Remembranzas del Colegio Instituto Técnico


Con ocasión de celebrarse el primer aniversario de la fundación del Colegio Nacional de Bachillerato “INSTITUTO TECNICO” de Santander de Quilichao, Cauca, recuerdo que:
A finales de 1951 inicié la primaria en la Escuela Francisco de Paula Santander, conocida popularmente como “La Paula”. Guardo eterna gratitud a mis maestros Judith de Alarcón, José Aldemar Solarte, Emma Medina, Mario Banguero, Pedro Pablo Tafurth Morales, Jaime Villaquirán y Gustavo Adolfo Manzano quienes me enseñaron las primeras letras e incidieron notablemente en mi formación personal. De ellos sobreviven solamente los maestros Tafurth y Solarte con quienes esporádicamente tengo el agrado de evocar aquella época inolvidable.
Cuando tenía 12 años de edad, ingresé a primero de bachillerato en octubre de 1957. En ese entonces, el Colegio contaba aproximadamente con 130 alumnos y funcionaba apenas hasta cuarto grado. Después de dura batalla ante el Ministerio de Educación Nacional se logró la aprobación de los grados quinto y sexto. El rector era don Guillermo Valencia Tello y el cuerpo profesoral estaba integrado por el padre Arcadio Velasco Tello y los docentes Eduardo Rengifo Villamil, Rafael Prieto Campo, Daniel Velasco Villamil, Fernando Galarza Muñoz, Jorge Isaac Rivas Molano, José Antonio Silva Rebolledo, Álvaro Ospina y David Miranda Machado. Posteriormente se vincularon los licenciados Félix Bermeo, Víctor Peñaloza, Ramón Aguirre y Orlando Álvarez Coronado.
Formé parte de la Banda de Guerra cuando apenas contaba con 6 tambores, 6 cornetas y 1 bastón de mando. Luego se le incorporaron 1 bombo y 1 par de platillos. Algunos de los otros integrantes eran Silvio Medina Abella, Silvio Muñoz, Eduardo Gil, Ernesto Vergara Morales, Luis Eduardo Velasco Viveros y Miguel Alberto Fernández Vásquez.
El Plan Básico de estudios comprendía las materias de cada grado más las asignaturas de Cívica y Urbanidad, las cuales desafortunadamente desaparecieron con el paso del tiempo, ocasionando un gran vacío para la formación integral de los estudiantes.

