SAUDADE


SAUDADE

El sol calienta allá arriba y mira con las pestañas entreabiertas. Está ebrio de fogajes amarillos. Su lengua está seca y su garganta escaldada por la falta de saliva. Sus ojos caen por entre sus pestañas. Si no fuera porque su voluntad es de hierro y aún está viva, ella desistiría de habitar entre los vivos. Su nombre es Unna.
La tarde decae como enfermo de hospital y aún sostiene su barbilla enhiesta. No puede hacer otra cosa que estar en vilo sobre las nubes y la lejanía. El sol la acompaña y le sigue alumbrando la espalda. Son las 5:15, ha cumplido su ruta, está exhausto. Apenas si bate su cola de fuego. Sigue bajando y casi se mete tras la espalda del confín, al otro lado del círculo, muy cerca del océano.
A esta hora ya los venados han recibido los últimos rayos y su piel está seca. El rebaño, cansado, busca en grupo lento, acomodo en el altiplano sobre la paciente hierba. A esta hora está fresca y su verde parece una alfombra inmensa y amiga. Nada desentona. Todo está tranquilo. Más al fondo está muy lejos el mar. Parece que su rumor dialoga con las nubes. Van llegando acompañadas de viento y un poco mojadas.
Las arboledas vecinas agachan sus ramas y ya no tienen el brillo de la mañana. Están ya cansadas de sostener el peso de sus frutos que nadie recogió piadoso. Ya están maduros los sicomoros, las palmas sostienen sus cocos, y los frondosos ciruelos están llenos porque los renos no han venido a arrancarlos con sus belfos hambrientos.
Las vacadas reposan cansadas sobre los pastales y rumian lentas el pienso que dejaron los campesinos al pie de los atados que recogerán mañana. El paisaje es agreste y lleno de paz y lentitud. Hay una tristeza que vaga coja por la campiña hasta la montaña lejana. La noche está llegando y encuentra un ambiente neutro. El sol se ha ocultado y la naturaleza ya tiene lista su pijama de nube y del gris que trae en sus manos la noche. Cada vez se van oscureciendo el agua del río, los cantos del pajararerío, las hojas ilímites de la arboleda inmensa.
Oh, qué saudade, qué modorra más montesca, qué paz más pagana y relajada… El paisaje parece un rebaño de cosas adormiladas y casi muertas. Hay unos ojos en paneo que vigilan y acompañan la escena virgiliana, humeante… Al fondo parece haber necesaria una casa entre el bosque muy cerca de la espesa montaña…
La tarde no tuvo tiempo de despedirse del sol ni de las montañas. El paisaje quedó triste sin que nadie advirtiera de su soledad cuando la noche ya lo cubría. ¿Qué fue de la caída del sol, del olvido del beso de despedida, de la ida presurosa, de la soledad que dejó la tarde? Oh, de lo que se va y deja huella, del olvido de los besos, de la luz que se apaga…
14-07-18 5:14 p.m.
***********************
Otras publicaciones de este autor: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/



