RUCA: LA ESCRITURA Y LA CATARSIS


1.
No pudo evitar que se le aguaran los ojos y se le cortara la voz cuando le pregunté por su perrita frenh poodle, -la misma que en nuestra primera entrevista hace ya casi tres años (en diciembre de 2017) merodeaba los alrededores del comedor de su apartamento donde conversábamos ella y yo como queriendo intervenir, ladrando de vez en cuando y siempre con una actitud sigilosa frente al invitado de su dueña- “murió la semana pasada” respondió y con pesadumbre repetía una y otra vez: “es muy duro, es muy duro, fueron diecinueve años” al tiempo que movía la cabeza de un lado para otro y después de un resuello interrogó: “¿dime, qué quieres saber?” empecé por preguntarle qué era de su vida y sus proyectos, que había pasado con su novela Rescate, aquella que con avidez había yo leído en borrador y por aquella otra novela en la que reflexiona en torno a la Operación Cóndor.
Y es que a través de la escritura ha podido hacer más que un ejercicio narrativo. La escritura dice, le ha servido para hacer catarsis pues en sus relatos narra el horror, lo más execrable y abyecto de la condición humana.
Chile 11 de septiembre de 1973
Veintisiete años tenía aquel martes 11 de septiembre. El ruido de sables del que se hablaba al interior del Palacio de la Moneda había estallado en un cruento Golpe de Estado. Fue dantesco el Golpe y lo que vino después…. mucho peor Aún recuerda vívidamente los helicópteros militares casi rozando los techos, ella y su familia agazapados y confinados casi en silencio en la casa durante dos días y oyendo la radio para informarse de lo que estaba sucediendo. A la una pm recuerda avisaron de la muerte del derrocado presidente Salvador Allende.
2.
Estuvo en Chile dos años a partir del golpe. Fueron dos años aciagos, signados por una zozobra constante y en los que pudo auscultar el galopar impune de los jinetes de la muerte y a esta precedida de la más descomunal sevicia. Respira hondo como para hacerse a las fuerzas necesarias para poder recordar: “Yo misma vi cadáveres en el río Mapucho… o sea a mí no me van a decir que eso es mentira, porque yo lo vi, yo vi al tipo que vendado le habían cortado falanges y tenía quemada la cara entonces no lo podían distinguir. Eso yo lo vi, te fijas. Entonces quedan recuerdos muy amargos todavía…”
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Rescate se construyó sobre la base de testimonios, volvió a Chile, visitó sitios como el Museo de la Memoria y recorrió la calle Londres con 68 donde quedaba una casa usada por los militares para torturar. Justo en ese preciso momento la french poodle irrumpió la conversación deyectando un flato que nos dejó paralizados y Ruca sólo atinó a decir: “esta chiquita…” quizá estaba sorprendida y horrorizada tanto como yo. Rescate no deja espacio para la inventiva, salvo los nombres de algunos personajes y narra con crudeza sucesos relacionados con El golpe y sus artífices, como el macabro Henry Kissinger a quien llama el judío maldito y Richard Nixon el padrino. Narra también y no con intenciones morbosas todo un repertorio macabro de torturas sobre el cuerpo de los perseguidos y detenidos políticos del régimen militar, los ya harto documentados vuelos de la muerte, más comunes en Argentina que en Chile- y de los que asegura tuvieron su origen en el contexto del colonialismo francés en Argelia- hasta agresiones sexuales a las prisioneras, como la de aquella mujer a la que le introdujeron una rata viva por su vagina y que avanzó hacia su útero destrozándoselo por completo y a quien dejaron morir por la fiebre que le causó una infección mientras ululaba la noche entera ante la indiferencia infame de los victimarios.
Ruca admite que omitió varios relatos, algunos peor de execrables. Fueron muchos los actos de victimización que el régimen militar llevó a cabo: asesinatos, desapariciones forzadas, secuestros, pero se ha hecho mucho énfasis en el exilio al que forzaron a muchos chilenos principalmente intelectuales opositores del statu quo. Según cifras oficiales, se registraron más de 408 mil exiliados.
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La ruptura, la diáspora y el retorno imposible de Ruca
Ruca no fue propiamente una exiliada ni mucho menos detenida política. Su trabajo en el departamento de salud y población de la CELADE adscrito a la ONU le permitió ostentar- no de inmediato- un estatus de funcionaria internacional lo que debía garantizarle cierta indemnidad frente al gobierno golpista. Aunque tuvo ideales políticos cercanos a la izquierda tanto como un denodado espíritu de justicia social nunca perteneció a ningún partido político, ni hizo ningún tipo de activismo ideológico, aunque familiares cercanos sí lo hicieron, su tío Eduardo era amigo personal de Allende y un hijo suyo fue su asesor y estaba en el Palacio de la Moneda al momento del golpe y desapareció. Distintas versiones se tejieron en torno a su desaparición y hubo que esperar 22 años tras el golpe para hallar los que al parecer- nunca se supo con certeza a pesar de las pruebas de ADN- fueron sus restos, los cuales los apilaron junto a los de otra persona en el cementerio General de Santiago. Así la familia pudo enterrarlo y cerrar de una buena vez esa sensación de incertidumbre ante el paradero desconocido de un familiar desaparecido. Aún hoy 47 años después del Golpe, muchos chilenos no han podido enterrar a sus familiares. “Yo le decía a mi papi, «mira, aunque no haya sido el cuerpo del Coco, el hecho de que uno entierra a la persona ya queda en paz, ya queda tranquilo, pero no fue lo que le sucedió con toda la gente, hay mucha gente desaparecida todavía»” afirma.
