UN POEMA A DOLORES SALEM PALESTINA


“El tiempo habrá llegado
cuando en la esfera de tu reloj
caiga el último grano de arena”
Gorjan Falkony.
Abandonaron las cigüeñas Sarajevo. No encontraron refugio en Palestina.
¡Oh, Capitán!, mi Capitán!
En Vietnam eran plato exquisito para los perros de la Casa Blanca.
Aderezo hermoso en el festín de los mercenarios de la primavera cuando en Libia devoraron a Gadafi. Aplausos en Washington y Bruselas. En Berlín
recuerdan la muerte de Hitler y la bandera de la Unión Soviética flameando en los edificios más altos de la metrópoli del crimen
Comiendo palomitas de maíz
para los mariscales de campo
fue un brillante espectáculo el sacrificio de Osama Bin Laden, el osado cazador de hienas
¡Alah es grande y misericordioso!
Plumas ensangrentadas de halcones en los aires caen como hojas abatidas por el otoño a tierra.
La tristeza y la desolación se hacen cargo de los niños que se ocultan bajos los escombros.
Donde antes gritaban y cantaban de alegría tomados de la mano
dejan ahora los zamuros en los atrios de los templos huellas infames de palomas y mujeres salvajemente asesinadas.
En Sarajevo empezó la sórdida contienda entre Abraham y Muhamed, pero los soldados del alba estrella en la frente de sus cascos y carros de combate no apostaron por ninguno,
otro dios los guía y los protege.
Olvidaron que en Granada, en Sefarda, el Edén era compartido con los sabios poetas árabes, un hermoso poema se recitaba desde lo alto de los minaretes, los campesinos, sin gorros ni sombreros, de rodillas bendecían a Dios.
En los jardines de rosas blancas y radiantes jazmines de sol y luna,
en la fuente de los leones cubiertas por inmensos parasoles de colores,
bellas princesas moras enseñaban a los caballeros de los dorados castillos de Aragón y de Navarra melodías y rimas de canciones de amor que ellas componían entre danzas y risas al son de sus laudes y guitarras.
Pero el odio ha alimentado siempre a los monjes expulsados de Sodoma, van ocultos con mercenarios y soldados a reclamar la presa para los buitres de las altas estrellas blancas y banderas empapadas en sangre y pólvora.
Hay un Profeta que llora en la cima de la montaña y un hombre santo lleno de purulencias que se lamenta en los caminos. No mató David a Goliat, su avatar: sombra y piedra de su honda, porque en verdad os digo ¡Quien a hierro hiere, a hierro muere!
PAUL DISNARD



