca a trabajar en el cultivo de la papa. Una mujer –pobre e ignorante como ninguna– es su principal protagonista pero también aparece el abogado amigo, ya no tan joven como en el anterior relato. Aconteció que esta mujer proveniente de otra región del Cauca encontró en este frío lugar un sitio en donde vivir. Trabajaba en lo que se le presentara, unas veces de muchacha de servicio, otras de sembradora o cosechadora, algunas de cocinera y demás. Era poco agraciada y además algo triste. Sin embargo de vez en cuando se echaba su “canita al aire”. Y no faltaba el campesino que “le echara los perros”. Las mujeres del pueblo hablaban mal de ella pero la soportaban porque no la consideraban una amenaza. Sin embargo, a veces las más beatas –mirándola a ella– repetían como loras los contenidos moralistas de las homilías del cura que visitaba ese apartado pueblo cada 15 días. Sucedió que María, como llamaba la mujer, de un momento a otro apareció embarazada. Ella no sabía en qué momento sucedió ni quién era el padre. Ocultó temerosa su situación ante la gente. Se fajaba a diario, continuó con su vida como si nada y nadie se dio cuenta del hecho. Llegó el día del parto. Tuvo al niño en un baño como si fuera un animalito, sin atención médica ni acompañamiento. Pero de inmediato lo ahogó en la taza del inodoro. Una vecina alcanzó a escuchar el llanto del bebé y alertó a la población. Uno de los tres policías que prestaban servicio constató los hechos y ella no negó nada. Todo el mundo señaló a María de un comportamiento maligno e inhumano. El pueblo se horrorizó. El caso llegó a los estrados de un juzgado de Popayán. La fiscalía pedía como mínimo que fuera condenada a 30 años por crimen agravado en cabeza de un menor indefenso. Nuestro amigo abogado se aprestó a conocer el caso. Fue al susodicho pueblo e investigó las condiciones de vida de María. El día del juicio hasta el cura estaba presente pidiendo la condena y el ostracismo para ella. La defensa se basó en el criterio clínico sustentado por el mejor médico psiquiatra de la ciudad quien planteó que durante el embarazo y el puerperio se suceden una serie de cambios bioquímicos, psicológicos y sociales que ocasionan una mayor vulnerabilidad para la aparición de trastornos psíquicos en la mujer. El ya experimentado litigante pudo demostrar –con vehemencia y amplia fundamentación–, cómo esta mujer actuó en unas circunstancias sociales y psicológicas que la llevaron a realizar ese acto monstruoso pero sin tener conciencia de él. Los hechos presentados eran contundentes. El juez aceptó la argumentación y exoneró a María de toda culpa. Lo sorprendente fue que de alguna manera la comunidad se sintió culpable de permitir que una persona pudiera vivir una situación tan dramática y azarosa. Desde entonces la gente que la juzgó tan duramente, la volvió a acoger ahora con cariño y consideración. Al día de hoy es parte de esa comunidad y vive feliz. Construyó una familia normal y tuvo 3 hijos. Nuestro abogado sigue con nosotros y va mejorando.
3. Soy un pintor, un pintor sudaca. Vivo hace unos años en Europa. Cuando llegué me asignaron un espacio amplio y cómodo. Era mi taller. Yo estaba feliz. Me hice amigo de una francesa. También es pintora. Ella se entusiasmó mucho, no tanto conmigo pero sí con mi espacio de obraje. A los pocos días había invadido el área y me tenía arrumado. Al principio me sentía acompañado y algo protegido por su presencia. Había percibido que los europeos, o la mayoría de ellos, ven en todo inmigrante a un invasor. También nos identifican como usurpadores y peligrosos. Tal vez por eso, inconscientemente, acepté la acción abusiva de la francesa. Pero la situación se volvió inmanejable. Ya no sólo estaba arrinconado sino que empecé a odiar el sitio y no me surgía la inspiración. Ahora de invadido me creía invasor. Pero algo me hizo reaccionar. Me imaginé estar viviendo en mi Bogotá del alma y una energía nueva surgió de mí. Le pedí con tranquilidad pero firmeza a la gala que desocupara. Ella se resistía porque en el fondo me despreciaba. No entendía como un sudaca podía tener un taller en esas condiciones y su decidida pretensión era quitármelo. Me apoyé en la policía y fue expulsada sin consideraciones mayores. Hoy recuerdo ese episodio y lo cuento para hacer ver cómo nosotros somos presas de nuestros propios complejos. Así hemos vivido en nuestra América Latina, sintiéndonos desplazados en nuestro propio territorio. Seis millones de colombianos sacados de sus tierras más otros cuatro millones que estamos desperdigados por el mundo son resultado de esa inversión de valores. Si guardamos dentro de nosotros mismos algo de lo que es nuestra tierra, ese sentimiento nos permitirá ser dignos y hacernos respetar. Eso pienso pero, a veces, es tan difícil…



