VERLE LA CARA A LA LUNA


Loco-mbiano
Haber estado casi por dos meses encerrado en una clínica me ha hecho añorar sucesos, lugares, contactos, personas, actividades a que he estado vinculado. No poder hacerlo me llevó a otro mundo y me privó de cosas sencillas que hacen la vida grata.
Salir a la calle a la hora menos pensada, mirar por la ventana el samán a las 4:00 p.m. cuando acuden a la cita las parejas de cantores con alas, cumplir la cita en la Sala Beethoven para el concierto 7:30 p.m. o poder extasiarme viendo cómo sonríe la Luna en cualquiera de sus fases.
Tuve que romper mi sesión diaria ante la pantalla vacía para echar al vuelo opiniones, crónicas o divagaciones cotidianas. Debí suspender un viaje por largo tiempo planeado y cambiarlo por ofrecer mis brazos, venas al catéter y atiborrar mi estómago de pastillas con una bolsa de suero que llenaba mis horas. Qué cambio tan repentino y soso.
Mi Bulevar estuvo desierto por casi 60 días. Nadie transitó por sus calles. Pareciera que alguien hubiera clausurado sus avenidas, ventanas, horizontes y melodías. Eso de tener que abandonar a duras penas los espacios, modo de vida, amigos y lectores produce allá, en el fondo del ser un vacío más grande que las noches sin vela, con caras extrañas y cantos de martillos, monitores y jeringas impías.
¿Será que por esta ruta, por este pasaje todos los seres humanos pasamos? ¿Casi proscritos, cautivos, condenados deberemos pagarle tributo al hecho de ser proclives a la enfermedad y sus «remedios» en una clínica llena de ecos, placas, chuzones en el dedo medio, ventiladores, caras anónimas y horas eternas como suplicio de martirio? Tragos amargos, noches de insomnio lejos de los seres queridos, diagnósticos crudos y remisiones a salas y rayos X.
Y, cómo nos cambia la vida de pronto. Vuelve el día con el frío de la aurora, se alumbra la mañana con el sol, puede uno tomar desayuno con su novia al lado, salir a la esquina, dar un paseo y gozar del rumor del río, ir a Tip y Tapas a almorzar sin temor de la grasa, sentarse en la sala fresca a leer, asomarse de noche a conversar con la Luna o mirar pasar el avión que se dirige al Sur.
Pequeños estos placeres que nos da la vida cuando uno goza otra vez de salud. Se oye de nuevo el crujir del planeta, vuelve el color a la mejilla, la sonrisa a las caras y el humor muestra sus dientes.
Se hace verdad la frase de Perogrullo: no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Llega de nuevo el deseo de escribir, el sabor del oficio que llama a llenar la pantalla que espera en blanco.
Llegará la noche con sus lunas en columpio y sus trajes amarillos y rojos. Nos llenarán de paz y sueños, de ilusiones y amores remozados, sin el ulular de pesadillas ni miedos.
02-09-13 11:39 a.m.



