CÓMO SE LLEGARÁ A LA PAZ



No se juzgó conveniente ni cierto que apareciera en la pregunta para el plebiscito la palabra paz. No se trata de afirmar una realidad antes que ella llegue. El Acuerdo de La Habana solo es refrendatorio de la cesación del conflicto armado luego de más de medio siglo de lucha por unos ideales y reivindicaciones sociales que pregonaron los jefes de la guerrilla.
No solo fueron las Farc-EP quienes se lanzaron en contra del Estado para exigir al establecimiento y gobiernos de turno: Presidentes, Congreso y Aparato judicial, la Paz social que se avizora con el primer armisticio que se acaba de firmar.
La Paz no depende solo de un cese parcial del fuego de las Farc. Es cierto que este grupo es el más grande y poderoso en número, frentes y acosos en todo el país. A partir de ahora mucha será la tranquilidad para los campesinos y para cientos de pueblos pequeños que sufrieron aleves ataques nocturnos, campos minados, secuestros y extorsiones.
Mas ello no quiere decir que la Paz reinará en Colombia. ¿Por qué se fueron a la lucha este y los demás grupos guerrilleros? ¿Por qué se internaron en las montañas y la clandestinidad y empujaron a otros grupos a dedicarse al caos, la rapiña, el lucro y el ansia desmedida de minar la riqueza nacional y aumentar la inequidad social?
No bien se acabó la hegemonía española que empezó a llevarse en mulas y barcos el oro, aparecieron los bancos, los políticos, las industrias y el comercio a echar mano de las arcas del Estado y a esquilmar a los trabajadores y empleados. Es un tipo de despojo de los bolsillos ciudadanos que incide en la baja felicidad del hombre de la calle y merma la seguridad social a que todos tenemos derecho.
Solo gozan del favor oficial los altos mandos del gobierno, sus familiares de todo orden y sus amigos cercanos. Tienen acceso a puestos muy bien remunerados, a educación en instituciones acreditadas dentro y fuera del país y su seguridad social está asegurada por la prontitud, la calidad y la eficiencia. Mientras que el pueblo común debe hacer colas enormes, poner tutelas y poner una palanca oculta que haga el favor de impulsar una necesidad extrema.
El pueblo mira hacia los gobernantes de arriba y de abajo y ven cómo aprovechan los portillos que dejan las leyes para escaparse de ellas y horadar el territorio y cederlo en concesiones a gobiernos extranjeros. Lo que no pueden hacer allá lo vienen a conseguir aquí por unas míseras regalías. Mientras tanto en ciudades y pueblos se organizan grupos que extorsionan a pequeños comerciantes y siembran inseguridad en calles con su fuerza.
A eso no se llama guerra ni guerrilla, pero sí va minando día a día la confianza en las instituciones, la ley y la aplicación de una Constitución justa y equitativa.
Pueda ser que la razón que tuvieron los guerrilleros para irse a las montañas se haga práctica ahora que llegan al Congreso y empiecen a arengar a los de siempre: que suelten su mano de los privilegios que los alejan del sufrido pueblo. Ojalá no olviden la cartilla que agitaron en la selva y que no se engolosinen y alíen con quienes detentan el gran poder capitalista.



