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martes 26 abril, 2011 a las 7:46 pm
ROMANCE DE LAS AGUAS TRISTES

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

En una semana de lluvias de abril, las aguas de una región se juntaron y se sentaron a las cuatro de la tarde al pie de una ladera. Por su cara caían gotas lentas y sus ojos no cesaban de llorar. Su veste estaba adherida a la piel mojada y su cuerpo tiritaba a medida que las gotas golpeaban contra rocas, hojas y se confundían con el lodo de los barrancos.

– ¡Ay!, decía lastimera el agua del manantial que tenía su casa en la cima de la montaña. – Jamás me había visto inmunda, mezclada entre el lodazal y las basuras. Antes las gentes venían hasta mí, cansadas y recogían en cántaros el líquido puro que sale de mis entrañas. A todos calmaba la sed, reparaba el cansancio de los músculos y daba nuevos bríos para continuar en el camino hacia la cumbre o el valle. Formé un arroyo que bajaba inocente por entre las hierbas y el follaje delicado de la loma. Corría alegre por el lecho original que una vez trazó para mí la Naturaleza. A mi seno venían patos, conejos, mariposas, venados, garzas y pescados a meter picos y belfos y a nadar sin dañarme. Robles, totumos, acacias, y mortiños acercaban sus ramas, me acariciaban con su sombra y con sus hojas y absorbían la humedad que dejaba a mi paso.

– ¡Ay! Decía el río que había desbordado de su madre y vagaba lleno de ramas desgarradas, latas de cerveza, residuos hospitalarios y aguas negras. No eran sus aguas pacíficas y tranquilas como cuando había a su lado bosque natural, guaduales y sus riberas estaban cubiertas de líquenes y quiches. – Me han cortado en varios pedazos y han desviado mi curso que por siglos tuve. Alargaron mis brazos lejos de mi cuerpo para regar cañaduzales, limones y girasoles. Talaron sin compasión las arboledas y desenterraron una mina de oro que tenía bajo la cama.

– ¡Ay!, hermanas, se quejaban las aguas de una lagunilla que venían de la cima de un cerro azul y que pertenecen a una reserva natural. Mis lágrimas se desgranan porque allá en lo alto hay unas maquinarias de una compañía extranjera y han vertido cianuro y mercurio en mi pecho. Me llegaron las voces de unas compañeras que se duelen de que palas enormes sacan de su costado enormes cantidades de carbón y amenazan reventar mi fuente.

– Ahora que llueve todos maldicen porque les estamos llegando casi al cuello y arrastramos a nuestro pesar las bancas de carreteras, las laderas, viviendas, árboles y tierra. Nada podemos hacer nosotras, las aguas bienhechoras. El desamparo en que nos tienen el Gobierno, las CAR, las alcaldías, los industriales, las papeleras, los que tienen licencias para aprovechamientos, Ecopetrol, las concesiones extranjeras y los mismos habitantes con sus desechos nos han obligado a desaguar a borbotones y riadas incontenibles.

Esto decían las aguas lloronas, así peinaban sus cabelleras llenas de barro. Su límpido líquido otros días, era espeso y amarillento. Era un mar de lodo y escombros. Corrían por la gran avalancha reses muertas, cilindros de gas, TV, platos y hornillas. Sus manos no encontraban la cara de agua. Aguas de manantial, de río y laguna se sobaban la espalda, pero su piel no aparecía en medio de las súplicas y lágrimas.

25-04-11 – 16:32 p.m.
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