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miércoles 1 junio, 2011 a las 9:38 am
UNA BANDA SONORA SUENA EN CADA VIDA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

En Caracol cada sábado Diana Montoya y Ricardo Orrego en su programa musical A vivir que son dos días invitan a personajes del mundo de la farándula para que cuenten a los oyentes las canciones que han marcado hitos en momentos de su vida. De manera fresca y agradable van sonando las grabaciones de una tras otra de las canciones y melodías que delinean rasgos de la personalidad de los invitados.

Han pasado por allí Ricardo Orrego, Marcela Carvajal, Daniel Samper o Don Jediondo. Entre comentarios y preguntas Diana Montoya busca luz entre los recuerdos musicales de los invitados. Los oyentes hemos escuchado pistas de voces y cantantes que todavía nuestras orejas se mueven como cuando las oímos hace ya algunas décadas. Gozamos con la “banda” sonora de cada uno y pulsamos, sin poder evitarlo, su sensibilidad, ambiente profesional y familiar y evocamos la época y hasta en nuestra imaginación aparecen de nuevo los íconos de estrellas y conjuntos. Qué estímulo para el ser humano poder revivir aquellos momentos agradables.

De mi parte me regodeo pensando que yo también tengo guardadas en mi mp4 del alma unas cuantas canciones que apuntalan fechas claves de mi existencia. De cinco años veo a mis padres bailando al son de guitarra, tiple y bandola la Gata golosa de Fulgencio García. Oigo cantar de nuevo a mi amigo Alfonso Alfonso el tango Mi caballo bayo por Armando Moreno. Mi corazón se siente lírico al recordar a Jussi Bjoerling cantando Una furtiva lágrima mientras aprendía latín. Vuelvo a sentir la emoción de los 20 años con Adiós casita blanca y Tupinamba. Me veo cantando como tenor con el Orfeón de los claretianos en Zipaquirá el Hallelujah de Händel. Me envuelve el vaho de la Nueva Ola con Estoy en medio de un triángulo. Me asomo al espejo y encuentro mi pelo largo al estilo de los Beatles con I want to hold your hand. Entonces tomo de nuevo el espejo y veo mi rostro más joven y me lleno de romanticismo.

La música es un buril que va horadando en nuestra conciencia unas notas que no se borran con el resto de emociones sean gratas o cruentas. Uno puede cerrar los ojos y oír la melodía que brota de las gargantas de Compay Segundo El cuarto de Tula o de Celia Cruz, de Juanes o Shakira, de Caruso o Juan Carlos Flórez. Saltan al escenario desde el inconciente violines, orquestas enteras o la voz de Bob Marley o de Javier Solís que canta Club verde. Y nos producen en la piel de los brazos o de las entretelas sobre el hígado y bajo los pulmones unos estremecimientos sublimes, semejantes al arrobamiento por el beso de la amada.

Las veladas a que asistimos de mocosos, de novios, para celebrar el grado o cuando vamos a concierto dejan un sedimento en nuestras neuronas e imprimen con más fuerza y nitidez melodías y voces que en el acetato o en la memoria del iPod y pueden reproducirse en el programa de Diana Montoya o mientras conciliamos la tranquilidad para emprender el viaje al sueño.

Dichosos de nosotros que gozamos con tan poco y gracias a nuestros recuerdos. Gracias a la música que logra ese milagro de renacer imágenes felices y sonidos que nos parecen celestiales como la voz de Sarah Brigthman en Panis angelicus.

29-05-11 – 9:35 a.m.

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