UNA LÁGRIMA PARA LA PAZ EN COLOMBIA
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La poeta laureada Marga López me ha enviado un video con las imágenes del monumento A la Lucha contra el terrorismo internacional que diseñó el artista Zurab Tsereteli y que el pueblo ruso ha regalado al pueblo de EE.UU. Impacta la grandeza y volumen de una lágrima negra que él esculpió con la suma de las de sus ojos mientras le estaba dando forma. Solo un ser humano sensible es capaz de obsequiar una lágrima como testimonio de su deseo de paz.
Las primeras lágrimas brotaron el día que una mujer o un hombre sintieron en lo más hondo de su garganta y de su pecho el dolor y la desesperanza. Sus entrañas todas juntaron sus líquidos y los lacrimales dejaron correr por sobre pupilas e iris el torrente de lenitud y consuelo. Cuán suave se derrama ese aceite sobre el órgano que tiene que ver frente a él las injusticias, la crueldad y el crimen.
“Dulce y honorable es morir por la patria”, dijeron los latinos con Horacio y en esta frase resumieron el dolor de entregar la vida de sus hijos por los “ideales” patrios. El ser humano, impotente, hoy debe sentarse a mesarse los cabellos y soltar libre el río de sus lágrimas porque sus hijos no mueren por la patria sino que son forzados a morir o a vivir lejos de su patria chica. Es el precio que los criminales le han puesto a la sed de tierra, de riqueza fácil sin tener en cuenta la vida y la felicidad de quien vive en paz en su parcela.
Los ojos, en verdad, son una mínima parte del cuerpo y las lágrimas son gotas saladas que no significarían sino la debilidad de un ser humano deshecho. No es como el agua dulce del río que toma quien tiene sed o en el baño refrescante en la mañana. La naturaleza le ha dado al humano el don de sacar de la cueva mágica de su cuerpo las lágrimas para curar y consolar sus dolores y tristezas. Con ellas halla el remedio que no encuentra en palabras mentirosas ni en medicinas de laboratorio. Solo los pañuelos saben recoger esas penas en sus pliegues y secan el ardor que ellas dejan sobre el rostro.
Cuántas lágrimas derraman día a día mujeres, padres y hermanos por sus hijos asesinados o secuestrados. Cuántos ojos no se cansan de llorar de ver que ya no estarán en su casa de campo y en su labrantío porque hombres camuflados se apropiaron de la fuente de sus alegrías. Cuántos niños sufren de hambre con sus padres porque el desplazamiento los alejó de su tierra y de sus frutos. Cuántos corazones no se han roto porque los ojos ya no pueden producir llanto sino sangre de tanto esperar la justicia que anda de gira y de fiesta.
La Naturaleza misma llora cuando la despojan de sus bosques, cuando contaminan sus ríos y lagunas, y los caudales anegan ciudades y avasallan con sus lágrimas cuanto encuentran a su paso. Pero nuestros gobernantes y los responsables de permitir la asolación de tierras, selvas y masacres andan riéndose del pueblo mientras sus bolsas nadan en despojos millonarios.
¿Quién le regalará una lágrima a Colombia? ¿Quién de los ricos que han despojado a la patria les devolverá el daño que le han hecho? Porque “detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen”, dijo Balzac y una vez El Tiempo lo citó en un epígrafe en su primera página. No basta decir, sin una sola lágrima: “pido perdón por lo que hice”, como mal nos lo enseñó el Astete.
25-05-11 – 11.17 a.m.
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