QUEMAOS LOS UNOS A LOS OTROS
Reinel Gutiérrez
La población colombiana es esencialmente cristiana y creyente, y no solo los templos tradicionales católicos con sus catedrales, sino los recintos modernos donde otras iglesias hacen sus cultos, se ven atestados de personas.
Desde el presbiterio se predica, y también desde el estrado elegante, el pastor como transmitiendo una carrera de ciclismo, acelera los ánimos hasta el delirio masivo, agudizando la mente de las personas hasta lograr la sugestión total, para crear el convencimiento de un milagro.
Todo ese gran número de colombianos reza, ora, se arrodilla, aplaude, lanza alaridos, tiembla, gime, llora, y cree estar poseído por una fuerza natural, que como fuego quema el cuerpo y el espíritu, ritual después del cual se hace el riguroso cobro de diezmos.
En esos centros de congregación se viven unas horas de alucinación, de posesión, y atragantamiento mental, que dejan exhaustos a los asistentes, quienes terminan convencidos que ya son santos.
El amor se predica allí, pero también puerta a puerta, pues entre las 9 o 10 de la mañana alguien alerta al perro de la casa al sonar el timbre, y son dos señoras recién bañadas, de pelo largo (como para que se lo corten los ladrones), y se trata de las que traen la dosis de amor. Hay que atenderlas durante una o más horas, porque el discurso es largo, y a pesar de que el Señor está en el corazón de cada cual y no cobra ni un peso, estas damas dicen que el señor está es en el culto y hay que ir allá.
“Amaos los unos a los otros”, y todos creen que lo hacen, pero cuando los representantes de la ley quieren despejar una calle de Bogotá, donde habitan indigentes, y para que salgan más rápido arrojan gasolina y prenden fuego, y allí mueren incinerados dos perros, entonces el mandato bíblico se transforma y queda “quemaos los unos a los otros”. ¡Aleluya…!
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