UN CRONISTA DE «VOZ» EN ARMERO


Mi recuerdo de Armero, la población del Tolima arrasada por una avalancha producida por el volcán Nevado del Ruiz, es un recuerdo desolado.
Esa mañana muy temprano llegué a sus cercanías con cientos de personas, venidas al lugar después de un año de la tragedia a buscar sus antiguos hogares y los restos de sus familiares. La noche anterior la pasé en un albergue bogotano, donde muchos de ellos vivían, o mejor, morían de necesidades e infinita tristeza. Aparentemente no estaban preocupados, y el viaje en bus comenzó hacia Armero antes de la media noche. Iban tranquilos, cantando las canciones de Mercedes Sosa, y de otros cantautores colombianos y latinoamericanos, y yo con ellos, sin saber lo que en realidad llevaban por dentro, pues sólo había padecido la tragedia a través de las informaciones y noticias.
El bus avanzaba en caravana con otros vehículos, bajando de la montaña con el sonido característico de sus motores cuando subía alguna cuesta, para volver a precipitarse por la carretera puesto que íbanos descendiendo hacia la tierra caliente y el río Magdalena. El clima era cambiante, la vegetación y los olores penetrantes de tierra tropical entraban con fuerza por las fosas de la nariz. Todo olía y el calor se hacía insoportable haciendo que nos despojáramos de las vestiduras requeridas en la tierra fría de Bogotá, antes que su temperatura se fuera transformando por efectos del calentamiento global.
En el bus iban personas de todas las edades, y lo más dramático ocurrió cuando al sentir que estaban ya próximos a su región, empezaron a dar gritos de dolor pasando del canto al llanto, y de las risa a las lágrimas. Todos lloraban menos yo que atento y sorprendido no quería que se me escapara ningún detalle para la nota periodística, la cual debía a hacer según mandato del director de Voz, Manuel Cepeda, que me había enviado para cubrir este primer retorno de los dignificados sobrevivientes a Armero.
Con las primeras luces del día nos bajamos del transporte al kilómetro de la población mártir, o de lo que había quedado de esta alegre ciudad tolimense, empezando a caminar con mi cámara fotográfica, tratando de retratar a los que avanzaban despacio con pancartas, y cargados de maletas, morrales, canastos, donde llevaban víveres como si fueran a llegar a sus casas para permanecer varios días, como siempre lo habían hecho con sus familiares.
En sus mentes habitaba una confusión de recuerdos vivos y fantasmales. No sabían dónde comenzaba la realidad y dónde la ficción. Recuerdo que dejé de tomar fotos para ayudar a una señora con dos hijos, niña y niño pequeños, y una maleta enorme, que me ofrecí a llevársela. También venían vehículos como camionetas cargadas de personas de todas las edades en medio de patrullas del Ejército, que salían por todas partes. Uno de esos vehículos atestado de personas arrancó bruscamente, cayendo una señora que pereció al instante. Fue recogida en medio de alaridos, gritos, mientras yo con mi carga avanzaba sonambulescamente por entre los interminables lamentos, sin haber podido tomar más fotos por la presencia amenazante de los militares, los cuales no me quitaban de su mira, por mi indumentaria observándome con desconfianza.
El calor se hacía cada vez más insoportable. Con el peso de aquel equipaje ajeno, cámara y mochila, no sabía si estaba viviendo una pesadilla en algún infierno colombiano. De pronto llegamos a una explanada, llanura, desierto infinito de barro rojo, café, amarillo. Apareció un carro tanque de agua bienhechora, precipitándonos bajo el fuerte chorro de su manguera para beber y refrescarnos la cabeza. Y metí todo el cuerpo como si estuviera debajo de una ducha, porque no soportaba el calor ni el cansancio al que se sumaba una noche sin dormir desde que llegué a un barrio bogotano al albergue de los ameritas. Después del baño salvador quedé en el suelo mirando al cielo, viendo los gallinazos revoloteando entre las escasas nubes en algún lugar cercano. Todo alrededor me daba vueltas como si hubiera probado alucinógenos. Afortunadamente la señora con sus dos hijos se había encargado de cuidar mi cámara fotográfica y el morral mientras me lavaba y reponía del calor y la caminata.
Una vez en pie me despedí de la señora y de sus hijos, y comencé a avanzar por el campo donde ni siquiera se observaban las ruinas de la catástrofe, solo de vez en cuando aparecían algunos pisos con sus baldosines de alguna vivienda que ahí había existido en ese sitio. La gente buscaba lo encontrable dónde posiblemente estuvo alguna vez sus hogares, sin dejar de pronunciar a gritos los nombres de sus seres queridos y desaparecidos con la avalancha de aquel 13 de noviembre de 1985, encontrándose en Bogotá o en otras poblaciones del país.
Al tratar de interrogarlos, todos me contaban una historia igual pero diferente, combinatorias de infinitas condenadas del dolor. Han pasado 30 años, sin recordar ahora cómo regresé ni en qué, ese día vivido entre la Nada de Armero arrasado. En un momento creí que ya estaba en las cinco de la tarde, pero apenas eran las nueve de la mañana.
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A Gloria Constanza Monroy, que perdió a toda su familia.
Alegría de Pio. 14/11/15/ 9:00 a.m.



