Un debate sobre la igualdad

El dilema de las minorías y el silencio de las mayorías

“Yo soy una marica”. Por eso, el nuevo ministro de la Igualdad, Juan Carlos Florián Silva, pidió que lo llamen ministra. «Yo no soy gay. Yo soy una marica y por eso hablo en femenino», insistió el funcionario (o la funcionaria, o le funcionare…).
Yo lo seguiré llamando ministro. Eso parece. Se desata entonces un debate que nos obliga a preguntarnos si la igualdad, en su afán por ser total, está creando nuevas formas de discriminación.
El Ministerio de la Igualdad, creado para promover el respeto por la diversidad, se convirtió, paradójicamente, en un punto de tensión.
La exigencia del nuevo ministro es un desafío que no puede ser ignorado. Plantea una pregunta incómoda: ¿la dignidad de las maricas se construye sobre la incomodidad de las mayorías?

Es natural que la sociedad se sienta desconcertada. Si la igualdad es el objetivo, ¿por qué insistir en una diferencia que requiere una ratificación constante? Si un hombre no necesita reafirmar constantemente que lo es, y una mujer tampoco, ¿por qué un servidor público cuya labor es garantizar la neutralidad y la mesura, convierte su condición íntima en un estandarte? A nadie le importa si se es decente, su condición íntima. El respeto, en su esencia, no es una militancia que se exige, sino una condición que se merece.
El pacto social del lenguaje
El lenguaje es un acuerdo colectivo. Permite que la sociedad funcione y que las personas se entiendan más allá de sus diferencias. Exigir un tratamiento lingüístico particular, sin que exista consenso social, rompe ese pacto y transforma el diálogo en una imposición.
Una gran parte de la población no se identifica como marica ni como lesbiana, pero tampoco siente la necesidad de definirse públicamente. Esa postura “in-diferente”, que no desfila ni milita, que no tiene necesidad de hacer ostentación de género, también es legítima y merece respeto. No reconocerlo es ignorar que la igualdad implica el derecho a no participar en un ritual identitario.
Todos somos diferentes, pero no tanto
La igualdad no debería ser una competencia de visibilidad ni una exigencia de adhesión emocional a cada causa. El reto está en equilibrar la legítima necesidad de las minorías de ser reconocidas con el derecho de las mayorías a no ser forzadas a adoptar códigos que no comparten.
Cuando la inclusión se convierte en una camisa de fuerza, se transforma en exclusión. Y cuando el lenguaje se usa como arma de distinción simbólica, nace un nuevo elitismo que margina al ciudadano común, aquel que solo quiere vivir en paz, sin banderas ni etiquetas. No podemos forzar un reconocimiento.
Así como se pide a la mayoría que respete la diferencia, la minoría debe comprender el valor de la in-diferencia.
Todos somos diferentes, sí. Pero no tanto como para que el idioma se convierta en un campo de batalla. Y no tanto como para olvidar que, en el fondo, la convivencia depende más de tender puentes que de levantar trincheras.
Somos distintos, pero no tanto como para confundir inclusión con imposición.
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