Un fantasma llamado acoso


Un fantasma llamado acoso.
Crecí con la idea que era una mujer poderosa, que podía lograr lo que quisiera y que estaba viva para comerse el mundo, pero esa fuerza se fue desvaneciendo con los daños. ¿Qué importa qué hora era o qué ropa llevaba puesta? Salía de entrenar y como de costumbre iba con mi mismo grupo de amigas por la misma ruta por la que caminábamos a diario. A solo dos cuadras de llegar a mi casa vimos una moto con dos hombres pasar.
A las mujeres nos persigue en la calle un fantasma que no tiene nombre ni cara. Nos enseñan a hacer oídos sordos y acelerar el paso para que no nos alcance porque así es cómo funciona el mundo y no hay ropa holgada ni hora del día que valga.
Entre risas pasaron desapercibidos los hombres en la moto la primera vez. La calle era doble vía, se devolvieron y nos pasaron muy cerca. Las alarmas se encendieron dentro de mí y lo que hice fue empujar a mi hermana hacia la pared de la casa por la que íbamos pasando porque lo único que se me ocurrió era que ella llevaba el bolso con los celulares de todas las niñas.
Cuando tienes catorce años y caminas por la calle de siempre, a la misma hora, con tus mismas amigas y estás cerca de casa no crees que algo malo pueda pasar. Uno se siente confiado porque la ciudad es tu hogar y tú, como cualquier otro ciudadano, tienes derecho a caminar tranquilo por las calles que te ven crecer.
Mi papá estaba sentado en su cama cuando escuchó un grito ensordecedor que era sin lugar a duda mío. Estaba a dos cuadras de mi casa cuando en cuestión de segundos los dos hombres se devolvieron una vez más en la moto y todas nos miramos asustadas pensando que nos iban a robar.
Yo era quién iba más cerca de la carretera cuando el hombre parrillero sin pena ni disimulo extendió su mano y me tocó la vagina. Todo se paralizó, lo único que se escuchó fue mi grito y la risa burlona de ese fantasma llamado acoso. No hay manera de denunciar a alguien que no tiene cara ni nombre, ni un piropo, ni a alguien que te persigue, ni a alguien que te toca en la calle sin tu consentimiento.
Con “solo un toqueteo” se desvaneció la seguridad y confianza que sentíamos de caminar por ahí y por cualquier otro lugar, ya se nos ponen los pelos de punta al ver una moto con dos hombres pasar cerca a nosotras, porque no es necesario llegar a una violación o a un asesinato para sentir que algo dentro de uno muere. Haber perdido el celular habría sido más fácil de superar.
¿Qué podemos hacer nosotras y las autoridades en un caso en el que no se logra identificar a quién hace el daño? El apoyo que brinda la institucionalidad se limita al apoyo emocional de la línea 155. Pero por lo general, nos reducimos a ignorar y seguir.