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Su caso particular podría catalogarse como una especie de auto exilio. El Chile de entonces ya no era el que había amado desde siempre, y del cual sólo se había alejado durante dos años, tiempo en el que vivió en Estados Unidos. El Golpe y el régimen militar instaurado habían cambiado y para siempre el rumbo del país. Su marido había salido en el año 1974 y quería reencontrarse y comenzar una nueva vida con él así fuera en tierras lejanas, pero qué más da si a partir del 11 de septiembre de 1973 se sintieron extranjeros en su propia patria.
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Ha dicho el intelectual palestino Edward Said: “El exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar. Es la grieta imposible de cicatrizar entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar: nunca se puede superar su tristeza”. Ruca con el tiempo pudo cicatrizar la grieta provocada en su alma por la ruptura con su patria y su hogar aquel sábado 15 de febrero de 1975. Todos sus ahorros los invirtió en el pasaporte y los tiquetes, sólo pudo traer una sola maleta (la mayoría de exiliados salen únicamente con lo que llevan puesto). En la maleta empacó poca ropa toda de su pequeño hijo de casi cuatro años- viajó asida a él buena parte del vuelo y con la dura convicción de que quizás nunca más volvería a ver a los suyos. La última imagen que vio antes de su partida fue a su padre-hoy ya fallecido- sentado en el comedor. Acá la recibía Sergio, no puede olvidar el nombre, el bloque y el apartamento de la unidad residencial que fue su primera morada en Colombia. Llegó con los nervios convulsionados y una ansiedad exacerbada, como ella misma refiere: hecha todo “un tallarín eléctrico”. Y como si alguna fuerza sobre natural quisiera conspirar en su contra aquel día de su llegada, pasada la madrugada sus nuevos vecinos organizaron una fiesta con la música a todo volumen y luego para rematar, serenata de mariachis. Sufrió desde luego un crash cultural. Los chilenos no tienen este tipo de costumbres. Sin embargo, hoy por hoy se siente colombo-chilena quizás más colombiana que chilena. Hasta el acento chileno lo cambió a propósito, pues lo siente un poco “estirado”. Asegura que el error que comete cualquier extranjero es comparar y rechazar lo que ve, “si tú vas a vivir en un país tienes que aceptarlo y tienes que asimilar sus costumbres”, Cristina Peri Rossi, una escritora uruguaya, perseguida y exiliada de la dictadura militar de su país en los años setenta del siglo pasado era un poco más drástica y decía que había que escribía para hacer catarsis pero la plana había que hacerla libre de las ataduras de la nacionalidad, alejada de un contexto geográfico específico, para no sufrir y esto no lo entendieron entre otros colegas suyos Eduardo Galeano y por eso siempre permanecieron atormentados. Ruca también escribe para hacer catarsis y el recuerdo de esa escabrosa realidad ya no la atormenta, aunque reconoce que no hubiese sido capaz de escribir de inmediato las memorias de ese horror, tuvo que enfriar un poco sus emociones para poder afinar la pluma y lograr dice, cierta “objetividad” en el relato.
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Ruca es una mujer muy generosa y afable. En estos días de pos confinamiento que ha aumentado la procesión incesante de vendedores ambulantes que viven como suele decir la paremia popular colombiana, “al día” haciendo ingentes esfuerzos para llevar el sustento a su casa, Ruca ha sustituido las compras en el supermercado y prefiere comprarles a estas nobles gentes las frutas y las verduras. También ayuda con donaciones económicas a las hordas de músicos desesperados que interpretan sus lúgubres tonadas al hambre y el desprecio. Es que ella de algún modo también sabe que se siente padecer estas penurias, recuerda cómo en el Chile del gobierno militar, profesionales ilustres y antes prósperos barrían las calles de Santiago ante la falta de empleo. Sus primeros años en Colombia fueron duros, lo que ganaban Sergio y ella no suplían siempre todas sus necesidades, el único que comía carne era el pequeño Manuel, para ellos dos no alcanzaba muchas veces.
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Ruca tiene la mirada nostálgica y una voz apacible, ¡ni tanto horror logró endurecerla! Una charla con ella es una cátedra, un testimonio vivo de historia contemporánea del siglo XX en América Latina, sabe que ésta y las otras bárbaras dictaduras militares del Cono Sur en Latinoamérica dictaduras respondían a la lógica absurda de la carrera por la hegemonía mundial en la llamada guerra fría, una historia que debe conocerse a fondo tanto en sus motivaciones como en sus consecuencias y denunciarse para que no se repita nunca más y a eso aspira con sus textos que aún no ha podido publicar.
