Repicar y andar en la procesión, es pedir guayabas al madroño
Phánor Terán, desde Tunía, patrimonio cultural de Piendamó
Uno de los bastiones para la edificación de políticas culturales locales, regionales, es sin lugar a dudas el conjunto de los creadores artísticos, de los investígadores y pensadores sociales.
Suele esgrimirse como cuestión básica por los mismos creadores artísticos, por los investigadores y los mismos pensadores sociales en sus diversas manifestaciones públicas como un derecho.
Incluso dentro del basurero de leyes que constituyen nuestro orden jurídico, llámese Navarro o Doña Juana, está previsto, publicado e incumplido el de, que a todos los niveles del territorio se deben constituir Consejos locales, departamentales y Nacionales para que, con sus luces, iluminen y con destellos celestiales la estructuración de políticas culturales: el bien común cultural.
En general, tal cosa no ha sido posible. Y en el ámbito internacional tales procesos se consideran saludos a la bandera.
Como ya lo hemos manifestado en múltiples oportunidades las cuestiones artísticas, científicas, y algunas de las que denominan culturales son asunto de competencia del conjunto de la sociedad y no reivindicaciones gremiales. Son los organismos participativos y representativos de la sociedad quienes deben ocuparse del interés por tales asuntos. No significa ello que los artistas, y demás no deban ni tengan que participar pero en todo caso como parte del conjunto social.
También, en general, con sus honrosas excepciones, los artistas, y entre más consagrados peor, somos una Gorgona de egos, incapaces de ejercer el papel de labriegos, de soldados, de “indios” como se solía decir antes de la constitución del 91. Los artistas están generalmente para el reconocimiento, y muy poco capacitados para aquello de la labor burda y oscura de la cotidianidad, para ocuparse de las cosas de este mundo. Ciertamente la labor creadora, es las mas de las veces, una especie de parto de mula, paralizante y enervante.
Y como si fuera poco, al igual que en ciertos reinos femeninos, las comparaciones les resultan odiosas e insoportables; la crítica inadmisible; el trámite insoportable; la negociación, inaudita y asquerosa.
Puede resultar un contrasentido con su obra que se extiende con altruismo hasta más allá de los umbrales de la sociedad misma, que se concibe en pro de la misma humanidad, así a veces no lo parezca. La sociedad se enorgullece de ello, por cierto y tal parece que no se puede pedir más a la creación artística, investigativa y algunas culturales.
Pero que repique y ande en la procesión, es pedirle guayabas al madroño.
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