
Por El Telescopio Político.
Timbío entra en la recta política que empieza a definir su próximo gobierno local. El tercer año de mandato del alcalde Alejandro Muñoz deja una sensación que en amplios sectores de la comunidad se resume en una palabra: decepción.
La expectativa fue alta. Su llegada al poder estuvo acompañada por la imagen de un empresario de las comunicaciones que prometía una administración distinta, cercana y con capacidad de gestión. Muchos creyeron que esa experiencia permitiría una relación más efectiva con las comunidades, mejor interlocución institucional y una visión moderna para uno de los municipios más importantes del centro del Cauca.
Hoy, la lectura en varios sectores es otra.
Persisten reclamos por falta de resultados visibles, dificultades en la relación con las comunidades, falta de comunicación efectiva y una confrontación permanente con distintos actores políticos e institucionales, incluyendo tensiones con la Gobernación del Cauca. A esto se suma una percepción reiterada entre líderes sociales y ciudadanos, un gobierno que escucha poco la crítica y responde más desde la confrontación que desde la construcción colectiva.
Ese desgaste empieza a mover el tablero.
Desde El Telescopio Político ya aparecen varios nombres que comienzan a sonar con fuerza para la próxima contienda electoral, en una disputa donde no solo estará en juego la alcaldía, sino la posibilidad de corregir el rumbo administrativo y recuperar la confianza ciudadana.
Uno de ellos es Miller Hermosa, dirigente conservador y viejo conocido en la política local. Ha aspirado en cuatro ocasiones a la Alcaldía de Timbío y en las cuatro las urnas y las comunidades le han dicho no. Sin embargo, quienes lo rodean aseguran que volverá a intentarlo.
Su insistencia puede leerse de dos maneras, como perseverancia o como una señal de desconexión con un electorado que ya le ha dado una respuesta repetida. La política también exige saber leer los tiempos y entender cuándo una candidatura representa renovación y cuándo se convierte en repetición.
Otro nombre que aparece es Adriana Sarria, conocida como La Mona, vinculada a la casa política de los Perafán, especialmente al liderazgo de Maribel Perafán. Su eventual aspiración carga con el peso de ese apellido político.
En Timbío, como en muchos territorios, los apellidos abren puertas, pero también causan resistencias. Para algunos, representa continuidad de una estructura conocida; para otros, una carga difícil de separar de viejas prácticas. Hay voces que incluso cuestionan si tendría hoy la preparación suficiente para asumir la conducción de un municipio que exige autoridad administrativa, manejo territorial y capacidad de concertación.
También figura Samith Sneider Oñate, quien hoy no tiene partido político definido, pero sí una marca política difícil de ocultar por la cercanía con el actual alcalde Alejandro Muñoz.
Durante años se ha movido como asesor y estratega del mandatario, rol que él mismo ha defendido públicamente. Esa cercanía puede convertirse en su principal debilidad. En política, heredar una administración desgastada suele ser más una carga que una ventaja. Si Muñoz termina su mandato con baja favorabilidad, Oñate tendrá que responder una pregunta inevitable ¿representa cambio o simple continuidad?
Y en medio de esas estructuras tradicionales aparece un nombre que empieza a despertar curiosidad política, María Valentina Campo.
Joven, independiente, sin señalamientos y con apenas 25 años de edad, llega desde procesos juveniles de base, sin resabios y desde un trabajo social que ha construido mediante su fundación, enfocada en apoyar a comunidades vulnerables. Su perfil rompe con la lógica tradicional del poder local.
No tiene maquinaria consolidada ni viejas deudas políticas. Tiene su buen nombre y trabajo social.
En una ciudadanía cansada de los mismos apellidos, de los mismos pactos y de las mismas promesas incumplidas, una figura joven puede dejar de ser una apuesta simbólica para convertirse en una posibilidad real. La pregunta no será su edad, sino su capacidad de rodearse bien, sostener independencia y resistir la presión de quienes siempre han manejado el tablero.
Timbío necesita más que candidatos.
Necesita liderazgo serio, gestión comprobable, capacidad de diálogo y una visión territorial que entienda que gobernar no se hace desde el escritorio ni desde el ego político. Se hace escuchando, resolviendo y construyendo confianza.
La próxima elección no debería ser una disputa entre maquinarias recicladas ni entre herederos del desgaste. Debería ser una discusión profunda sobre qué modelo de municipio quieren sus comunidades.
Porque cuando un pueblo empieza a decepcionarse de sus gobernantes, no está buscando un nuevo nombre. Está buscando una nueva forma de gobernar.