
Después de la caída del socialismo real, durante los espacios de la modernidad, ya en afligida retirada, el marxismo de formulario ha tratado de subsistir, de manera doliente, en los espacios del debate académico puramente ideológico.
Son pocos los pensadores que han trascendido el análisis y la crítica profunda del discurso político de Marx, sin embargo, al final sólo abordan la política desde una perspectiva basada en la estrategia del “amigo-enemigo”.
Lo que aún subiste de la práctica política de la Revolución Rusa -La Revolución de Octubre – con apellido de “marxista”, como referente de los deseos de cambiar el mundo, no es más que un conjunto de prosaicos dogmas refugiados en el pasado, sin capacidad para abordar las poderosas estructuras del neoliberalismo en tiempo presente.
Contrasta que los viejos y nuevos teóricos de marxismo, en la lógica tanto de la teoría como en la lógica de las revoluciones cumplidas, los saberes son lineales, rectilíneos, tanto para abordar el pasado, asumir el presente, como para avizorar el futuro, negando la misma lógica del sentido que reposa en la concepción dialéctica del mundo, que no admite visiones unidireccionales.
Pareciera que sus intelectuales se han preocupado más por abordar los problemas filosóficos en los estadios “del antes de la historia” y “después de la historia”, que las realidades contemporáneas. Refugiados en ideologías de aparato y teorías discursivas anacrónicas, están en mora de abandonar el pensamiento crítico barroco y producir para la humanidad nuevos discursos para pensar, actuar, vivir y luchar en postmoderno.
Cabe afirmar que en el horizonte de la tradición ilustrada todavía perviven los presupuestos filosóficos y humanistas de la tradición ilustrada del siglo XVII hasta comienzos del siglo XIX, donde el marxismo obtuvo su acervo de conocimientos, que constituyen un sistema político, social y económico que si bien no ha podido probarse, en teoría se mantiene inconmovible, por su ruptura epistemológica con toda forma de alienación económica, política y social.
Cronológicamente el filósofo Karl Marx no perteneció a la Ilustración, pero tuvo influencia del iluminismo alemán, siglos XVIII y principios del XIX, con pensadores idealistas como Feuerbach y Hegel, que marcaron la juventud de su tiempo.
Todos los humanismos de la Ilustración giraron en torno a la unidad indisoluble de un ser humano sensible, espiritual y profundamente humano en la teoría y sus prácticas sociales, espacios subjetivos donde hombres y mujeres soñaron estar cerca de la extinción de la guerra, la igualdad de género, el fin de la explotación del ser humano, la extinción de los poderes mágico religiosos y la vigencia de los valores ciudadanos.
La humanidad vislumbró alcanzar, mediante nuevas formas de poder económico, social y político y una dotación con los más altos niveles de lucidez moral, ética y responsabilidad social.
Esa toma de conciencia, como exaltación del espíritu y esplendor de la grandeza humana, era una respuesta diáfana y transparente frente a la violencia de la guerra y los horrores de la miseria y la pobreza. Nacía, así, una nueva pedagogía de la esperanza. La humanidad entendía que era necesario cambiar las milenarias reglas de juego basadas en la explotación de los seres humanos para alcanzar la justicia.
Hoy, la utopía del bienestar pleno y el sueño del nosotros han sido eliminados de la mente de la comunidad mundial, suplantados por la competencia, la confrontación violenta y una racionalidad que sólo enaltece el capital, no importa que para conseguirlo haya que destruir el mundo y la especie humana.
No resulta equivocado imaginar que quienes desde las alturas de la Ilustración pretendieron reordenar el mundo podrían hoy mirar el eclipse de la modernidad, que continúa opacando y destruyendo todo vestigio de igualdad social con su arrasadora carga tecno-progresista y política, que para legitimarlo habla de justicia plena y democracia real.
Seguimos creyendo que la desaparición forzada de la modernidad, la visionaria forma de mirar solidariamente el mundo, que comenzó a partir del siglo XVIII, llega a su fin arrastrando la barbarie del capitalismo, mientras los engatusadores de la paz y la ecología, los engatusadores del progreso, los engatusadores de la igualdad social, los engatusadores de un planeta con oportunidades, los engatusadores de todas las religiones, los engatusadores de la política y los engatusadores del marxismo tradicional, que obran con un pragmatismo presentista vulgar, como si estuviésemos en una nueva y “Belle Époque”.
Frente a una civilización exhausta, consumida por multimillonarios, que son dueños de continentes y naciones enteras, la mayoría de los mandatarios de Globo actúan como idóneos comisarios políticos del neoliberalismo, de la misma manera que en el Imperio de Roma las provincias colonizadas eran administradas por procónsules, encargados de administrar de los bosques, los puertos y las minas. Hasta pronto.
