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Viernes, 2 de octubre de 2026

Sueños en Gaza

Sueños en Gaza

Sueños en Gaza

Keshava Lìévano

Anoche soñé que navegaba en un bote cargado de juguetes: balones, bicicletas, muñecas, trompos… y, claro, muchos libros con ilustraciones, porque también el hambre reclama alimento para el espíritu.

Remaba sobre aguas oscuras con la esperanza de llevar consuelo a los niños y niñas de Gaza. Podía ver sus miradas acompañándome, silenciosas, como si aguardaran aquel gesto imposible. Al despertar comprendí que era solo un sueño, y que ese viaje no podía hacerlo con mis manos, pero sí con mi voz. Desde aquí, desde la red, con la literatura, la poesía y el arte, todavía se puede tender un puente de solidaridad frente a la barbarie sionista.

El periodismo fue alguna vez un oficio de calle: barro en los zapatos y olor a tinta. El periodista buscaba la verdad entre voces contradictorias, papeles arrugados y noches en vela. Hoy, en cambio, muchos sobreviven de tuits reciclados, comunicados de prensa y videos virales disfrazados de noticia. La inmediatez se impone sobre la profundidad; la opinión se vende como información.

Mientras tanto, la fábrica digital no descansa: algoritmos que premian el escándalo, titulares cebados para el clic fácil y un río interminable de banalidad que inunda las redes. Entre memes, fake news y teorías conspirativas, los internautas deambulan como zombis, esclavos de la dictadura del “like” y del espejismo del metaverso.

En esta plaza virtual, la verdad compite con el entretenimiento y casi siempre pierde. El periodista que quiere investigar de verdad se convierte en una rareza, una especie en peligro de extinción. Y si el público deja de exigir rigor, de hacer preguntas incómodas, de buscar más allá del titular, nadie podrá sostener ese último hilo que nos une a la realidad.

Por eso no hay que tragar entero. Hay que pensar. Preguntar. Verificar. Lo que ocurre en el mundo no es ajeno a nosotros: cada silencio nos hace cómplices y cada gesto solidario abre un camino. Hoy, en España, en México o en Marruecos, la palabra también es resistencia, el arte un refugio y la verdad una trinchera. Que nuestras voces no callen, que nuestros relatos sean semillas contra el olvido.

Desde las calles y las redes, desde los libros y los sueños, levantemos este saludo de resistencia: Palestina vive en cada grito que no se rinde, en cada niño que sueña con volar una cometa, en cada madre que custodia su memoria. Que la comunicación no sea un eco vacío, sino un río que se abre paso entre los muros, llevando la certeza de que no están solos.

Texto e ilustración Keshava Lìévano


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