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domingo 27 mayo, 2018 a las 2:04 pm

TARDE DESOLADA Y CON NUBE ENTERA

TARDE DESOLADA Y CON NUBE ENTERA
TARDE DESOLADA Y CON NUBE ENTERA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

TARDE DESOLADA Y CON NUBE ENTERA

TARDE DESOLADA Y CON NUBE ENTERA
Imagen de: https://bit.ly/2IqDwr9

La tarde está triste, ¿qué tendrá en su cuerpo que está cubierta con largo manto gris? No está llorando pero su cara la tiene volteada hacía atrás. Si estuviera en este momento viéndola Darío tal vez le estaría recitando: «Qué tendrá la princesa? que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave sonoro…»

Una tarde de estas, gris y con amago de lluvia no hiela el alma, pero lo cubre también de nubarrones y nimbos amenazadores. Mirar al frente no alegra el ánimo ni hace sonreír la boca. Hay quietud en las aguas y la piel se torna hirsuta.

Llueve ahora. Era de esperar con tal paisaje de cara de preocupación. Era como de falsa espera de un amigo que ya no vendría por el amago de lluvia. Y nadie sale de visita cuando la tarde amenaza dañar la salida a casa de las amistades. Una tarde gris nunca será buena compañía ni su brazo descansará sombre nuestro hombro presto a entrar a la casa amiga.

La lluvia ha soltado amarras como el barco que se deja llevar por la cercanía de las aguas que lo llaman. Era de esperarse. Tal vez la tarde aprovechó la hora para dejar que la lluvia saliera de casa y mojara las calles y detuviera a quien quisiera salir de compras o a ir de visita.

La tarde tenía hacía rato cara de amago de lluvia. No había mucha agua en las nubes pero el sol ya había cubierto su cara con su rebozo de hielo y frío. Y las nubes salieron de prisa desde el cuarto de lluvias a recorrer el resto de tarde por calles y parques, por almacenes y supermercados de cadena.

La gente como que esperaba este desenlace. Mucha gente llevaba en sus manos el paraguas – que ayer era sombrilla – para protegerse de los rayos solares. Corrían para no humedecer zapatos y faldas y botas de mil pantalones que no respetan las gotas inquietas llevadas por la ventisca que trae consigo la lluvia.

Sí, dijo bien Darío, ¿qué tendrá la princesa? que yo llamo ahora a la señora Lluvia. No, la Lluvia no es una Reina. No. Ella viaja en su carruaje cerrado, tirado por ocho caballos que vuelan bajo la tarde fría.  Allá en su interior no entrará ni una gota ahora que llueve. Ni se empañarán siquiera los vidrios de su carruaje rojo.

Verá desde adentro rugir el viento y tronar el rayo después de parpadear con sus ojos de fuego. Allá, adentro habrá calor y celosías de tul y grana con lazos retorcidos que terminan en gordos botones redondos con flecos. Bailarán durante todo el camino al ritmo del cascabeleo de los percherones blancos que danzan elegantes por todo el camino.

Oh, la Lluvia, que nos azuzó a abrir los ojos y tensar los dedos para escribir de ella.

25-05-18                                             5:37 p.m.

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Otras publicaciones de este autor: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/

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