ZARATUSTRA


Los árboles volaban, habían sido arrancados de la tierra; las ciudades eran humareda de cal, las nubes, azafrán incendiado; sobre los ríos ardían fogatas inmensas… las montañas tenían el color pálido que no regresa de la muerte, mientras un gavilán descubría mi escondite y miraba distante con celos.
En una cueva cantaba una lira… era yo, Zaratustra el impío; solo, sin mi serpiente ni mi águila; habían ido a adorar al sol, a pedir de nuevo la vida.
Entonces llegaste tú, como siempre; tus muslos torneaban el aire, tentaban al cielo.
Dime: ¿por qué soplas mi fuego? Mi risa no es tuya; ¿no ves que sólo quedan sombras cimeras, ojos de hielo y oídos sin luz, huesos arañados por la vejez?
¿No ves que mi tiempo ha llegado?
Yo espero todavía al Superhombre… pero no hay nadie con sueños de astros; y en tanto, todo retornará eternamente, incluso tus brazos morenos que atajan al sol.
¿Y quién dijo que Zaratustra tiene una querida?
¿Ya renunciaste a los hombres, a sus mercancías y ocupaciones vanas, a sus fiestas mediocres, a tu bien y a tu mal?
Noto en tus ojos desidia, un pálpito que no es mío, una flor que huele a derrota; has caído en la red, no has lavado tu frente como una guerrera; pero te perdono; Zaratustra el impío tiene piedad, aunque ladró a Dios y a todos los ídolos antiguos y modernos.
No importa; ven a mi lado, acuéstate encima, cúbreme con tu perfume blando de piel.
Ven Moira, tatúa mi cuerpo con besos… fecunda mi alma con la manzana que quema, arranca mis ojos, dame un lenguaje de amor, un grito que parta mi tierra, ven a mi tálamo donde nacen estrellas.
Eres bella, deliciosa y terrible… No has entendido mi lengua extranjera, pero yo te perdono; algo me dice que necesitas mi muerte.
RVQ



