Reflexiones sobre Ulrica


Reflexiones sobre Ulrica, relato de Jorge Luis Borges.

En este tiempo de trabajo virtual, sectas religiosas, información, herramientas tecnológicas, redes sociales, narcotráfico, fakes news, motos y celulares, me detengo en Ulrica, un relato de Jorge Luis Borges, publicado en El libro de la arena (1975). Narra el encuentro de una noruega y Javier Otálora. Le pregunta Ulrica su procedencia. “Le dije que era profesor de la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano. Me preguntó de un modo pensativo: ¿qué es ser colombiano? —No sé— le respondí. —Es un acto de fe— Lo mismo que ser noruega- responde ella”.
Javier Otálora pasó “sus mocedades en Popayán”, según el relato borgiano, dice: “No sé,” con ello expresa desconocimiento, incertidumbre. Y, la fe en ser colombiano se puede entender a partir de la religión y la fe secularizada de “ser colombiano”. Quizá estudió en uno de los tantos colegios religiosos y en la universidad de la ciudad. En el colegio se instruía, pues se consideraba que quien llega a la educación es una tabula rasa. Vale considerar el planteamiento de Estanislao Zuleta: “la escuela transmite, conocimientos, saberes y resultados, que otros pensaron, pero no enseña ni permite pensar.” Así, en los salones de clase, el tablero, y arriba, a la derecha, el escudo nacional, a la izquierda la imagen religiosa. La formación del ego no sólo pretendía enseñar a leer y a escribir, elementos matemáticos, pues en el fondo lo que se busca la “paideia”: Ser colombiano: formación del yo en la en la religión y en la nacionalidad. Así, la pedagogía lleva a leer-escribir-nociones de matemática, a la formación del yo en el laberinto religioso y patriótico. De esta manera, la subjetividad del estudiante cae en un entorpecimiento religioso y patriótico. Vive para la religión en la historia sagrada, oraciones, rituales y creencias. De otra parte, el yo vive en la epopeya histórica que lleva al vínculo jurídico de la nacionalidad y los deberes como ciudadano.
Ante el hecho de que Martin Lutero tradujo la Biblia de las lenguas hebreo, arameo y griego, al idioma vulgar alemán, se difundió el protestantismo. La lectura de la Biblia en lengua vulgar fue prohibida por la iglesia, en el Concilio de Trento (1545-1563). Es curioso que los obispos de estas latitudes no asistieran al Concilio de Trento. “Es verdad que la Iglesia limitó un tiempo y aún prohibió la lectura de la Biblia a los fieles, pero esa fue una medida provisional, plenamente justificada por la malicia de los tiempos. En una época de apasionadas discusiones religiosas en que el principio del libre examen y de la interpretación subjetiva hacia brotar, aun entre los más plebeyos e indoctos, intérpretes más o menos visionarios y exaltados, la prudente medida de la Iglesia evitó en los países católicos, la frondosa exuberancia doctrinales que hizo del protestantismo un abigarrado conjunto de sectas.” (1)
En lugar de la alfabetización que hace posible la formación de lector se hicieron los catecismos del padre Gaspar de Astete (1599) y de Jerónimo Ripalda (1601). En la formación religiosa se recurrió al catecismo –una especie de vademécum–texto que contiene las nociones, información de la doctrina e historia sagrada. El catecismo contiene las enseñanzas de la doctrina en forma de preguntas y respuestas. Y en ese esos catecismos se forjaron los indígenas, los pueblos y los centros educativos. Para aprender el catecismo no se necesitaba saber leer y escribir. Sólo saberlo de “memoria y no de entendimiento”. Monseñor José Manuel Mosquera en 1858 lo revisó y añadió las oraciones, artículos de la fe, decálogo, obras de misericordia, sacramentos. (2) En general, para los indígenas, los campos, los pueblos en las escuelas primarias se aprendió de memoria, desde la llegada de tal texto desde el siglo XVI, incluso hasta el siglo XXI. Desde entonces, los niños “han sido acuñados en un momento decisivo de su socialización por una concepción del mundo y de la vida en contravía del mundo moderno”. Además, posiblemente, Javier Otálora aprendió en el catecismo de Gaspar Astete: Ante la pregunta ¿Qué es la fe?, responde “Fe es creer lo que no vemos porque Dios lo ha revelado.” Aunque se puede considerar que la fe del simple creyente, quien vive en una comunidad de fe, sin que parezca necesario pasar de vivir la fe al conocimiento de ella.
El aprendizaje ha sido oral y colectivo, a punta de imágenes, estatuas, cuadros, no sólo por cuestiones de doctrina, también por el hecho, innegable, de una población, en buena parte analfabeta, del virreinato y la república. A lo largo del siglo XX, al darse el paso de los pueblos a ciudades, se hizo posible un conglomerado de parroquias, por sí solas son estructuralmente idénticas a las de los pueblos y las veredas del campo. El catecismo y su enseñanza lleva al modo en que el sujeto se determina por condiciones religiosas, la dependencia de tener señor, a quien le debe obediencia.
