Quilichao sin motores es una ciudad con alma


Santander de Quilichao volvió a respirar

Este jueves, por unas horas, Santander de Quilichao dejó de ser una ciudad sitiada por el ruido, la prisa y la agresividad del tráfico. Bastó con cerrar el paso a los motores para que emergiera otra ciudad, más humana, más respirable, más nuestra.

El Día sin carro y sin moto fue una jornada cívica que permitió sentir la verdadera libertad. Paradójicamente, fue una demostración de lo mal que funciona nuestra ciudad el resto del año. Durante unas horas, la ciudad respiró sin humo, sin bocinas, sin el miedo constante a los vehículos que se disputan cada metro de calle.

Las sonrisas de los niños en bicicletas y patinetas, los jóvenes haciendo acrobacias, los abuelos paseando con sus nietos, las familias disfrutando del aire sin contaminación, compartiendo el espacio público sin sobresalto, recordaron que la vida puede transcurrir en armonía cuando el ruido se apaga. Los comerciantes también lo sintieron: las calles peatonales se llenaron de voces, de música y de la alegría que suele esconderse tras el caos vehicular.
Pero bastó que el reloj marcara las seis de la tarde para que la ciudad volviera a su morbosa «normalidad». Como una represa que estalla, la avalancha de motores instantáneamente invadió las calles. Regresaron los pitos, la grosería, la impaciencia y esa violencia invisible que se ejerce desde los volantes. La ciudad volvió a ser prisionera del ruido y de su propio desorden.
Este contraste brutal revela una verdad incómoda: la ciudad que queremos existe, pero está secuestrada por la costumbre, por la falta de voluntad política, por la ausencia de planificación urbana que priorice al peatón, al ciclista, al niño, al abuelo.
¿Por qué la paz, la convivencia y el civismo deben ser excepciones en lugar de reglas?

Tal vez porque hemos normalizado la prisa y olvidado la calma. Quizá porque el ruido, como la violencia, se volvió parte del paisaje. O porque a veces necesitamos que nos prohíban el motor para recordar que el movimiento también puede ser humano.
Por eso, no fue extraño escuchar entre la multitud el mismo deseo: “Ojalá el día sin carro y sin moto se repitiera, al menos, una vez al mes”.
Hoy, Quilichao respiró. Y al hacerlo, nos recordó que la ciudad que queremos no está lejos. Solo está escondida detrás de una costumbre que podemos cambiar.

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