EL VERANO EN MIS ALAS



Menudita como el pajarillo que canta sobre el chopo verde, menuda como una flor en medio de la llanura primaveral. Así resplandece la dulzura de Julia Erazo en el escenario de la Poesía. No podía serlo de otra manera pues la poesía es una joya escasa y diminuta, trémula y pudorosa. Así apareció Julia a nombre de Ecuador en Cali, Colombia. Escondida entre el gentío de la Gala final del XVI Festival Internacional de Poesía en el cual ella intervino.
Tuvo la bondad de dedicarme su poemario El verano en mis alas. Un librillo verde en el que se pierde un símbolo blanco. Un océano chico con riberas y olas, con viento y alas de amores, gaviotas, caracoles, barcos y un sol apático.
Los poemas de Julia son pequeñas saetas que cruzan por entre árboles, tréboles y faldas tomando sus aromas porque van en pos de citas antropófagas y trampas. Llevan néctar en su punta para atraer incautos amores o miel para curar heridas.
¿Quién caerá en sus subterfugios? Dragones o piedras de agua habrá en el camino, mariposas y demonios se hallarán junto al príncipe muerto. Veranos e inviernos acompañarán el silencio de una espiral de placeres.
Versos, como alfileres o hitos marcan la senda que teje la poeta en cada una de las páginas. El menudo pájaro entra por la ventana, canta sus amores y jura que serán eternos. Un ojo desnudo aparece y asalta de muerte al deseo. Hay signos y vampiros mientras el farol afuera alumbra. La poesía ronda por entre las pequeñas páginas y danza traviesa ante quien se atreva a leer entre líneas y alas.
Paso a paso quien lea a Julia cambiará de estación de tramo en tramo. Fácilmente acabarán las lluvias y calentará el verano. Caerán las hojas o florecerá el carmín discreto en el ciruelo. La ilusión estará jugando como la pompa de jabón al borde de los labios. Porque la autora es niña que juega a las escondidas con una sorpresa en cada poema. Debajo de cada ala no solo lleva calor y deseo, sino brisa y sombra, arena y orilla de muerte o vida.
La poesía de Julia es fácil, no intrincada. Es un manantial en el que se puede mirar en el fondo la metáfora sin miedo a perderla por el movimiento del agua con el viento. Los poemas están ahí, acurrucados para que el lector los acaricie. No ortigan ni golpean en el rostro. Apenas sorprenden por sus títulos sonoros, afortunados. El lenguaje es castizo, sin retorcijones ni escoria, ni lugares tocados por la gleba. Cada poema es un canto. Algunos habrá que releerlos para hallarles el timbre fiel o la sal a punto.
¿Quién más leerá este Verano que suena a cuento de hadas? ¿Hasta cuándo descansarán sus alas? Llegará un tiempo de frutos y de geranios negros, aunque llueva, para recibir y dar besos tomados de la mano en el ocaso. Nos lo promete Julia justo antes de cerrar la puerta y de devolver la mejilla hasta que regrese.



