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Jueves, 1 de octubre de 2026

SAOKO

SAOKO

SAOKO / Por Jaime Cárdenas / Cómo no hacer un alto en el cotidiano trasegar de este país que parece condenado a no tener arreglo, para recordar y darle una sentida despedida a Wilson Manyoma que ahora ya forma parte del panteón selecto de la música latina, del son y de la salsa, del guaguancó y del bolero antillano. Ahora que es ya leyenda este cantante formidable de Fruko y sus Tesos, el mismo que siendo niño de barriada en Cali quedó deslumbrado con esa música que se oía en Juanchito, en el arrabal porteño de Buenaventura a donde llegó volado de su casa, por la música que traducía su mundo, su cotidianeidad, que mostraba el talento de su gente afro. Ese niño que quiso ser Pelé, y al que finalmente, años después, el destino lo condujo a hacer los mejores goles con su voz sabrosa, poderosa, cálida, como la tierra de la caña a la que le cantó y donde se preparó para el cierre del show, que todo tiene su final, mi hermano, que nada dura para siempre, como lo decía el viejo Héctor, otro gigante de nuestra melodía latina.

Por allá en los 70 se apareció Manyoma y el director de Fruko y sus Tesos no dudó en incorporarlo a la banda. Le pusieron nombre de guerra: Saoko, delicioso vocablo africano, pero no había necesidad, su apellido era ya música, se saborea como chontaduro con sal en una esquina de Cali. Fue con ellos que cantó El Preso.

El Preso es un terremoto, una sinfonía para piano, dos trompetas, dos contrabajos y percusión; un piano que embruja desde que empieza la melodía.

El Preso es la mejor canción que se ha compuesto en Colombia, la más popular. Su belleza, su fuerza, su autenticidad es incomparable. Sólo Colombia Tierra Querida, del maestro Lucho Bermúdez, también de gran belleza, afeada por los torpes locutores que la ponen cuando la selección mete un gol y la inmortal: Lenguaje de mi Piel de Kraken pueden parangonársele.

El hechizo de El Preso no es posible someterlo a un frío análisis, deja de ser hechizo, en eso radica también su grandeza, pero se pueden dejar unas cuantas observaciones. El Preso retoma en nuestro medio la tradición latina de voces que venían jalando duro. El mismo Manyoma reconoció que Benny Moré lo impactó cuando lo descubrió en el tiempo de la vida porteña y arrabalera. El Preso inaugura simbólicamente la llegada del son y es un punto de referencia para aludir a ese nuevo mundo que se descubría en la geografía de la música salsera de Colombia. Es un cimiento sobre el que el edificio de la salsa, de nuestra salsa, se ha construido.

Lo cierto es que a cincuenta años de su creación El Preso sigue sonando como si acabara de salir el long play, y como se dijo de Gardel, Manyoma canta cada día mejor. ¿Dónde no se lo ha oído? Ha sonado en el Madison Square Garden y en el lejano Japón, en la radio, en la televisión, en las fiestas de quince años y en los bautizos, en los putiaderos, en los taxis, en las discotecas y en las cárceles. En las cárceles, claro está, pero su valor no es sociológico, es netamente musical, que las amarguras el pueblo las convierte en fiesta, tal vez allí radique la sabiduría.

En esos tiempos ya lejanos, un 31 de diciembre oímos El Preso en todo el trayecto que va desde la Plaza de Nariño a la casa. Se iba el año y la noche era esplendida. Muy cerca del volcán se veía a las estrellas. Aquí y allá empezaban a quemarse los años viejos, la pólvora estallaba, – ah, el olor de la pólvora-, el fuego hacía resplandecer las calles, silbadores, volcanes, papas, cohetes y cohetillos retumbaban a nuestro paso y en las casas, en las radiolas, los discos giraban y Wilson Manyoma cantaba su himno a la libertad; en esa noche por la que bien valdría la pena volver a nacer para vivirla, Manyoma también cantaba en la casa contribuyendo a la felicidad de ese momento irrepetible.

Manyoma, ya libre de dolores, del peso del tiempo ahora ya va lejos, vuela alto.


Imagen destacada: collage de fotos tomadas de https://www.google.com/

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Jaime Cárdenas
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