Tiempos para cambiar el mundo


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Cuando hablamos del humanismo hacemos referencia al movimiento cultural que surgió en el Renacimiento, en los siglos XV y XVI, donde la elite intelectual de la sociedad de aquel entonces, que por cierto era un círculo reducido a los nobles, burgueses y personas letradas, decide embarcase en los conocimientos que rondan la curiosidad del saber humano de una manera más racional y verdadera.
En su misión transformadora retoman obras de la cultura clásica donde los saberes y conocimientos abordaban, hasta es entonces, disciplinas relacionadas, fundamentalmente, con las matemáticas, la filosofía, la política, la química y la física, cuyos autores habían conmovido la visión tradicional del mundo.
Eran momentos en que muchos textos, fruto de rigurosas investigaciones, reposaban en la marginalidad, el olvido y el abandono, por cuanto lesionaban las creencias del cristianismo y ponían en entredicho y duda las enseñanza de la biblia. Tiempos del teocentrismo que fue sustituido por el antropocentrismo.
El aire de vitalidad intelectual y renovación que impregnó este periodo, de enorme importancia en el desarrollo de la humanidad, sería punto de partida para que los nuevos pensadores, cada vez más liberados de los credos y afirmaciones inamovibles, abandonaran los dogmas, opiniones y revelaciones ortodoxas, asumiendo la decisión de penetrar en lo desconocido para resolver las grandes preguntas y profundas inquietudes que en ese entonces afloraban en los espacios del conocimiento.
Hacer tránsito del dogma a las verdades cada día más científicas no fue fácil para la humanidad, ni aún para quienes hoy, en tiempos de la postmodernidad, lo hacemos desde los horizontes de la lectura crítica y la investigación.
Del pensamiento único, indivisible y uniforme, de carácter teológico, se pasó al pensamiento pluriforme, que daba respuestas sobre el universo y la naturaleza y asumía el reto de impulsar una visión cultural y artística diferente.
De lo dogmático, dado por hecho y eterno; de las ideas imperecederas; de los conceptos irrefutables, se pasó a la duda como herramienta del pensamiento para demostrar y comprobar que el Universo y los seres humanos tenían explicaciones racionales.
En ese camino insaciable de conocimiento, la humanidad fue desglosando del pensamiento rígido y la visión exigente, respuestas a sobre la existencia, haciendo a un lado principios universales, sin temor a enfrentar la realidad y sentir repulsión por otras formas de mirar y aceptar el mundo y las relaciones sociales entre los seres humanos y de estos con la naturaleza. Un nuevo sistema de producción, conocido después como capitalismo, sustituía el modelo feudal.
Es entonces cuando se sacude en nuestras generaciones, en las aulas adolescentes y jóvenes, el pensamiento enraizado en la tradición, en el saber socrático, en la visión aristotélica, la vida intelectual mansa y sumisa, desalentada para lo insólito y lo viviente, para mirar con sospecha otros campos de los saberes y conocimientos, dejando atrás fósiles conceptuales para recrearnos con mejores y atractivos paisajes.
Hacerlo significó para nosotros aceptar los cambios, creer en los retos, estar dispuestos a pasar al quirófano para amputar verdades fracturadas o, peor, descompuestas, como lo hizo la propia humanidad en el Renacimiento.
Hoy tenemos una visión más fluida del mundo, de la historia y de la sociedad, enfrentada a la desidia del pensar sin futuro, donde se acumulan datos sin que el pensamiento fluya, construya y avance.
Sólo así, en nuestra condición de innovadores, pensando como jóvenes críticos, podremos evitar y prevenir el colesterol intelectual, el atasco patológico de pensar sin crear, el infarto cultural que nos amenaza la alegría de vivir, ante el consumo peligroso de conformismo social, olvidando que la locura, como la más alta expresión quijotesca de la vida, nos hace sentir diferentes, distintos, y nos da la certidumbre de ser capitanes y dueños de nuestro destino, para cambiar el mundo, como lo cambiaron, cambiándose así mismo, contra toda oposición, viento y marea, los humanistas que bebieron en lo mejor de la cultura clásica.
Lanzarote, España, enero 16 de 2014




