Sobre la democracia social


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La democracia social se fundamenta en la realización plena de los derechos económicos y sociales, los cuales tienden a la liberación del ser humano de la miseria y están dirigidos hacia la satisfacción de necesidades fundamentales, capaces de garantizar un nivel de vida acorde con la dignidad de cada persona. Estos derechos -como lo anota Ángelo Papacchini- incluyen el derecho a la educación y el derecho a la seguridad social que hagan posible a las personas y a las familias el máximo nivel de salud física y mental.
Para la vigencia de tales derechos es importante la posibilidad de que el ser humano se gane la existencia gracias a un trabajo libremente escogido y aceptado. Al Estado corresponde el deber de fomentar el desarrollo económico con desarrollo social, combatir el desempleo, velar por unos salarios justos y por el trato humano a los trabajadores.
Pensamos con realismo – y si se quiere con escepticismo- que la democracia social en nuestro país está en pañales. El Estado colombiano ha sido incapaz de incrementar una política de empleo que indique el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestros compatriotas. Las legislaciones laborales, desafortunadamente benefician a los empresarios y a la economía mercantilista en detrimento de los intereses de los trabajadores. Algunos tienen el “derecho” al trabajo, sin embargo dista mucho el hecho de que las condiciones laborales y salariales impuestas por el mercado, sean capaces de permitir la realización plena de los trabajadores. Sus derechos se cercenan cada vez más y las conquistas laborales tienden a desaparecer. A esto hay que agregarle la alta tasa de desempleo que agobia y conduce a un clima de incertidumbre, situación que a no pocos nos hace pensar que el nuestro es un país sin oportunidades. Anualmente llega el dolor de cabeza del aumento del salario mínimo, incremento que nunca llena las expectativas de los trabajadores y sus familias. La mayoría de las veces impuesto unilateralmente y pocas veces concertado. El aumento de este año es irrisorio y demuestra cómo se desatienden las prioridades en un país de mezquindades. Mientras los legisladores devengan unos honorarios desproporcionalmente elevados, los trabajadores colombianos tienen que hacer maromas para acceder a la atención de sus necesidades esenciales. Mientras para unos los melones, para los trabajadores los limones.
En lo que respecta a la educación, lo que se vive no es más que la aplicación de políticas privatizadoras, esto está haciendo despertar el inconformismo de estudiantes antes caracterizados por la apatía. Muchos asisten a las aulas sin haber desayunado y no cuentan con un peso para una fotocopia. Las matrículas en las universidades suben despiadadamente. El Icetex no es una buena alternativa, pues por un crédito de dos millones se terminan pagando diez. El estudio dejó de ser hace mucho tiempo, la posibilidad de garantía de un futuro seguro y promisorio. Nos preocupa y sentimos temor por el futuro de nuestros hijos, pues ya no es garantía hacerse profesionales porque todos sabemos que no hay nada qué hacer.
La salud en manos de los particulares está haciendo estragos, pues a las empresas prestadoras de este “servicio” sólo les preocupa el afán de lucro y en ningún sentido el bienestar físico y mental de las personas, contrariando a lo que propone la Organización Mundial de la Salud. Las drogas genéricas – lo reconocen los mismos médicos- no surten el mismo efecto curativo o profiláctico en los pacientes, ni son garantes de una franca mejoría. Algunos médicos haciendo uso de la ética, les sugieren claramente a los enfermos, la conveniencia de que éstos asuman los costos de las drogas comerciales en caso de contar con posibilidades económicas. Los médicos no tienen otra opción que formular aquellos medicamentos que las empresas y el mismo Estado les permiten formular. La profesión médica cada vez se coloca en un plano de tercera categoría; las condiciones laborales y salariales de los médicos cada vez se hacen más precarias. Los largos años de esfuerzo intelectual y la inversión económica en sus estudios desalientan a estos profesionales, de quienes en coyunturas especiales, depende nada menos que la salud y la vida de los compatriotas. Al paso en que vamos ya pocos colombianos querrán estudiar medicina.
La democracia social es una necesidad, hay que edificarla. Se debe comenzar por atender las profundas desigualdades socioeconómicas que de alguna manera polarizan este país. El poder debe estar hecho para garantizar a la sociedad la protección contra los riesgos de la vida. Un Estado que desatiende los derechos económicos y sociales de los asociados, está muy lejos de ser democrático. Mientras la pauperización de la sociedad se haga más evidente, difícilmente la democracia social podrá hacerse realidad. Medidas asistencialistas en nada mejoran las condiciones de vida de los pobres y miserables, toda vez que lo que requiere la población son cambios estructurales y no soluciones momentáneas y populistas.



