TABLERO EN BLANCO
JOSE LOPEZ HURTADO*
La campaña electoral a la Presidencia de la República en Colombia que hoy termina, – todo indica que apenas en su primer capítulo -, reafirma la grave crisis de los partidos políticos en América Latina, que comenzó en la mitad del siglo pasado. Colectividades como el APRA peruano, el PRI de Méjico, el Justicialismo, el liberalismo y conservatismo colombianos, por citar prototipos, sucumbieron en un mar de escándalos y de corrupción, dejando de reflejar las aspiraciones de sus pueblos. Sobrevino la etapa de florecimiento de tendencias y proyectos políticos, inconexos a veces, contradictorios otras, con relación a sus matrices ideológicas. Pero lo que es más evidente en la historia reciente de Latinoamérica, tiene que ver con proyectos firmemente arraigados a populismos caudillistas o a fuertes personalismos, que sin proyectar autoritarismos necesariamente, como en el caso colombiano, en la reciente campaña proselitista, absorben mayores audiencias en la medida en que, por decirlo de alguna manera, se “desmarquen” de sus orígenes s ideológicos. Y en esa medida el espectro de opciones se amplía considerablemente, para bien o para mal.
Las encuestas -que deberían tener una reglamentación legal como ocurre en los Estados Unidos-, desde un principio, polarizaron la opinión pública colombiana, inevitable e inapropiadamente. Contribuyeron también a ello los debates televisivos que con espacios absolutamente insuficientes para las respuestas de los candidatos, impidieron en principio conocer su opinión sobre los asuntos puestos a su consideración. Pero en la medida en que los medios de comunicación flexibilizaron la técnica de los reportajes, en esa misma intensidad permitieron una apertura para conocer con mayor profundidad el pensamiento de los aspirantes presidenciales.
Mañana con el tablero en blanco, los colombianos podrán escribir un nuevo capítulo muy importante de su historia reciente, después del gobierno de Álvaro Uribe, que quiérase reconocer o no, marcó un hito en la historia de Colombia, y quien de alguna manera, con sus pocos aciertos y graves falencias, igualmente imprimió su sello personal en la política de la región.
Esa apertura de los medios dejaron conocer la estatura de estadistas de algunos candidatos, que se había mantenido oculta: Rodrigo Pardo, arrastrando la pesada carga de un Partido Liberal, que se quedó anclado en el siglo pasado, brilló por su meridiano conocimiento de los problemas del país; Gustavo Petro, sin duda el mejor expositor, estudioso y crítico de la corrupción oficial, ganó desde lejos los debates y sin duda, Colombia, le corresponderá en gran medida, mañana cuando se acerque a las urnas. Germán Vargas Lleras, sin discusión, la mejor propuesta de gobierno que pudieron escuchar los colombianos, logró zafarse de esa etiqueta de ser una persona fría, calculadora y distantemente académica.
Por supuesto, ni qué decir del profesor Antanas Mockus, con un discurso cargado de dialéctica que atrae el voto de los académicos, de los sectores tradicionalmente abstencionistas y de la juventud que estrena su cédula de ciudadanía.
Estadistas a los que seguramente no les brille el sol electoral mañana, pero que desde ya forman parte del patrimonio humano y político del país. Opciones que marcarán, sin duda, a corto plazo, el futuro de Colombia.
*Analista Internacional, colombiano.
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