TURISMO A POPAYÁN CITY: II
Sábado 3 de marzo, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Neftalí Sandoval Vekarich, escritor, diplomático, de regreso a Colombia, después de haber permanecido varios años en México y Europa, se ha residenciado en Jamundí, Valle del Cauca, en donde está preparando una serie de sus cuentos para un libro. La nota que transcribimos son comentarios que Neftalí le hace al escrito por Jaime Vejarano sobre su nuevo amigo gringo.
Nuestros agradecimientos a Neftalí por facilitárnoslo.
Cordialmente,
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TURISMO A POPAYÁN CITY
Comentarios
Por: Neftalí Sandoval Vekarich
Marzo 2012
Jaime:
Hace quizá tres años bien cumplidos ya, le propuse a Lina Marcela, la esposa de mi sobrino Juan, hacer a bordo de su automóvil una correría por Popayán saliendo de la rústica y pequeña ciudad de Jamundí, situada más o menos a una hora de distancia. Pero Juan, cuando lo supo, no quiso dejarla ir sola por el temor aun existente de los asaltacaminos, y se nos unió otra sobrina que también sentía una gran nostalgia por aquellos hermosos años vividos en el colegio de las salesianas.
No recuerdo donde hicimos alto en el camino para solazarnos con empanadas de pipián que ofrecía un letrero en ese humilde expendio a un costado de la carretera. Me encontraba eufórico pues me venían a la memoria algunas de mis andanzas con los Maya y los Caldas por La Cabaña, un sitio aledaño que supongo aún debe existir y era lugar de reunión preferido por el gobernador Edgar Simmonds cuando le llegaban de visita colegas de otros departamentos.
Recuerdo que estaba en curso una congregación de gobernadores y para tal efecto La Cabaña se había engalanado con sus mejores fiestas. Allá caímos en feliz comparsa y nos hicimos dueños del único kiosco solitario pues todos los demás estaban atiborrados de gente que desbordaba alegría a cantos y a gritos. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos sorprendió la voz bonachona y cómplice del Gobernador del Cauca: «Muy bien muchachos, diviértanse, pero háganme un campito… “Nos levantamos azarados deseos de esquivar tan embarazosa situación. «Nada de eso, muchachos, quédense tranquilos» y se fue tras de una hermosa muchacha que vino por él requerido por el Gobernador del Valle.
Eufórico y gastador con ese recuerdo le dije a la niña que atendía el expendio «dele de a tres empanadas a cada uno… “Me miraron sorprendidos y pensaron que era una broma, yo había olvidado que las benditas empanadas de pipián son tan diminutas que se pierden entre diente y diente, me tocó fingir la broma y corregirme diciendo a la infantil azafata que a cada quien le diera tres platos de empanadas de pipían.
Reconocí a Popayán por Belén, la Gran Cruz, el atrio de Santo Domingo, pero en verdad era irreconocible por el torbellino de gente y los vehículos que circulaban por esas estrechas calles que en mi magín las recordaba anchas, solitarias y llenas de sol y en ese rincón tan colonial y austero se veían ya expendios de asados, de sancochos y de bebidas que atraían inmisericordes visitas como las moscas a la miel.
Ya no era la Popayán de mis amores ni era la misma la esquina del Hotel Lindberg desde donde solía «anclar» a las cinco de la tarde ver aparecer la grácil y hermosa figura de Ana Lucía en su uniforme de colegiala de las josefinas.
En 1955 abandoné Colombia, cuando me era posible regresaba por corta temporada a Cali, pocas veces a Popayán que se difumaba en el recuerdo hasta cuando aquel terremoto que tumbó la Gran Cruz de Piedra atrajo desde el Valle y otras partes de Colombia «enjambres» de damnificados que terminaron por destruir lo que el sismo no pudo. A Pachajoa le pasa lo mismo que me pasa a mí, y prefiero mantener en mi memoria las imágenes de esa ciudad como la recuerda mi adolescencia.
Un abrazo cordial, Neftalí.
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