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viernes 13 enero, 2017 a las 10:39 am

SERES DE PALABRAS

leopoldo
Bulevar
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
leopoldo
http://es.slideshare.net/ciudadcomuna/cartilla-tiempo-de-palabras

Descubrir en un momento de la vida que estamos hechos de palabras, sería como encontrar, de pronto, el tesoro de Alí Babá. Es una realidad tan sorprendente que no lo podemos aceptar tan a boca jarro. Pero es verdad.

¿Quién niega que por unas pocas palabras nuestros padres se enamoraron y nos crearon? ¿Quién discute que por las palabras de nuestros profesores y los libros somos lo que somos hoy en día? ¿Cómo negamos que nos unimos a nuestra pareja por unas palabras mágicas que cruzamos un día? Estamos hechos de palabras. Nuestra formación desde niños se hizo a punta de palabras de nuestros padres, tíos, hermanos y amigos de barrio.

De palabras nos alimentamos todos los días solicitando en el supermercado el arroz, la carne, el pescado, el pan, o el dulce. Somos comedores de palabras, dice muy agudo Alberto Manguel en el final de su libro El viajero, la torre y la larva. Nada es posible hacer o entender si no nos movemos por medio del idioma. Somos millones de seres que utilizamos la palabra como medio de estar en el mundo.

Nada podría realizar la mujer o el hombre, el niño o el anciano si no tuviera esa herramienta llamada palabra a su disposición en todo momento. Oh, bendita palabra, que nos permite significar lo que queremos crear, necesitamos para entendernos o comunicar nuestros anhelos.

Las palabras son la casa de las ideas, dice el médico filósofo Octavio Victoria. Y nosotros, al pronunciarlas las ponemos en movimiento. Ellas tienen el poder maravilloso de hacer que el mundo cambie por el solo hecho de pronunciarlas ante los demás.

Las palabras dicen, gritan, están llenas de amor o de odio, o de reclamo o construyen o aniquilan. Producen efectos rápidos y transforman aunque estén escritas. Dejan testimonios de hechos, reuniones, o amores y despedidas.

Sin embargo, la palabra salida de la boca en presencia de un oyente puede ser más efectiva. Puede enamorar por medio de un verso o un elogio o hacer sentir al otro dimidiado o menospreciado. Con ella se dice una verdad o una mentira, una maldición o un juramento. Se hacen chistes o burlas o se conjuga para realizar un juego entre risas en el parqués o monopolio.

No podríamos identificar nuestra realidad, transformarla, gozarla si no fuera por las palabras. Repito con Manguel, somos comedores larvas de palabras. Las saboreamos, las intercambiamos, jugamos con ellas, las ponemos de pie o las sentamos a nuestro lado. Las llamamos cuando hablamos o escribimos y vienen prestas a servirnos de intermediario. Dormimos con ellas y no se van por ello. Se quedan en casa y nos acompañan cuando las necesitamos.

La palabra es un patrimonio de la humanidad. Lo hemos heredado del Cid, Cervantes, Gabriela Mistral, Caro y Cuervo, García Márquez, Rulfo, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Borges. Tenemos un tesoro que no se compra ni se acaba. Lo fuimos acumulando a medida que crecimos. Bienaventurados quienes hablamos, leemos y escribimos.

13-01-17                                 7:43 a.m.

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