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lunes 28 marzo, 2011 a las 9:25 am
QUÉ APORTA COLOMBIA A LAS NECESIDADES DEL MUNDO

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Israel tiene sus equipos electrónicos, Japón sus carros, China y los tigres asiáticos sus chips y sus equipos de celulares y radios, sus agujas y zapatillas, EE.UU. sus películas, sus alimentos y algo de tecnología, India sus especias, Venezuela su petróleo, lo mismo que los países árabes y el Norte de África. Ellos tienen miles de años de existencia productiva y de experiencia comercial. Europa es rica en Agricultura y se proveen de su propia tierra el agua, las flores, las legumbres. Ellos son fieles a su cultura, a sus riquezas naturales y a la disciplina en el trabajo.

¿Y… América Latina, y Colombia, qué? ¿Somos un apéndice de nuestros “aliados” del Norte o de quienes nos subyugaron con la fuerza de su conquista y de quienes nos apellidan “tercer mundo”? ¿No creemos en la fuerza y empuje de nuestros vecinos naturales, a lo que llamó Bolívar la “Anfioctonía”?

Espera ansioso el gobierno de Colombia, como una panacea, la aprobación del TLC y fincan los grandes empresarios que EE.UU. salve nuestra economía nacional. Eso demuestra nuestra miopía, nuestras cortas aspiraciones y falta de realismo de lo que somos. Y contradice nuestra solidaridad suramericanista.

Somos un territorio inmensamente rico en fuentes hídricas, en selvas, fauna, flora, y tierras fértiles. Incas, Mayas, Mapuches, Chibchas, Taironas, Quechuas nos legaron una tradición de amor y culto por la Naturaleza que aún está casi virgen. Tenemos reservas en la Amazonía, en Chocó, en las pampas, en los mares. Somos un pueblo agricultor, tenemos una vocación por el trabajo y el cuidado de la tierra y el agua.

Tenemos gente alegre, franca, impulsiva, creadora y capaz de trabajar a sol y agua. Así nos lo enseñaron nuestros antepasados. Lo vemos en la Sierra Nevada de Santa Marta, en San Agustín, en Machu Picchu, en Iguazú, en Brasil, Cruce de Lagos o Patagonia en Chile. Somos pueblos de paz y de campiñas tranquilas donde pastan rebaños de vacunos, riscos duros donde convive el cabro con la roca y la quebrada.

El terremoto y el tsunami de Japón nos deben haber abierto los ojos. Somos un pueblo rico no solo en paisajes y gente buena. Somos una potencia mundial en reservorios de agua, con miles de hectáreas de bosques milenarios, con más de medio territorio hábil para el cultivo de alimentos. Todavía tenemos campesinos que aman la labranza, la siembra de tubérculos, cereales, banano, maíz, frutas de muchas clases. Tenemos artistas que trabajan la palma, el fique, la tagua, los productos de la tierra.

Tenemos universidades, de donde egresan ingenieros civiles, de petróleos, de vías, de minas, agrónomos, electrónicos, de sistemas, arquitectos, periodistas, administradores, cirujanos que ponen en alto las profesiones y al país.

Colombia pareciera que no encuentra su rol en el mundo. No puede convertirse en una vil plaza en donde los países de los continentes pongan en vitrina sus mercancías en tienduchas de empleo informal en las aceras, esquinas y suburbios y se lleven a nuestra riqueza y profesionales a producir en sus laboratorios y fábricas.

Antes, podría parecer un chiste, pero hoy se hace realidad decir que Colombia puede exportar agua potable y cristalina de nuestros manantiales, algunos ríos y lagunas, cereales como arroz, trigo, maíz, tubérculos, como papa, ñame, yuca, y mucha variedad de frutas, pescados y mariscos. Porque nuestra tierra es una mina inexplotada y nuestros campesinos sus héroes desconocidos y maltratados. Más que los ríos, bosques y montañas por la fiebre de petróleo, carbón, oro y aluminio que enriquecen más a extranjeros que a Colombia.

26-03-11 – 12:08 p.m.
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