POPAYÁN Y LAS NANAS DE LA CEBOLLA


Tío Efrén besa a su mujer en la frente, y a mí me da un ataque de risa. Él es tan cornudo y ella tan pequeñita, que la escena me da risa, qué puedo hacer. En el parque Caldas comemos, picamos, probamos y bebemos de todo lo que nos ofrecen como niños hambrientos sin prevenciones de ninguna clase. Estamos en el Congreso Gastronómico de Popayán y hay comida de todas partes, pero nos animamos a probar sabores de México, España, Timbiquí, Guapi. Un sorbito de aguardiente caucano aquí, un vasito de café Las Palmas allá, maní, galleticas de quinua, carantanta, manjar payanés, liberales, aplanchados de doña Chepa. Alicia anda encarretada con un libro de poemas de Miguel Hernández. Mientras el mesero nos sirve Alicia habla de un poema que se llama “Nanas de la cebolla”, sus amigos, somos tan cultos que nos encogemos de hombros y seguimos comiendo “pecao” de mar. Alirio pregunta que porqué algunos negros no pueden pronunciar la letra “ese” ni la letra “de”. Pero nadie le responde. Yo quisiera preguntarle por qué será que él tiene tanto barro y espinilla en la cara, pero me abstengo. En la tarima, un grupo de música del Pacífico “le pega a la marimba” y un grupo de jóvenes bailan y los ovacionan como si fueran el Grupo Niche o Herencia de Timbiquí. El locutor habla mucho. El mesero se esmera pero la clientela es grande. Alguien, tal vez Verónica dice que al paisaje le faltan los mendigos: “Popayán sin mendigos, es como una flor sin espinas”. Nadie ríe ante la ironía, y Alirio confirma en su fuero íntimo que la tal Verónica es una tarada, pero no dice nada, solo la mira y le sonríe como se mira a un perrito cuando hace una gracia tonta. Alicia vuelve sobre el poema, pide silencio, lo lee en voz alta mientras los demás comemos despacito: “NANAS DE LA CEBOLLA: La cebolla es escarcha cerrada y pobre: escarcha de tus días y de mis noches. Hambre y cebolla: hielo negro y escarcha grande y redonda. En la cuna del hambre mi niño estaba. Con sangre de cebolla se amamantaba. Pero tu sangre, escarchada de azúcar, cebolla y hambre. Una mujer morena, resuelta en luna, se derrama hilo a hilo sobre la cuna. Ríete, niño, que te tragas la luna cuando es preciso. Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en los ojos la luz del mundo”.
Aplaudimos. Tío Efrén dice que luego invita un traguito. Alicia quiere saber qué pensamos del poema. La pequeña mujer de mi tío, con su cara de geisha coreana dice que le gustó mi artículo de la semana pasada pidiéndole a los miembros de la Corporación Gastronómica de Popayán que hicieran un reconocimiento a las cocineras de la casas de familia. Tío Efrén dice que se hacen eventos, congresos, simposios, foros de todas las profesiones del mundo, menos de empleadas de la cocina. La idea, dice Verónica, con voz casi inaudible, como de serpiente, es buenísima: sería algo único en el mundo. Yo sonrío como un cebú y les digo que es una idea nada más. Alicia vuelve a leer el poema en voz alta, pero esta vez para sí misma. Miguel Hernández, dice, fue un poeta excepcional. Entonces, mientras damos cuenta del postre, intento ilustrar a mis invitados sobre el poeta Hernández. Mi tío dice que comer tanto es una locura, que vamos a reventar.
-En 1939, explico, cuando ya había terminado la guerra española, el poeta Hernández siguió denunciando la injusticia a través de sus poemas y por eso fue encarcelado. Estando en prisión, recibe una carta de su esposa Josefina diciéndole que moría de hambre y solo tiene pan y cebolla para comer, y allí es cuando Hernández en respuesta escribe su famoso poema “Nanas de la cebolla”. Vos que sos poeta, me dice la pequeña esposa de mi tío, deberías escribir un poema titulado “Mendigos de Popayán” que diga algo así como: “Mientras unos ríen, comen, gozan y rezan entre paredes blancas y demás, a una larga procesión de mendigos, que desfilan con su hambre, se les dice: para comer esperarás”. No me parece chiste y arrugo la cara poniendo la trompa como un esfínter. Alirio se ríe a carcajadas de la ocurrencia y de mi cara. Verónica suspira, menea la cara de un lado a otro como diciendo qué ocurrencias las de ésta mujer. El tío Efrén se rasca la cabeza o se soba los cachos en un gesto que bien pudo reemplazar por un “uyyy” y levantándose nos dice que mejor vamos por un traguito, que va a llover. Y como si sus palabras fueran un hechizo, enseguida se desploma el cielo a goterones.



