Universidad, herejías y democracia


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Los profesores librepensadores de la Universidad de Paris se vieron sorprendidos cuando a mediados del Siglo XIII recibieron una carta del Papa Gregorio IX, quizá iluminada por el Espíritu Santo, que todavía, para esa época, 1227-1241, intervenía en la redacción de los documentos pontificios.
En la carta se condenaba a purgar los trabajos de Aristóteles, haciéndolos accesibles a los estudiantes, de tal manera que no significaran brechas abiertas hacia la herejía.
Como recordamos en la historia universal Gregorio IX fue severo contra quienes pensaran de manera diferente, a quienes consideró hijos del demonio y traidores de la Iglesia.
Tiempos de cruzadas cristianas en que los intelectuales eran enviados a los nobles magistrados para su debido castigo, que consistía en muerte por fuego, si el disidente se obstinaba en sus creencias y prisión de por vida, si la condena era penitencia.
Y, naturalmente, las formas de aplicar la muerte eran tan horripilantes como las que acontecen en Buenaventura en el marco de nuestra flamante democracia, o las torturas por empalamiento salvajemente propinadas por las FARC a sus prisioneros de guerra, como ocurrió con los dos miembros de la Policía Nacional en Nariño, en clara violación al derecho internacional humanitario y las normas de la guerra, de similar transgresión humanitaria si tenemos en cuenta las ejecuciones extrajudiciales practicadas por algunas Brigadas del Ejército colombiano, que con notable despliegue el País de España informó ayer en una de sus crónicas.
En el Medio Evo el refinamiento para aplicar la muerte fue fruto de la imaginación perversa de los asesinos para causar terror y miedo, en aras de cuidar sus intereses tranquilamente. Lo mismo hacen las empresas criminales para mantener el poder de sus agrupaciones, acudiendo, incluso, a rituales mágico-religiosos y justificaciones políticas abominables.
Y si en nuestro país la motosierra abatió los campos provocando la estampida a las ciudades de cinco millones de campesinos, considerados herejes del establecimiento y aliados de la guerrilla, los condenados a muerte en los tiempos de Gregorio IX eran quemados en la estaca, que consistía en una palo al rojo vivo con el que las víctimas eran alzadas en las plazas públicas para escarmentar a los potenciales adversarios del poder tradicional.
Aberrantes conductas usadas en nombre de la ideología y prácticas políticas como instrumentos para consolidar poderes económicos que, pese a los espantosos tormentos, revelaron insólitos actos de resistencia, como me lo recordaba hace unos días en ameno y corrosivo diálogo Hernán Bonilla sobre San Lorenzo, mártir de la Iglesia, quien cuando fue sometido a la hoguera la afrontó con impavidez diciendo: “…por ese lado por favor no que ya estoy chamuscado”.
Con esa carta de presentación y los antecedentes de los crímenes atroces medievales, considerados legítimos por los poderes de la época, ya podemos presumir qué intencionalidad guardaba la comunicación papal enviada a los docentes del Alma Mater parisina.
Gregorio IX exhortaba a los profesores universitarios a no adoptar posturas catedráticas que reflejaran tendencias herejes, sacrílegas, librepensadoras y heterodoxas, vale decir, apartarse de las verdades teológicas vigentes o abrazar creencias paganas y profanas.
Tiempos de sometimiento a las ideas divinas, geocéntricas, de la ciencia autorizada por la teología, donde el pensamiento era inmovilizado por el terror que provocaba el infierno y la tortura de la Santa Inquisición y que, por fortuna, la Iglesia pidió perdón a la humanidad por los excesos cometidos.
La Universidad de Paris se vio sometida a la disyuntiva de continuar como centro de estudios autónomos, haciendo de la independencia intelectual su bandera emblemática, o ponerse al servicio de la teocracia religiosa, donde confluían la enseñanza aristotélica y múltiples formas de creencias místicas.
Hoy sería insólito tratar de preservar los preceptos de Gregorio IX, aunque no dejan de existir voceros, creyentes y fundamentalistas políticos y religiosos que con sus posiciones ideológicas evocan los tiempos más siniestros y lúgubres de la humanidad.
Enfrentada a nuevos retos la universidad colombiana, en el contexto de la postmodernidad, se encuentra ante nuevos desafíos, ya no al estilo del Siglo XIII, pero si sacudida por la turbulencia del paradigma económico neoliberal que, muy a pesar de las imposiciones financieras y modelos académicos de crudo pragmatismo mercantil, no ha perdido la misión de constituir su propio logos autonómico, donde la crítica, la investigación científica y el disenso impulsan la generación de conocimientos e incorporación en el proceso de edificar de una democracia radical.
Democracia que involucre el reconocimiento de los estudiantes, trabajadores y docentes como sujetos sociales protagónicos de nuestra sociedad, bloqueada por la racionalidad política y el mercado, que han impedido el ejercicio pleno de la comunidad universitaria en la construcción de convivencia, justicia social y democracia.



