EL ROSTRO DE UNA CIUDAD



Las ciudades nacen, se agrandan, se crecen, se transforman y hasta envejecen y pueden morir después de languidecer. Tal vez nunca las conocimos y apenas si hay libros de historia que nos las permiten recordar. Son como las mujeres o los hombres. Unas tuvieron fama, fueron escenarios de glorias, héroes, catástrofes, batallas, mujeres famosas o cunas de imperios. Sin embargo, por más laureles que hayan colgado de sus puertas murieron y hoy sus cenizas han volado. Solo nos queda el halo de su recuerdo, porque no murieron en nuestros brazos.
Las ciudades tienen cuerpo con cabeza, rostro, pecho, espalda lisa, nuca hermosa y hasta sus intestinos dan o dieron qué hablar. Lo saben los entendidos de la arquitectura, la antropología, las excavaciones y el carbono. Cuando se viaja de noche y se va pasando por sobre las ciudades de Argentina van apareciendo allá, abajo, los dibujos bien delineados de cada ciudad. Entre las luces de calles y lugares se van viendo su dimensión, anchura, escenarios, cabeza, cola y brilla su grandeza o su humildad.
Sí. Da gusto salir de paseo a cualquier ciudad. Son como seres humanos con sus cuerpos, rostro, brazos, piernas, sentinas, pies desnudos, risa o sonrisa, dolores, heridas o remiendos en su ropa. Allá se podrán ver colores de piel, ojos grises o de verde mar, grandes estómagos y hasta las heces se podrán oler.
Se encontrará uno con montes dorados, valles, escondrijos, cabellos con rizos, cuevas de encanto con joyas y meandros, cascadas furiosas o con caída lenta. A veces el viajante podrá notar la edad en los mentones, en las cicatrices, en la barba o en la tersura y el calor que brota de las manos.
El rostro de una ciudad lo va adquiriendo nítido día a día, mas el visitante lo nota de inmediato cuando va entrando en ella. Toda ella es un rostro enorme. Puede parecerse a la solemnidad del Moisés de Michelangelo o a su victorioso David. También podría ser que una ciudad se pareciera a la cara de la Pietá. O al rostro sangrante de uno cualquiera de los Cristos de Rouault que escogió de entre prostitutas.
Las ciudades que conocemos tienen una fisonomía, un perfil y rasgos en su cara que las hace únicas, como si fuera una persona. Bogotá, es diferente a Cali. Suena distinto sea que vea desde Monserrate o Las Tres Cruces o se pare uno en el centro de ellas. Una tiene su rostro adusto, señorial, lleno de historia, desde Jiménez de Quesada. Cali suena a marimba, a salsa, a toros, a sonrisa franca, a litoral. Lo mismo sucede con Roma, Madrid, París, Praga, Venecia o Buenos Aires o Lima o Iza en Boyacá. Cada rostro tiene su encanto, su picardía y sus secretos, porque las ciudades son también mujeres.
Ah,… las ciudades. Jamás alguien olvidará que estuvo allá en cada una y se rió con ellas o se compadeció de sus facciones.
28-01-17 8:35 a.m.



