UN ESCRITOR CON PELADA LENINISTA


Antes de las doce del medio día de un día cualquiera al tratar de evacuar la arremolinada estación del Transmilenio de Las Aguas en Bogotá, detecté la redonda testa leninista, no porque llevara tatuada en ella las páginas de El Estado y la Revolución, sino porque de lejos y también de cerca se le asemejaba al autor de la Revolución Rusa.
El rostro de Jaime Montoya Candamil, parecía venir de las estepas siberianas, más aún cuando antaño lució la chivera característica del líder bolchevique, hasta el punto que al verlo un escritor mexicano bajado en el Hotel Tequendama, para asistir a un congreso de escritores en Bogotá, al divisar al que aquella vez fungía de reportero, se arrastró por el suelo buscándole mil ángulos su parecido con Vladimir Ilich. Se cree que al llegar a su país sus fotografías fueron decomisadas por los servicios sin inteligencia mexicanos, puesto que creyeron que el fundador del estado soviético estaba en Colombia inaugurando la revolución de cinco puntas de estrella y cinco décadas.
Pero no. Jaime Montoya era por aquellas calendas un buen chico al que sólo sin fundamento se le acusó a sottovoce de hacer parte del servicio de inteligencia Vaticano, por entrevistar con gran éxito periodístico al cardenal López Trujillo. Reportaje con el cual obtuvo el Premio Simón Bolívar. Por aquellos años se veía a Jaime a menudo transitar por la Carrera Séptima con la indumentaria de su región más exactamente de Tulúa de donde es oriundo: sombrero, ruana y alpargatas. Llamando la atención puesto que la postmodernidad aún en el vestir no se imponía en la capital con los rotos blue jeans de los hippies.
El tulueño ha sido periodista, pero también se fajó como buen pugilista vallecaucano, con las musas a quienes en innumerables ocasiones llevó a la cama para hacerles el amor con todo el brillo de su calva, y calma de talento reluciente. Relación de la cual quedaron varios volúmenes líricos hasta el día que el Derecho le mató su vocación de liróforo celeste. Profesión, que estudió a trancones graduándose por fin un día de abogado.
Después de conseguir el título se fugó con el cartón debajo del brazo, no para ir a montar buró al lado de la finca caballeresca del Tino Asprilla, sino en busca de los pasos del Vampiro: último pájaro sobreviviente y lugarteniente, que fuera del “Cóndor no entierran todos los días”, y que el abogado Montoya Candamil, pesco dirigiendo una cooperativa de pescadores en el mismo lugar donde en épocas de “bárbara nación”, lanzaba muerto de la risa los cuerpos con “corte de franela”, a las turbias y belicosas aguas del Cauca.
Al solicitarle al Vampiro información para su novela, acerca de su participación en la violencia de la región, el exparaco de antes le pidió al novicio narrador en busca de una historia interesante, un apartamento con chicas en Bogotá y una suma considerable mensual de dinero, por narrarle con pelos y señales todos sus cortes de franela, crímenes, asesinatos, torturas de los liberales, que mataba chupándoles la sangre a sabiendas que sus anécdotas de sangre roja, lo haría famoso y hasta podría alcanzar como Gabo un Nobel.
Petición imposible de cumplir por su menguado patrimonio agotado en el recién grado universitario, quedándole sólo las ganas de hacer una acuciante investigación, que haría sin plata pero con una voluntad de acero probada como estaba acostumbrado a realizar todo lo que emprendía, pasando esta vez del Doxa de la chismografía, al Episteme de la verdad comprobada al decir del griego Platón.
Con los datos reunidos en varios años de arduo trabajo y rebuscando por aquí, por allá y por acullá, al fin el poeta, abogado y escritor, logró el material anhelado y suficiente para lanzarse esta vez no al Cauca de cabeza, sino al mar proceloso de la literatura, con la fe de un carbonero monaguillo de que llegaría a conquistar como lo está haciendo con su novela, todos los triunfos narrativos. Fueron muchas horas de dedicación robándole sueño al insomnio para tejer la ficción de la historia vampiresca con la maestría del oficio logrado en el eterno taller personalizado del maestro Eutiquio Leal en el cual este exguerillero tolimense y fundador de los talleres literarios en Colombia, le mostró los secretos de la construcción de la frase perfecta.
Novela de Montoya Candamil, que si no existe aún en papel, porque sólo está virtualizada en las redes donde muchos pueden leerla y otros no en esperan a que salga en pliegos, para poderla subrayar, oler, palpar como a mujer alguna. O cómo se hace con los buenos libros. “El poder bajo la ruana”, de seguro le dará la oportunidad a Jaime Montoya Candamil de otro asalto al cielo logrado por Lenin hace cien años.



