ROMERO DE TORRES



Hay en los cuadros de Julio Romero de Torres (1874-1930) una veladura mística, un presentimiento; algo guardado, encerrado en sus figuras alegóricas. Alegorías donde cada mujer es símbolo, imagen literaria en escenarios contratados por la imaginación.
La pintura de Romero de Torres tiene fuerza simbólica, hierática; tiene poder intimista; ensimisma con alguna religiosidad y el contraste entre lo sacro y lo profano. A la manera renacentista de un Rafael, construía escenarios y perspectivas para solazar la contemplación poética. Y entrar, caminar por esos recintos es sentir cierta soledad de Córdoba, España, ciudad del pintor. Hay lejanía para insinuar el tema; hay soledad oscura para señalar preguntas y nostalgias; la tristeza y la alegría proponen un diálogo de situaciones; la vida es algo pasajero, un venir a estar entre las dudas, una esperanza, un testimonio.
Esas gitanas de ojos grandes, oscuros y soñadores, a veces vestidas, otras veces semidesnudas, y otras en toda su desnudez, son «la mujer morena» de la canción. Si muestran un seno o todo su cuerpo en pátinas doradas y claroscuro, no son el eros de la carne sino una pose, premeditada presencia, a pesar de lo que opinen otros; flores de invierno, analogías de algo que pasará como sombra, tratando de atajar el tiempo por venir.
Contemplar los cuadros de Julio Romero de Torres es como embalsamar la contemplación en un tiempo antiguo, de presentimientos y músicas nocturnas; a menos que se miren pinturas distintas a las de su habitual fama, llenas de brillos impresionistas, vibrátiles atmósferas, y colores en pleno vuelo de libertad.
RVQ
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