Quizá Javier Otálora no vio El evangelio según San Mateo, (1964), la película de Pier Paolo Pasolini que sacude al creyente de su conformismo. A diferencia de la religión que llegó a estas latitudes, no se trata de la imagen del Cristo, del sufrimiento y el dolor, que llama a la obediencia y a la sujeción del señor de este mundo y del otro. El Cristo es la perspectiva de la transfiguración de la existencia. Es otro Cristo, lejos de la imagen que se ha forjado. No se trata de aquello que “quien se hace Cristo termina crucificado.” Tampoco la figura de Cristo sorpresivamente aprehendido, coronado de espinas, burlado, azotado, hasta la médula de los huesos, torturado, sangrante, sometido a la infamia, crucificado. Es un Cristo, que no vive una vida miserable, que no llama a la derrota, como se ha forjado en tantos cuadros de pintura, estatuas, sino que, de manera gloriosa, va más allá de “la religión convertida en opio del pueblo,” calmante, narcótico, vida sin sentido, en una condición de siervo, oveja de rebaño. Cristo glorioso, crítico de la vida carente de sentido. Reproches a la religión del “valle de lágrimas”, popular en estas latitudes.
Y “ser colombiano es un acto de fe”, constituye si se quiere la secularización. Vale volver a mirar El pensamiento político colombiano, de Jaime Jaramillo Uribe, para entender la conformación del Estado como estructura política y jurídica, la nación como un concepto sociológico y cultural de pertenencia. La ruptura con el virreinato no deja atrás la herencia española y el afán de las élites por sentirse parte de la mentalidad burguesa. En la memoria yace la Historia de Colombia, aunque hoy no se le enseña, el pensum bosqueja las ciencias sociales. La secularización de la fe religiosa que se cuaja en el escudo, el himno, la bandera, héroes y caudillos, una simple galería de héroes edificantes cuya finalidad es controlar a los individuos, establecer clases, justificar hechos. Las bases del Estado Nacional con sus instituciones, leyes, “símbolos”, celebración de cultos, ritos. “amor a la patria”, sacrificio en el “altar de la patria”, “todo por la patria”, que recuerda irónicamente, la obra de teatro El monte calvo, de Jairo Aníbal Niño.
Javier Otálora frente al no saber qué es ser colombiano, recurre a la creencia. Ante la pregunta de Ulrica, contesta Javier Otálora: “ser colombiano es un acto de fe”, en una sociedad de elites económicas “gente de bien”, de dedito parado; otros de ingresos regulares que se benefician, de los servicios sociales, salud, vivienda, educación. Un buen número que se define por sus carencias, principalmente de trabajo y de ingresos regulares. Y el vasto conglomerado de los parias, identificadas por el sentimiento de odio y resentimiento. Éstos no tienen ideas políticas y nadie los representa… todos les tienen miedo.
James Joyce escribió El retrato del artista adolescente, publicado en 1916, En ese relato, el personaje Stephen Dédalos se forma en el laberinto religioso del catolicismo y en la patria irlandesa (colonia británica). Sin embargo ¿cómo hace para salir de ese laberinto de vida para la religión, vida para la patria? Stephen inspirado en Dédalos de Atenas, hombre ingenioso, quien construye un laberinto en el que queda atrapado de tal modo que la única salida que encuentra son las alas que le permiten volar y, de esta manera logra escapar del monstruo, el Minotauro. En la novela del relato del joven adolescente, Stephan Dedalus, en discusión con los amigos, dice: “No quiero servir a todo lo que he dejado de creer ya se llame mi hogar, mi patria o mi religión y trataré expresarme de alguna forma de vida, tan libremente como pueda y, tan plenamente como lo pueda, usando para mi defensa las únicas armas que me permito usar: silencio, exilio y astucia”. (3)
En la Apología de Sócrates, escribió Platón: “Sócrates delinque al dedicarse con exceso en la investigación de lo subterráneo y lo celeste, convierte en fuerte el argumento débil y enseña a otros estas mismas prácticas.” (4) Y “Las nubes”, comedia de Aristófanes, en la cual Sócrates agachado “mientras mira lo subterráneo, con el culo mira las estrellas.” Al personaje se le juzga por impiedad y porque en las calles de Atenas: “aguijoneaba como una especie de tábano, papel con respecto a la ciudad, según me parece, el dios me ha asignado a mí, que no cesó en absoluto el día entero, de aguijonearos, tratar de convenceros y hacer reproches, sentándome a conversar con vosotros dondequiera que sea.” (5) Por llevar a cabo tal actividad es llamado a juicio, dado que no creía en los dioses y porque analizaba, discutía la política en la ciudad y, no es conveniente la crítica a la política porque eso lleva a la subversión…
Y, usted, ¿cómo ve la religión y la política en la vida ciudadana?
(1) Cicognani, Gaetano. Prólogo, de la Biblia de Nácar y Colunga. Madrid MCMlXVII. Pág. XVIII.
(2) Astete, Gaspar. Catecismo de la doctrina cristiana: corregido y aumentado por el arzobispo Doctor Manuel José Mosquera. 1858.
(3) Joyce, James. A Portrait of the Artist as a Young Man. Penguin Book. Great Britain. 1972, page 253.
(4) Platón. Apologia de Sócrates. 19 c. Editorial Aguilar. Madrid. 1972.
(5) Idem, 31a
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