¿Será que podemos?


¿Será que podemos tomar una decisión civilizada, contrario a la que nos muestran los políticos frente al Plebiscito? Porque si es así, nos encontramos Ad Portas de iniciar otra confrontación, por culpa de que no hemos podido ponernos de acuerdo en algo tan elemental como la paz. La paz entendida como la entienden los mismos políticos, es una palabra abstracta que sirve para calentar sillas presidenciales y curules del Congreso.
En esta campaña van y vienen insultos que hacen insustancial la jornada, cuando hay razones de peso para estar a favor o en contra; para votar Sí, o para votar No. Y no son precisamente los argumentos cacareados de un lado o de otro. Hay dificultades más complicadas, desde la ideología, desde la fe, desde la tradición y la cultura de un país al que se le quiere imponer un modelo ajeno a su espíritu, a su contexto, a su idiosincrasia.
Lo más razonable es tomar distancia de los extremos y dar un análisis de conveniencias para el país, para nuestros hijos, para las futuras generaciones; porque este acuerdo con las FARC E.P. tiene de todo como en botica, en un intento por dejar contento a todo el mundo, hasta los linderos de un propósito demagógico y utópico que ningún gobierno, ni siquiera una política de Estado va a cumplir. Estamos ante la repetición de acuerdos con sectores en conflicto, con quienes se firman acuerdos imposibles de cumplir. ¿Y cuando el Estado incumpla lo firmado con las FARC E.P. vamos de nuevo a la guerra?, es la pregunta que queda flotando.
Pienso que no es la postura del senador Uribe la correcta, quien transpira un encono que le hace flaco servicio a la reconciliación. Además, sus antecedentes, al montar una gran empresa delictiva desde su gobierno, no inspiran confianza. Tampoco el amarillismo santista que en afán de llegar a un acuerdo desbordó sus capacidades de concesiones. Tampoco la de sectores que podríamos llamar de género, que ven en las menciones elegetevista del acuerdo la posibilidad de conseguir reivindicaciones que afectan la estructura social y mental de la inmensa mayoría. No hace tanto el país dio un profundo rechazo a la “Ideología de género” que aparece expedita en los acuerdos, todo porque en sana inocencia la mayoría de los colombianos ignoran qué tiene por dentro este esperpento ideológico y cuál es su trasfondo. En este aspecto, las iglesias son muy alérgicas, con justa razón porque atenta contra la familia, contra la posibilidad de que los padres eduquen a los hijos en sus preceptos, e intenta imponer a la mayoría comportamientos propios de una minoría social.
Un país con una pereza mental como la nuestra, con unos promedios de lectura tan bajos, con un analfabetismo alarmante, con la costumbre de hacer política a través de mecanismos feudales, es imposible que tome una decisión acertada. Sin duda ganará la opción con mayor capacidad de movilizar intereses. Sin duda la inversión en publicidad, encuestas, vehículos, tamales, camisetas y otras dádivas se impondrá. Sin duda, pasada la jornada, el país estará más polarizado, porque detrás de todo hay intereses que no se ventilan en público, que no se ponen sobre el tapete. Cómo creer en los políticos, si ellos son santistas o uribistas dependiendo de cómo se desplace el bolígrafo sobre los decretos de nombramiento y los contratos del Estado. Nos queda a los colombianos que buscamos un mejor país leer el acuerdo línea por línea y rezar para tomar la mejor decisión.



