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lunes 5 diciembre, 2016 a las 10:28 pm

Sociedad democrática

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CARLOS E. CAÑAR SARRIA / [email protected]

Teóricamente, la democracia ha sido considerada como el gobierno del pueblo. El pueblo que es un ente colectivo es quien detenta el poder. El gobernante no es más que un representante del pueblo en la defensa de los intereses colectivos. El pueblo entonces, es un ser viviente y actuante y el gobernante no es más que un simple comisionado en el poder.

Una sociedad no puede ser democrática cuando el pueblo existe como abstracción pero no como realidad. La participación popular no se valida por ningún lado y el pueblo que es el encargado de detentar el poder, termina deslegitimado mientras el régimen político pierde su razón de ser.

Una sociedad democrática presupone un alto grado de intereses organizados que deben llevarse al espacio de la representación, lo cual involucra a no pocos sectores y actores sociales incluyendo a los partidos políticos a los que se delega una gran responsabilidad. Pero la verdad es que cada vez se constata más que los partidos políticos están muy lejos de ser los verdaderos intermediarios entre a sociedad civil y el Estado. Con algunas excepciones, no son más que grupúsculos políticos con funciones electoreras.

La democracia no es sólo un asunto formal, exige también un comportamiento de los ciudadanos; pues si en éstos radica el poder político, deben tener las garantías que les proteja contra el poder absoluto, pues todo poder político oculta en sí el peligro de hacerse demasiado fuerte. Un hombre demasiado grande hace a los demás pequeños. Esto se puede evitar si se ejercen mecanismos de control y en ello, la opinión pública es un factor importante por ser insustituible en el proceso de comunicación social.

El problema es si en realidad existe opinión pública donde no se caracterice un periodismo serio, responsable y en donde el sentido crítico no asoma por ningún lado. Algunos medios en procura de la defensa de intereses mezquinos sólo actúan como comités de aplausos de quienes detentan el poder, pero no más. Pasan de agache o se vuelven cómplices de muchas anomalías que afectan el interés público.

La protección de la libertad y de la dignidad de todos los asociados es requisito imprescindible en la verdadera democracia. Para que el hombre viva como hombre, su dignidad personal tiene que ser inviolable. Y en este sentido, quienes detentan o aspiran detentar el poder no deben utilizar al pueblo -basados en la ignorancia o en la necesidad- como objeto ni como herramienta para ser manipulado para fines políticos, religiosos o económicos.

La democracia es un régimen de libertades, sin embargo, los derechos de la persona humana no son absolutos, pues como bien se sabe, sus límites radican en el hecho de respetar los derechos y libertades de los demás. No se pueden presuponer derechos si éstos no conllevan deberes.

Nos preguntamos: ¿Una reforma laboral, una reforma pensional, una reforma tributaria, una reforma política, una reforma educativa, un referendo, etc., responden verdaderamente a las necesidades, exigencias y requerimientos de los ciudadanos, a las necesidades y expectativas de toda la población? ¿O sólo responden a las necesidades de unos pocos, a los intereses de unos pocos, en beneficio de unos pocos?

Sobra advertir, que una verdadera sociedad democrática presupone la alternancia del poder, es decir, que no siempre sean los mismos los que gobiernan o permanezcan en los cargos de representación popular u otros derivados. En nuestro medio, constatamos cómo algunos dirigentes y funcionarios aspiran perpetuarse en los cargos y posiciones, quitando posibilidades a otras opciones a las que se debe dar y garantizar inclusión. Lo que se observa en la cotidianidad es que los mismos de siempre, gracias a los mismos de siempre, pasan de una dependencia a otra y nunca se quedan sin puesto.

Ante este fenómeno que es tan frecuente en la actualidad, el tratadista Josef Thesing en su libro “Política y sociedad” considera entre otras cosas: “En la democracia el poder político sólo se otorga por tiempo limitado. La reelección periódica prevista de los funcionarios políticos también funge como control, ya que los funcionarios políticos tienen interés en ser reelegidos y para lograr su objetivo tienen que crear un consenso con los electores. Entre más corto es el periodo de elección, tanto mayor es la posibilidad de control”. Una democracia moderna trata de eliminar todo monopolio de poder.

Colombia requiere con urgencia democratizar sus instituciones. El régimen político es demasiado excluyente. Decía García Márquez que en nuestro país sólo tienen derecho a ser presidentes, los hijos de los presidentes. Mientras muchos transitan su existencia buscando una oportunidad laboral sin que la logren, unos pocos nacen con el cargo en la almohada. Ello no sólo es injusto sino también perverso. Tras la cultura de la paz, ojala se pueda construir y consolidar un país donde en realidad quepamos todos.

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