Saberse ir
No se preocupe, Presidente, que vamos a estar bien si usted se va. O vamos a estar como hemos estado siempre por aquí: digamos regular, para no preocuparlo. El mundo no se va a acabar y, aunque le cueste imaginarlo, tampoco se va a acabar este país, si no se acabó con tantas guerras… Otros vendrán, ya lo verá. Mejores o peores, o quizás muy parecidos: de su tendencia de gobierno, de una opuesta o, probablemente, de ninguna, y es bueno que así sea porque en la variedad está el placer y, ya que esto no lo arregla nadie, es sano cambiar de canal y ver caras diferentes y criticar y comparar propuestas, sin ser declarados enemigos de la patria. 
Para decirle la verdad, se me han hecho eternos estos años. No sé si es por su estilo omnipresente y omnipotente, por su tendencia a robar cámara o por la zalamería con que lo tratan en los medios, pero sueño con acostarme un lunes sin ver su imagen en el último noticiero y despertarme el martes sin encontrármelo de nuevo en las noticias matutinas, como si usted jamás durmiera, o como si me señalara con su dedo.
No sé si se trata de un gesto innato o si se lo han recomendado sus asesores para reforzar su talante autoritario y sus alardes de eficiencia, pero, ya puesta en confesiones, estoy hasta la coronilla de su dedo, como lo estoy de sus consejos comunitarios, de sus diminutivos, de sus palabras inventadas, («fondear», por financiar es un ejemplo) y de su manera reverencial de aludir a su mismísima persona diciendo «el presidente no piensa que unas normas heterónomas a él…» (sic). Aunque le suene irrelevante, no sólo me preocupa su forma de ignorar las reglas democráticas, sino la de pasarse por la faja las normas del idioma, pues eso complica más su tendencia a no hablar claro sobre aquello que todo el mundo le está preguntando.
Entiendo que se sienta indispensable; al fin y al cabo, todos tenemos tendencias narcisistas y es comprensible que las suyas se hayan exacerbado con tantos años de recibir adulaciones. Y aunque no quiero ser ave de mal agüero, algo me dice que esos que hoy juran retirar sus candidaturas, si usted decide perpetuarse como Chávez, comparten mi deseo. Casos se han visto en estos días y otros están por destaparse; es la naturaleza humana, Presidente.
Muchos han trabajado, como lo hizo usted en su momento, para ocupar su cargo y no se resignan a seguir «sirviendo a la patria», según dicen ustedes, los políticos, en cargos intermedios. Si le preocupa que, sin su presencia, puedan resquebrajarse esos pilares de la Seguridad Democrática, la Confianza Inversionista y otro social que no recuerdo, cualquiera lee entre líneas que desconfía de su equipo de gobierno. Póngase en los zapatos de Juan Manuel, de ‘Uribito’ o Noemí: ¿cómo se sentirán con un presidente que anda insinuando por el mundo entero que aquí no hay nadie con la capacidad de reemplazarlo?
A riesgo de ser cruda, su puesto es uno más. Importantísimo, no se lo niego, pero, con este desempleo, hay mucha gente capaz pasando hojas de vida. Y si bien quedan algunos cargos vitalicios como el de rey o, a veces, el de dictador, me gustaría creer que ese no es su caso. No se preocupe por nosotros: peor no vamos a estar y nos las apañaremos para ganarnos la vida, para esquivar los peligros de las calles y para hacer lo que buenamente podamos, como lo hemos hecho siempre.
Es más: quién quita que terminemos extrañándolo. Déjeselo al tiempo, Presidente. Déjese ir, como se fueron Franco, Pinochet, Napoleón y tantos otros: unos queriendo y otros sin querer, pero se fueron. Fíjese cómo los mismos que los lloraron los reemplazaron de inmediato y cómo ese «pueblo», en nombre del que pretendieron gobernar, los fue olvidando. La ingratitud humana es una fuerza que renueva al mundo y hay que aprenderse a ir, aunque cueste trabajo. Al fin y al cabo, tarde o temprano nos iremos todos y nada más grave de lo que ha sucedido pasará… o vaya uno a saber. Sin embargo, por más que quiera, no está en sus manos controlarlo.
Yolanda Reyes
EL TIEMPO Mayo 31 de 2009
EL TIEMPO Mayo 31 de 2009
Leer más…



