RESPLANDOR


RESPLANDOR

Un resplandor fue lo que vieron en el horizonte aquellos tres magos que estaban perdidos en el desierto. Solo esa pequeña o grande luz que divisaron les sirvió de acicate para continuar la marcha por en medio de la vasta arena que pisaban. Era una señal? Era el sol o la luna que estaba retrasada? Fue una esperanza en medio de la inseguridad y el largo tiempo que no cesaba de correr. Era de noche o de día? No importaba. El desierto lo es a las 5:00 a.m. o las diez o a media noche. Y la pequeña luz era una esperanza.
La esperanza es una luz muy fuerte. No importa que sea una chispa o la llamita de una vela barata o el haz que sale recto de una linterna de astronauta.
Resplandor es la última llama de la luna o la débil seña de una espera que dicta el corazón de un amante. Se asoma por una ventana diminuta en los ojos o resplandece leve en movimiento lento del pecho de la persona amada. O aparece como aquella que luce todos los seis de enero en el Oriente, encima de los sicomoros y las palmeras del Sahara o de Nubia.
Ese signo de vida, de amor, de esperanza de un anhelo que hace que lata como jauría feliz de una manada de canes: es el resplandor de una simple señal de algo importante y grandioso que está apareciendo ante nosotros.
Los resplandores casi siempre ocurren, aparecen, se muestran arriba o muy lejos o fugaces, casi inalcanzables. Por eso son tan deseables y hacen casi morir de sed o de ganas al que algo espera… Parece que va a llegar, que no va a aparecer, que se va a vencer el tiempo anunciado…
Los resplandores aparecen todos los días. A lo lejos. Lejos de nuestro alcance, para lucir más fuertes ante el deseo o el alcance de quienes los miramos con ansias. Son apenas la seña de un nuevo día, de la aparición de una persona amada, la llegada sobre la mesa del regalo o de la noticia que ansiábamos tener a nuestra disposición…
Los magos de la biblia regresaron a sus reinos sin la aureola de oro sobre su cabeza. Mas llevaban en su frente una luz perenne que les duró hasta su muerte. Haber visto desde lejos la tierra prometida, el horizonte desde donde nace el sol todos los días fue su mayor tesoro. Ya no les importó el oro de sus arcas, ni sus túnicas tejidas con brocados áureos, ni las genuflexiones diarias de sus sirvientes. Habían visto el resplandor de la vida que brota en cada uno de los seres humanos cuando comprenden el valor de estar vivo. De poder gozar de los seres que están en frente.
La vida es un tesoro en si misma. No importan el lujo, los honores, la riqueza o la ciencia. Es poder gozar del sorbo de agua, de la vista del sol, de la mirada de niño sobre las cosas.
14-01-19 11:34 a.m.
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