USA en coma

USA en coma
Selfie de un imperio con síntomas de trumposis, mole y guacamole

La democracia gringa, ese sándwich institucional creado por los Padres Fundadores y sazonado con retórica libertaria, hoy se parece más a un Big Mac recalentado: huele a pasado, se ve apetitoso en la teoría, pero te deja con acidez y arrepentimiento. En este reality sin final feliz, el Congreso es una sitcom sin guion, el Capitolio una ruina de mármol llena de fantasmas armados, y el tirano Donald Trump es como un payaso de circo que insiste en hacer malabares con granadas mientras culpa a los inmigrantes de romper los platos.
En el mundo paralelo donde habita el trumpismo, la libertad lleva peluca rubia y sostiene una antorcha de ego inflamable. La estatua de la libertad —esa señora francesa que alguna vez dio la bienvenida a los pobres y perseguidos— ahora tiene una venda con el logo de McDonald’s en los ojos. No ve a los migrantes que cosechan fresas ni a los cocineros que preparan los burritos que tanto ama su base electoral. Pero escucha, eso sí, las voces que le dicen que construir muros es más barato que construir puentes. Aunque no lo sea.

México y la alquimia del fogón
Y aquí entra México, ese vecino incómodo que lo ha dado todo excepto las gracias que merece. Para hablar de él con la seriedad que no cabe en un tuit, mejor cederle la palabra al gran Anthony Bourdain, el alquimista del fogón, cronista de lo real y viajero de estómago noble. Lo dijo claro y sin aderezos: “La mayor parte de mi vida como cocinero he trabajado con mexicanos.” Y eso incluye no solo las cocinas más humildes, sino también los restaurantes de cinco estrellas donde los chefs hacen de todo menos cocinar.
Bourdain, que conocía mejor los callejones de Oaxaca que los pasillos del Senado gringo, lo dijo con pena genuina: “Cuando los tildan de violadores y traficantes me dan ganas de vomitar de la vergüenza.”
Porque detrás de cada plato de enchiladas, cada margarita, cada suculento nacho con queso plastificado, hay manos mexicanas cocinando, sirviendo, sembrando, limpiando. La cocina de EE.UU. sin mexicanos sería como el Hot Dog sin salchicha o el jazz sin saxofón: insípida, repetitiva y profundamente triste.
El país que más tacos consume fuera de México es el mismo que manda soldados a la frontera para impedir que quien los hace entre por la puerta. Bourdain fue certero: “Exigimos que nos cocinen, que cultiven, que limpien, que cuiden… y luego los despreciamos.” Como si el tequila solo valiera si lo vende una cadena de Las Vegas, y no si lo destila un abuelo en Jalisco.
La verdad es que, sin trabajadores mexicanos y latinos, Estados Unidos colapsaría antes que Twitter después de un mal chiste de Elon Musk. La agricultura no existiría, los restaurantes cerrarían, las casas no se limpiarían y el césped crecería más rápido que la deuda externa. Y aún así, el discurso oficial insiste en criminalizarlos como si fueran los responsables de la crisis existencial de un imperio que se consume en picada en medio del fentanilo y la sobre dosis.
Y las pataletas de Trump, el Dictador improvisado a dónde van ? Adónde Irán ?
Cuando todo falla
—porque eventualmente todo falla— Trump, con su manual Nazionalista y su romance con Satanyahu, el Fuhrer de IsraHell, decide desviar la atención bombardeando a Irán. Nada nuevo: pan, circo y un misil de vez en cuando para avivar el patriotismo y encubrir el desempleo, el colapso sanitario y el calentamiento global. Todo, por supuesto, a espaldas de la Estatua de la Libertad, que ya no recibe a nadie, sino que más bien observa el horizonte con la mirada perdida, el maquillaje corrido y un aire de “esto no era lo que firmé”.
California Dreamin y revolución gourmet
Y mientras tanto, California sueña con la independencia. No como Texas, que amenaza con irse cada vez que se le cae internet, sino como quien ha madurado y entendido que el federalismo es una relación tóxica. California quiere ser república, y no solo por los vinos y las startups. También por el respeto que le tiene a la diversidad, la cultura, el aguacate… y al mole oaxaqueño que tarda días en prepararse, como debe ser la política: con tiempo, ingredientes frescos y sin prisas.
Porque la cocina mexicana, como bien sabía Bourdain, no es queso derretido en una tortilla. Es alquimia pura. Es historia. Es identidad. Y si no entiendes eso, no deberías estar a cargo de una nación donde el taco Tuesday es religión, pero el respeto al migrante es herejía.
La democracia estadounidense está enferma. No terminal, pero sí grave. Tiene fiebre de supremacismo, amnesia histórica y una intolerancia crónica al otro, a la diversidad. Pero mientras haya mexicanos cocinando, Anthony Bourdain en la memoria, y algún puesto callejero donde reunirse a compartir una cerveza fría y una salsa con historia, aún hay esperanza.
Eso sí, si la esperanza viene en tortilla… que no sea Tex-Mex. Por respeto al mole y a la verdad.
Brindemos con mezcal, limón y sal.
Salud.
******************
Texto e IlustrArte Digital By Keshava Lìévano
Imagen destacada bajo licencia CC BY-NC 4.0. – URL canónica: https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/



