CÓMO SE MIDE LA PAZ



«La paz -se conoce- por los horrores contados»
Emily Dickinson
La Paz de la que hablamos todos, es poder reír, salir, entrar, charlar en el parque, tomar una cerveza en la tienda, comprar una chuchería en el mercado popular, no tener porqué mirar si hay peligro, dormir tranquilamente en la noche…
Para medir la paz no hay que acudir a números ni tener balanza sensible ni ser Beremís Samir, el hombre que calculaba. Tan solo hace falta tener serenidad de ánimo, una pizca de sensatez y saber respetar al «otro». Incluso, no habrá necesidad de medirla. Existirá la Paz si estos pocos parámetros cada uno los exhibiera en su libreta de calificaciones de su comportamiento. Cuántos hay de los que hablan de paz que tienen cero en conducta y miran de reojo a las víctimas fallidas.
La Paz es un ser muy dócil y dúctil, decente y dadivoso. Va y viene como la paloma después del diluvio. Y llega con una hierbita de triunfo en el pico. Nos cuenta en un instante de la hecatombe, de la muerte bajo el agua de ilusiones y civilizaciones. Toda paz trae consigo el recuento de pasiones, de explosiones, de cilindros, de cohetes incendiarios, de gritos de agonía en las noches oscuras y con llamaradas a lo lejos. Nos recuerda que toda paz envuelve un pasado que no debería repetirse.
La paz no se mide, entonces, por el número de cruces en los cementerios, por los huecos de bombas en locales y negocios, por el número de familias disgregadas y mutiladas, por el incontable sueño no dormido esperando el cese al fuego. La Paz se mide por el tris de sonrisa que se dibuja en los ojos que se encuentran y pueden palpar sus manos, su espalda en el abrazo y su beso en la mejilla pálida.
La paz no la mide quien no ha perdido nada, quien no ha sentido el fragor de la ametralladora allá arriba no se sabe dónde. Solo la pueden medir quienes vieron llegar al pueblo las camionetas llenas de agujeros por donde entraron las balas asesinas y con sangre negra pegada a sus latas ya inservibles.
La paz no la pueden contar ni medir ni el gobernante que la permitió y la hizo cabalgar por pueblos y veredas, por montes y fincas, ni el hacendado que guardaba las armas ni el paramilitar que salía como un cuatrero por encima de las reses y los perros tras de los dueños de fincas y tres hectáreas de tierra que no han vuelto a sus dueños.
La paz la puede medir quien tuvo miedo, el pájaro que voló de la rama cuando pasaba el proyectil, el hijo que perdió a los padres, el dueño de una parcelita que le robaron cuando mataron o abusaron de su mujer y sus hijitos. Cuánto se ha cacareado la paz por quienes la han vilipendiado. La paz solo se aprecia en el anonimato, en el silencio, en la sensación nueva de palparse quienes fueron abusadas, perseguidos, humillados y robados de sus eras y de sus sueños.
15-04-17 5:16 p.m.



