Seducción de lo intangible


A la obra de Gabriel García Márquez bien podrían aplicarse las palabras de José Domingo Choquehuanca: Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina, en atención al abundante arsenal de panegíricos y zalemas que truena en las cuatro esquinas cardinales del planeta. Gabo novelista, poeta, periodista, aventurero, cima de la literatura colombiana, émulo de Cervantes en eso de romper los entreveros de la lengua apertrechado con una mezcla de jarana y nostalgia. Al fondo zigzagueante, el relámpago que escapa al encasillamiento de la crítica.
Ahí reside el secreto de su supervivencia. Las palabras, que libres y escandalosas como una bandada de guacamayas madrugadoras invaden cielos nuevos, son apenas el cauce por donde discurre el caudal mágico, si magia significa despertar ese monstruo que duerme en lo profundo de un tiempo sin raíz.
Las normas gramaticales no definen el rumbo de los aciertos literarios. Desprovistas del encanto de lo impredecible, su misión es la del capataz, no la del alpinista.
Toda palabra nace neutra y descolorida, dicen los que saben dónde duermen las garzas. La identidad la impone el explorador de sus entrañas, el encadenador tonal de su sonoridad. ¿Dónde reside entonces la clave de esta hipnosis colectiva que desde las callejuelas de Aracataca hasta el Palacio de Conciertos de Estocolmo, desarticula todo lo que toca? ¿Encabalgamiento sin costuras? ¿Semántica construida por la sabiduría de Salomón o arboladura del primer galeón que surcó la sal retumbante del mundo?
El vehículo que utiliza el escritor para exponer su obra es el mismo que opera en tabernas y academias, diatribas y panegíricos, textos escolares y salmos litúrgicos. Entonces ¿Por qué ésta deslumbra y aquella no? Sencillamente porque ejerce su oficio en absoluta libertad. El absurdo es una trampa vestida de azul y desmesura. Por eso el arte arma y desarma este juego de espejos refractores. Por eso la utopía es una palabra siempre en futuro y esta literatura surcada por un bochorno redoblante, está condenada a derretirse sin desaparecer.
El tiempo medra al amparo de los símbolos. La muerte es alegoría de la vida y el amor el emblema más contradictorio de las delicias del edén. Las leyes que rigen la marcha ciudadana nacieron de momentos alucinantes y por eso son inaplicables. Soportamos el hielo del recuerdo solo por intangible.
Cuando se pretende trazar la semblanza de este escritor, lo primero que se enarbola es el Premio Nobel de Literatura que obtuvo en 1982. Casi todos los que intentan reconstruirlo, traen al papel ese dato como una revelación que lo llevó a ganarle la partida a las torceduras del tiempo. Pero sucede que ese acontecimiento no es más que un liqui liqui colgado en el ropero. Lo que en verdad lo convierte en pieza de colección exclusiva es su genial irracionalidad. Ese apetito que devoró sin indigestarse lombrices y mujeres de belleza criminal y lo hizo amigo de un gitano que tenía el poder de morir y resucitar.
Esa turba fantasmal también es pobladora de uno que otro espacio alimentado con los delirios de la palabra y la acción. Juan Rulfo y Saint- Exupery la acompañan con su travieso cascabeleo. Se diría que una Comala diluida en los hervores del camino y un Principito leve como flor de harina, son junto a ella, osadía y fiereza en eso de abrir jaulas y destripar volcanes.
No es cuestión de galardones literarios o escuelas bendecidas por dioses consagrados. Tampoco canciones arrebatadas en noches roncas como el mar de invierno. Ni siquiera el hecho de viajar bajo la tormenta a bordo de un tren sin luces. Tampoco el desenfado que lo volvió sensato. Lo suyo es el zarandeo a esa bocanada de aire articulado que narra el proceso nutriente y evolutivo de la especie. Suerte de lámpara de Aladino, luz para adivinar en el vacío del olvido lo que autoriza a envejecer sin remordimiento.
Intentemos evaluar como es debido su memoria hecha de fallas humanas y libros oraculares. Tuvo acceso a territorios donde todo milagro tiene cabida. Fue como el horizonte del desierto, como la música del mar. Ahora vuelve a su centro este colombiano lugareño y universal, feliz e indocumentado.
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