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Domingo, 18 de octubre de 2026

¿Por qué los colombianos no quieren la paz de Santos?

Aun dejando de lado lo ocurrido en la frontera con Venezuela la favorabilidad del presidente Santos viene en debacle; en...

Jaír Villano
Por Jaír Villano / @VillanoJair

Aun dejando de lado lo ocurrido en la frontera con Venezuela la favorabilidad del presidente Santos viene en debacle; en consecuencia, la confianza frente a las conversaciones que se adelantan La Habana siguen caracterizadas por las reticencias de los colombianos. ¡Increíble!: hasta el momento todas las encuestas son claras al señalar que son más los colombianos que se oponen al proceso de paz que los que se muestran a favor. Y pensar que puntos nodales y espinosos, como la justicia transicional y el cese al juego bilateral, están ad portas de cocinarse.

Esa realidad, de antemano preocupante, debería llevar al gobierno a tomar medidas en función de revelar las inmensas bondades que podría traerle al país la cesación pacífica del conflicto armado. Y a pensar las posibles razones por las cuales la sociedad colombiana no cree en el actual proceso.

Así pues, se me ocurren varias cosas. La primera tiene que ver con la naturaleza del conflicto. Como se sabrá este ha sido más rural que urbano, de modo que eso puede incidir a que la mayoría de los ciudadanos, esto es, de la urbe, se resistan a una paz negociada, entre otras cosas, porque no son carne de cañón, o más exactamente, no han sido víctimas de las atrocidades de la guerra interna.

Es posible que algunos insolidarios piensen que como la lid se despliega en zonas remotas del país, lo mejor es seguir con el modelo guerrerista; muy a pesar de que se llevan más de 50 años y las víctimas (los deportados internos) podrían ocupar ciudades enteras.

En fin. Esa actitud lleva necesariamente a la segunda causal: el desinterés por el acontecer político. Como lo dije en otro artículo (http://www.pulzo.com/opinion/386426-por-que-vender-el-voto) los compatriotas tienen razones de peso para dedicar a su interés a otros menesteres, pero también es indudable que una característica de los colombianos es que somos muy buenos reclamando nuestros derechos, pero no ejerciendo nuestros deberes como ciudadanos. Muchas veces las circunstancias socioeconómicas impiden que las gentes piensen como nación, pero en otras, se trata de simple y llana pereza intelectual. Nos parece repudiable la corrupción, pero no hacemos nada para impedir que esta siga carcomiendo las utilidades públicas, nos parece que la clase política es inoperante, pero no hacemos valer los derechos de participación ciudadana con los que contamos.

Y así, como el acontecer político no es importante, la displicencia y la indignación sin conocimiento de causa conduce a que la visceralidad de algunos dirigentes se permee. Y ahí está el resultado: no a la paz, porque si uno se pone a pensar en todos los costos sociales que ello implica, termina concluyendo lo obvio: que es más difícil edificar la interrupción democrática del conflicto, que continuar con la guerra.

Ahora bien, hay elementos de sobra que permiten aseverar que ese desinterés ciudadano se explica en la calidad de los medios de comunicación. Entramos entonces a la tercera causal: la incomprensión informativa.

Hace poco unos panelistas de Las Claves se preguntaban por esto mismo, lo raro es que no se les pasó por la mente que es dable que la férula periodística a la que nos hemos tenido que someter los colombianos puede ser una razón que explique por qué los pobladores se resistan a creer en el proceso de paz.

Como ya es harto sabido, aquí los medios de comunicación (al menos a nivel tradicional) han propagado un periodismo vacuo, y en ese sentido, el conflicto no se ha abordado de la forma en que debería, por el contrario, se enmarca entre la disyuntiva entre buenos y malos. Pues bien, ese maniqueísmo es el que obsta que muchos compatriotas no entiendan que la guerra es mucha más compleja de lo que parece, que hay zonas del país donde la ausencia estatal acarrea la ilegalidad y, de esta forma, hace posible que la insurgencia supla su papel, es muy difícil que en ese orden establecido un habitante corriente comprenda que la dilación de este enfrentamiento también se debe a la involucración de agentes del Estado.

Ni siquiera el proceso de paz ha sido presentado de manera responsable. Hasta el momento no ha habido una retrospectiva que permita comprender cuál es la razón de ser las Farc, cómo nacieron, por qué, cuáles han sido sus vicisitudes. Todo está abalanzado a favor de una parte que si bien no recluta menores de edad, ni secuestra personas, tiene mucho que ver, vale la pena reiterar, con la longevidad de este conflicto, tan es así, que no es descabellado afirmar que las circunstancias que suscitaron el levantamiento en armas se mantiene casi intactas, a la muestra el más reciente censo agropecuario, que refleja la pobreza y desigualdad estructural que padecen las personas que habitan en el campo.

