SUEÑO BLANCO EN LA LLANURA NEGRA


Lápiz sobre cartulina
70 x 50, año 2021)
SUEÑO BLANCO EN LA LLANURA NEGRA

Es de considerar que la llanura era inmensamente negra. Un largo y recto camino no esparcía polvo; era el único que había, no había más senderos para cruzar la estepa, de modo que se puede pensar que no conduciría a ningún extravío; y al final, lejana, casi imperceptible, la cordillera cantaba una suave melodía.
Caminar era un pensar, un reunir luces ambulantes, un extraño bordear el infinito.
El sueño blanco, el estar «undívago y abierto» bajo un cielo… Se comprendía que estar era simplemente eso, contemplar la vastedad sin otra cosa que la sola conciencia inherente a ese estar. Despreocupado, lasitud sin fondo, albergar la tolerancia de la infinitud.
Y al final del camino, ese árbol unidireccional. Pero ¿cómo podía un árbol cerrar el sendero, delimitar, definir el fin, obstruir el paso al retoño del andar? Parecía ser la sombra de todo cuanto hemos sido y deseado, el terminar de las preocupaciones febriles; se había despojado de toda hoja superflua y volátil, y no mostraba ningún vaivén que yo recuerde.
El árbol habló, abrió mi boca con su sombra, me concedió el alfabeto de las nubes, y la música del éter escanció su deleitable, indivisa melodía.
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