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Ruca representa un raro grupo de migrantes forzados, aquellos que no desean volver a morar en el seno del hogar expulsado. Son los migrantes del retorno imposible, entendiendo por éste una imposibilidad más que física, espiritual. La mayoría vuelven de paso. Ruca lo ha hecho en repetidas ocasiones- la primera vez en 1980 cuando el gobierno militar aún no cedía paso a la transición democrática, la más reciente en este año- y cada vez que lo hace regresa a Colombia con más prisa. Ya no soporta el frío de Santiago y de sus gentes, que hiela su piel y su alma, además los familiares y amigos más cercanos están muertos todos ya y la utopía en la que alguna vez creyó sepultada quedó cuando los militares destrozaron la democracia constitucional chilena aquel terrible 11 de septiembre.
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Es que en Colombia Sergio y ella siempre sintieron una cálida acogida. El rechazo, el prejuicio y la ridícula xenofobia que algunos mal llamados patriotas sienten hacia los migrantes venezolanos ha sido siempre una sensación extraña para ella. Jamás se ha sentido estigmatizada acá, con cierta hilaridad pero con profundo respeto hacia el drama de los miles y miles de venezolanos emigrantes dice: “En esa época como que estaba bien visto ser extranjero”.
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El sentirse más colombiana que chilena no ha hecho desaparecer del todo algunas de sus tradiciones, sobre todo las culinarias. Y en su apartamento nada ha cambiado en estos casi tres años, los cuadros de la sala, la colección de platos de cerámica que cuelgan de la pared en frente del comedor, la pianola eléctrica que -ya no toca a pesar de haber recibido formación musical por más de veinte años- sigue cubierta, desconectada y en el mismo sitio de siempre, en el bife conserva los mismos porta retratos colocados escrupulosamente en el mismo sitio, llaman la atención aquellos que tienen las fotografías de Sergio, de su padre y su hijo Manuel aun siendo un niño. Sergio, su padre y Manuel, los tres hombres de su vida. Hay también un pequeño retablo en donde está esculpida la imagen de Salvador Allende con una de sus consignas políticas como en bronce, pero sólo la cara, no su icónico brazo izquierdo levantado con el puño cerrado, símbolo de la izquierda chilena, gesto que si se hacía en alguna manifestación pública como ocurrió en el funeral de Neruda o Eduardo Frey era motivo suficiente para aprehensión, detención, tortura, y desaparición. Todo en ese estricto, escrupuloso y brutal itinerario. Hay algunos discos compactos- muy pocos- sobresale también un portarretrato doble, en el lado izquierdo está Ruca, una Ruca de sonrisa amplia y diáfana que apenas si acaso llegaba a los treinta y cuatro o treinta y cinco años, con el cabello rubio y a la altura de los hombros- aún conserva este color de pelo pero no su misma longitud, ahora luce corto hasta la nuca-, y unos ojos castaños un poco apagados sobre la redondez de su rostro. En el lado derecho está Sergio, un Sergio también sonriente y de pelo blanco, aunque no le llevaba más de tres años de diferencia en su edad. Recuerda con picardía que esas canas fue lo que le más le sedujo de él a primera vista. Sobre el hombro izquierdo de Sergio reposa una lora todavía joven. Impensable e irónico sería que un agudo y crítico sociólogo y trabajador social egresado de FLACSO, militante del MAPU tuviera la exótica ave posada sobre su hombro derecho. Su biblioteca está un poco apartada de la sala, casi como en un rincón del apartamento, no es muy nutrida. En una pared ubicada entre la cocina y un cuarto hay tres cuadros del poeta Neruda con fragmentos de algunos de sus poemas más famosos, los del joven y romanticón de los Veinte Poemas de Amor y la Canción Desesperada y el combativo camarada del Canto General. Me contó incluso algunos detalles a estas alturas ya harto difundidos sobre su muerte y su sepelio; la incógnita aún no resuelta de las causas de su fallecimiento, como saber si fue por su cáncer de próstata o si fue asesinado, los destrozos que los militares causaron en su casa de Santiago, el corte de luz provocado, lo que obligó a Matilde Urrutia su viuda, velarlo a la luz de las velas y el cortejo fúnebre, que según una tradición chilena cuando muere un ilustre compatriota las mujeres tiran flores a la carroza.
Hay también cuadros con fotos en blanco y negro de sus padres y sus abuelos, y los padres de Sergio y un retrato de Manuel cuando tenía quince años pintado por una de las tías. Casi todo en el apartamento está igual y en su mismo sitio. Todo excepto la perrita french poodle o quizás su espíritu si deambula por ahí en algún pasillo o algún cuarto, pero Ruca en esas cosas ultraterrenas no cree. La visita está por terminar. La portera llama por el citófono para indicarme como salir del edificio pues ya entregará su turno, pero antes de marcharme Ruca exclama: “Pucha, he vivido muchas cosas, muchas dolorosas, pero he vivido”.
EMILIO JOSÉ IDROBO ENRIQUEZ
TALLER DE ESCRITURA CREATIVA 2020
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