Si la calidad de la democracia depende de la calidad de los medios, en un parafraseo a Jorge Orlando Melo, ¿qué otras cosa podemos esperar de los imaginarios que se hacen los conciudadanos de un país que lleva 50 años escuchando que la culpa del atraso es de un insurgencia que desde el monte hace el mal?

Razones políticas

La paz de Santos

Entramos entonces al terreno político, el cual a mi modo de ver tiene también incidencia en el actual pesimismo de los colombianos.

Así, el primer factor político que suscita dicho pesimismo es la forma en que los contradictores del proceso ejercen su legítimo derecho a la oposición.

El Centro Democrático es sin lugar a dudas la colectividad que más objeciones ha realizado al actual proceso. El quid entonces está en examinar la manera en que presenta dichos inconformismos, pues se trata de una serie de estratagemas que esconden intereses políticos y, como lo han dicho diversos analistas, su razón de ser, que viene siendo la guerra.

Lo anterior es lo que un columnista del diario El Espectador denomina ‘Necropolítica’, que no es más que hacer política con los muertos. Los ejemplos abundan, pero baste con el más reciente impase del Black Hawk, el senador Uribe, la cabeza más visible del partido, no esperó ni siquiera a que un imparte oficial estableciera la causa de la caída del helicóptero, sino que desde su cuenta de Twitter comenzó a sembrar la duda entre una población que apenas asimilaba la tregua unilateral decretada por las Farc.

Una de sus estrategias opositoras consiste precisamente en eso: en adelantarse a los hechos, en sembrar la cizaña para de esta forma deslegitimar la verdad que entrega el gobierno, con lo cual aumentan su idea según la cual este gobierno le está entregando el país al castro-chavismo.

Esta última aseveración, replicada cientos de veces, también hace parte de sus ardides; teniendo tantas coincidencias con el gobierno es increíble que esto pase, pero esa aserción se vuelve tendencia y termina siendo el argumento de los millones de seguidores que tiene esta colectividad: el temor a que el país quede a merced del castro-chavismo, aun sin saber en qué consiste el neoliberalismo de Uribe y de Santos.

A mi modo de ver, esta oposición malsana alimenta la desconfianza y el pesimismo de los colombianos.

Pero desde luego no toda la culpa recae en la forma en que el uribismo ejerce sus objeciones, también está lo que en mi opinión es un factor fundamental en este clima de desconfianza; se trata del presidente Juan Manuel Santos.

En efecto, las políticas públicas del actual mandatario están en franca contradicción con lo que pretende negociar en La Habana, baste con mirar los perjuicios socioambientales ocasionados por actividades legales como la megaminería, el cultivo de la palma africana, la ganadería extensiva, entre otras, para entender que los buenos propósitos con los que la delegación del gobierno negocia en La Habana se desdibujan en Colombia.

Es decir, considero que en La Habana, Santos y su equipo construyen un mejor país, pero en Colombia sus políticas destruyen el mismo. Esa paradoja que cualquier colombiano puede aprehender puede ser una causal del actual pesimismo que rodea el proceso, es más: hasta a los amigos de las conversaciones por momentos nos cuesta creer que un estadista de la talla de Santos logre ejecutar eso que en La Habana se gesta.

El país padece graves problemas que el presidente que lidera la paz no osa en resolver, luego es normal que las dudas minen la confianza que pudo haber tenido la política pacífica del gobierno.

Y por último están Las Farc. Esta organización ilegal parece estar comprometida con la paz, pero en muchas ocasiones sus acciones militares están atropellando la sociedad civil, y así es muy duro que la gente logre creer que de verdad quieren regresar a la vida civil.

Ahora, es verdad que dadas las condiciones del actual periodismo, muchas veces sus comunicados y sus mismos accionares son tergiversados o inclinados a la balanza de los héroes de la patria, pero eso se viene haciendo hace más de 40 años, de manera que los farianos deberían considerar que todo lo que de su mesa tenga asomo de polémica se va desnaturalizar en Colombia porque lamentablemente en el país ni siquiera hemos aprendido a discriminar entre la bondad de una propuesta y la bondad de quien la propone.

Las Farc deben entender que en la urbe su desfavorabilidad está por encima que la del presidente Santos, es decir, es bastante preocupante. Ciertamente, en esta organización nadie confía, de modo que se deben dejar de arrogancias y radicalismos y pensar que para lograr que este proceso llegue a buen término es necesario despojarse de dignidades, que lo único que podría lograr es que de La Habana salga lo que en el país viene ocurriendo hace muchísimos años, esto es, que se geste un marco jurídico, pero no un marco social.

Por muy bueno que sean los acuerdos, sin el aval de la sociedad colombiana la paz no puede implementarse. Hay que aumentar los esfuerzos en la pedagogía para lo que se podría venir. Es evidente que sin la sociedad colombiana el posconflicto es inviable.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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