Santos, sin oposición ni contendor fuerte.


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Algo raro sigue pasando en el ambiente político colombiano. Parece que aumenta la desconexión de la opinión pública, el pueblo en general, de la clase política que además siente a un presidente distante.
A la crisis de liderazgo y renovación en las ideas fundamentales que deberían debatirse en los distintos escenarios, se suma que mucho gobernante y dirigente, anda más preocupado por la suerte de su cargo y representatividad, que de los temas que debieran proponer para unir y convencer a los colombianos de participar en política.
Una de las maneras más efectivas de degradación del sistema democrático es convertir lo trivial en algo trascendente. Hacer del espectáculo que surge del mismo la razón del debate ciudadano dejando a un lado cuestiones trascendentes como la pobreza, el desempleo, la inseguridad o la inequidad social.
Por un acto de incongruencia del gobierno para con los líderes y auténticos voceros, como los congresistas, diputados, concejales, alcaldes y gobernadores comprometidos a los que no les está reconociendo su liderazgo en las regiones y representatividad ante las comunidades, los está subestimando con la consabida “mermelada” y favores burocráticos o presupuestales.
En el camino de evitar comprometerse con las cuestiones espinosas muchos de nuestros políticos prefieren discutir sobre la trascendencia de ganar el próximo partido de la selección, la sanción ejemplar a los borrachitos al volante o la catolicidad del procurador.
Pareciera que capturar la atención de lo popular por cualquier mecanismo sea el fin último de la política no dejando a su paso ningún espacio para la acción seria y comprometida de la dirigencia política.
El gobierno del presidente Santos con su Unidad Nacional espera reelegir sus políticas con niveles bajos de popularidad, con la ventaja de no tener real oposición y contendor fuerte que recoja la insatisfacción y descontento popular.
No se vislumbra en el inmediato futuro un líder carismático y de credibilidad política que con envergadura y trayectoria nacional se le equipare al jefe de Estado, quien entre otra cosas deberá rectificar errores, salidas en falsos y comportamientos que no lo dejan conectarse con las gentes de a pié.
Un trabajo de fina filigrana política debe comenzar entonces a ejecutar la “Fundación Buen Gobierno” en manos de Germán Vargas Lleras, para evidentemente mejorar la imagen del presidente y así pueda conectarse con la realidad del país, los dirigentes regionales y sus gentes, que en gran mayoría se muestran escépticas y bastantes “emputadas”.
Buscar hechos secundarios es escaparse por la tangente que finalmente es no asumir la tarea que cualquier gobierno democrático está obligado a cumplir: administrar un país con la responsabilidad de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.
Los electores deben estar atentos a esta nueva forma de “hacer política” y no sustraerse de participar, ya que probablemente sea el mejor método que han conseguido implementar aquellos para quienes la pobreza, el desempleo y la inseguridad no son cuestiones trascendentes porque para ellos la distracción de la gente es el éxito de la acción gobierno.
Pese a la desfavorabilidad de las encuestas, Santos hoy tiene grandes opciones de reelegirse con todos los riesgos y peligros políticos que ello implica, pero tiene el poder, está haciendo un acuerdo por la paz que no puede quedar truncado en la mera firma, ha tomado ciertas decisiones sociales que sorprenden y está logrando con las prácticas de siempre, convocar en torno suyo la llamada Unidad Nacional, que política y matemáticamente es mayoría electoral.
Por eso, esa apatía y desgano por los temas electorales del pueblo va ser la misma que reelegirá a Santos. Aunque si nos quedamos con esa imagen del lado oscuro, de la política actual, estaremos tentados a delimitar la política bajo ese enfoque, lo cual resulta peligroso porque la conclusión a la que se podría llegar es que “la política no tiene relevancia, ni se merece alguna importancia”.
¡Cuidado!, porque ahí está el peligro. Una afirmación de ese tipo lo único que hace es desconocer la esencia de la misma política y, si esa afirmación es parte del discurso de muchas personas, significaría una separación parcial o total de ciudadanos con los asuntos políticos -y también públicos- dando la pauta a que otros sectores –o los mismos de siempre- mantengan su predominio de ideas, intereses e influencias en la toma de decisiones dentro del sistema político colombiano.
Lo que significaría un golpe bajo a los deseos y demandas por una democracia participativa, un nuevo país de inclusión, tolerancia política y justicia social con mayor equidad.