Finalizadas las jornadas de mañana y tarde, formábamos por grupos en el patio para que el profesor encargado de disciplina nos despachara para la casa. Cuando ocurrían indisciplinas, el grupo responsable se quedaba castigado hasta nueva orden soportando los rigores del sol del mediodía, razón por la cual al patio se le conocía como “la tostadora”.
La asistencia a misa dominical en la iglesia parroquial era obligatoria en formación, con llamada a lista antes y después. Las inasistencias causaban disminución en la nota de Religión y tuve el privilegio, como acólito, de ayudar a dicha misa que la oficiaba en latín el padre Pedro Gómez Tamayo, hasta que me bachilleré.
Los estudiantes del colegio desfilábamos obligatoriamente en la procesión del Sagrado Corazón de Jesús a finales de junio, encabezados por la Banda de Guerra. Cualquier equivocación en el compás que notara el profesor Prieto ocasionaba merma en la calificación mensual de Educación Física. El uniforme para desfiles era saco y corbata negras, camisa y pantalón blancos.
La tarde deportiva era todos los miércoles con partidos de fútbol, baloncesto y voleibol entre los diversos cursos. La actividad finalizaba con un refrescante baño en la piscina municipal o en los chorros (Saltos de Otón) por donde corre el río Quilichao, con relativo nivel de contaminación en ese entonces.
Todos los sábados, antes de terminar la jornada de la mañana, se realizaba un desfile por el parque de Bolívar, con saludo olímpico al Libertador e izada del pabellón nacional en el mástil del colegio por el estudiante de mejor promedio de calificaciones del mes, con honores de la Banda de Guerra.
Los actos de clausura del año lectivo eran muy largos pues comprendían: informe pormenorizado del rector, discursos, cantos, entrega de premios y reconocimientos especiales. Al final se entregaban las tan esperadas libretas de calificaciones con la evaluación correspondiente.
El profesor Prieto, además de orientar con eficiencia las asignaturas de Historia, Ortografía y Educación Física, era una persona polifacética pues mantenía diálogo permanente con sus alumnos, pronunciaba elocuentes discursos, prestaba el servicio gratuito de inyectología, hacía perifoneo comercial, dirigía el noticiero regional en la emisora Ecos de Quilichao, anunciaba los números ganadores de la rifa en el Teatro Paz, fomentaba el deporte y era apasionado de la poesía y la música bohemia.
Las materias de Literartura, Cátedra Bolivariana y Francés estaban a cargo del profesor Rengifo, quien mantenía actualizada la lista de alumnos que perturbaban el normal desarrollo de sus clases, a los cuales mencionaba en público en el examen final y entregaba un “cuestionario especial” que les auguraba rajada segura.
Con la técnica de la cuadrícula dibujábamos los mapas de Geografía Universal que ordenaba el profesor Galarza, quien era muy exigente en su presentación y colocaba la diminuta calificación en sitios estratégicos del dibujo, de difícil localización.
En los laboratorios de Química y Física no podían faltar los inquietos compañeros con tendencia investigativa que fabricaban sustancias malolientes y generaban peligrosos cortocircuitos, travesuras éstas que causaban muchas risas entre sus condiscípulos y desde luego las naturales sanciones disciplinarias.
Los vigilantes-porteros Jorge Chávez, Dagoberto Tafurth y Carlos Navia no permitían la entrada al colegio a los estudiantes que llegaran después del toque de campana, a las 7 y media de la mañana y 1 y media de la tarde.
Don Joaquín Mosquera tenía un puesto en el parque donde vendía por las tardes deliciosos raspados de lulo, cuajada y limón. La competencia leal estaba dentro del colegio pues el profesor Prieto también ofrecía helados de coco y otros sabores.
Se conformó una junta de padres de familia para reunir fondos destinados al paseo y mosaico de bachilleres promoción 1964. Se organizaron rifas y varios festivales en la caseta La Nueva Ola. El mosaico se contrató con la Foto Ackerman de Cali, pero desafortunadamente la irresponsabilidad del tesorero no permitió reclamar dicho trabajo, privando a nuestro grupo de dejar tan imperecedero recuerdo en el colegio.

En la madrugada del domingo 12 de julio de 1964 estaba en mi casa estudiando Trigonometría pues el examen final era al día siguiente. De pronto, mi padre, Eliécer López Orozco, me avisó angustiado que la iglesia parroquial se estaba quemando y de inmediato salimos a la calle. Al llegar a la esquina de la Iglesia observé que las llamas habían destruido toda la parte del altar mayor tallado en madera y el techo de la parte posterior del templo, construido con tejas de barro y cielo raso de caña brava.
Como dato curioso, la primera máquina extinguidora que tenía el Cuerpo de Bomberos Voluntarios, ubicado en esa época en la escuela Rafael Tello, debió ser empujada 5 cuadras por muchas personas hasta el parque de Santander, debido a una falla en el sistema de encendido del vehículo.
Quiero finalizar estas líneas reiterando mi profunda y eterna gratitud a todos los profesores fallecidos que me transmitieron valiosos conocimientos e inculcaron valores humanos, como también al único que sobrevive de esa época, licenciado Orlando Álvarez Coronado, a quien le deseamos pronta recuperación de salud.
De igual manera, aprovecho ésta oportunidad especial para reafirmar mi aprecio y estimación a todos mis 23 compañeros de la Promoción 1964, quienes me sirvieron de referencia obligada para escribir estas sentidas notas.
Santander de Quilichao, Octubre de 2013.




