¿Por qué vender el voto?


La venta del sufragio en Colombia es una calamidad política que se presenta en todas las elecciones, de ahí que considere conveniente aventurarme a especular tres razones por las cuales un habitante vende el voto, desde luego que esto que aquí mencionaré debería ser la base para la construcción de un trabajo mucho más estructurado, de manera que la invitación es a compartir los aportes que algún conocedor del tema pueda tener al respecto.
Así, tres son las posibles causas por las cuales creo que alguien vende el voto en este país, estas son: hambre, escepticismo político y displicencia social.
Parafraseando Sir Clair: es difícil que alguien entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda. En un país de las condiciones socio-económicos como las nuestras este axioma cae como anillo al dedo, y además sirve para ejemplificar ese primer motivo por el cual se comercializa el sufragio: el hambre.
En efecto, en una nación donde una parte significativa de su población no tiene acceso a sus primeras necesidades básicas es poco lo que se puede esperar.
Es muy difícil que una persona que literalmente languidece por hambre no aproveche las elecciones para comprar el alimento que el Estado por el que debería velar como ciudadano no le brinda.
La condición menesterosa de una persona es un blanco fácil de manipular, pues con hambre nadie piensa. La desfavorable circunstancia de un habitante, en este sentido, es incentivo para que los politiqueros se erijan como falsos redentores y pesquen de esta manera un buen caudal de votos.
La situación es tan vergonzante, que da pena demandar un pensamiento consecuente con la democracia a un individuo cuya necesidad básica aún no se suple. La precariedad estatal, en este sentido, crea las condiciones para que el derecho a elegir un personaje público se comercialice.
No obstante, esa primera razón va muy de la mano con el escepticismo político de muchos compatriotas. Porque si en Colombia sus habitantes pensaran como verdadero fervor por la patria (no por la selección Colombia) es muy poco probable que alguien si quiera contemplar la idea de cambiar un tamal a cambio de una ayuda electoral.
Mucha gente, y con sobrada razón, no cree en los políticos, sin embargo, esa incredulidad no se refleja en un castigo democrático, por ejemplo, con el voto en blanco o la elección de candidatos alternativos. No. El fatuo escepticismo responde con la misma calaña que la de los políticos que dicen repudiar, esto es, con coimas a cambio de… como todos van a robar, dicen, pues yo también saco mi parte, como si acaso fuera verdadero ese adagio que reza: “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”.
Ese escepticismo hay que saberlo utilizar, hay que dejarse de reduccionismo mental y pensar que por estrecha que sea, esta democracia cuenta con mecanismo de participación ciudadana.
Estos son los escépticos que prefieren refugiarse en lugares comunes para esconder su pereza intelectual, y luego argüir que no votaron o votaron en blanco porque no había con quién.
Así, a mí modo de ver ese fatuo escepticismo reviste algo peor: displicencia social. Porque muy en el fondo lo que estas personas dejaron de hacer fue pensar como país.
Si se pensara como nación es improbable que este tipo de actitudes emerjan. Por el contrario, habría mayor interés por mejorar la lábil democracia con la que contamos y por consiguiente una ciudadanía mucho más activa frente a los temas de afectación pública.
No obstante, la displicencia social tiene muchas más raíces de mayor peso, entre ellas el sistema económico al cual nos hemos sometido, este es, el sálvese quien pueda, el modelo que permite que unos puedan avanzar a expensas de otros, un modelo que ha conducido a que el interés particular prime sobre el colectivo, y que ha tildado de subversión cualquier pensamiento que ponga en duda “lo correcto”.
Como dije más atrás, este tema debería ampliarse en un trabajo donde los argumentos no deban reducirse por cuestiones de espacio, pero que esta columna sea entonces un elemento para discutir, pues así como faltan algunas razones por las cuales se vende el voto (véase trabajos de la MOE), también hay unos matices que permiten contrastar las aseveraciones que aquí lanzo.
Una de ellas es de Rousseau, quien alguna vez dijo que es imposible que todos los ciudadanos de un país estén pensando en democracia, y otro que se me viene a la mente es que, en definitiva, es muy complejo pensar en ciudadanos preocupados por mejorar su Estado cuando este Estado no se preocupa por mejorar sus ciudadanos.





