PIEDRA, PALMAS, GUADUA Y RÍO



Las cosas recreadas se parecen a sus dueños o artífices. La finca-casa en que moré por día y medio se parece a su diseñadora visionaria, es una literata. Tiene pinta de soñadora y poeta. Es arquitecta y reina con dos hijos: Ella y él.
Fueron mis anfitriones en la obligada ida a Popayán por el infausto deceso de la inacabable poeta Gloria María Cepeda Vargas. La nombro con sus dos apellidos porque ella estaría agradecida que su memoria, aquí, estuviera ligada con sus padres. Fue la ocasión para conocer este hermoso rincón campestre de la ciudad.
Llegué con ella y su hija hacia las 10 de la noche. No hacía frío. Había una puerta que parecía de una casa con antejardín. Unas palmas corpulentas, altas y solemnes se alzan a la entrada. Por una escalera corta subimos a la sala amplia, luminosa. Libros aquí y allá y unas mesas también aquí y allá. Había como varios ambientes. No había tiempo de detallar cómo estaban llenos o distribuidos los espacios. Se observaba a simple vista que la construcción no era remedo de otra casa o quinta.
El sueño acosaba y el cansancio por el ajetreo del día desde Cali y la realidad del duelo. En una habitación muy cómoda me prepararon el descanso pues el ajuar estaba listo. El recibimiento estuvo cálido y no hubo necesidad de más cobijas ni accesorios.
El reloj no sonó. Solo el rumor del Río Cauca, allá, abajo junto a la piscina. Era tan sereno el paso de sus aguas que llegué a pensar en la madrugada que era una fuente de agua, de adorno, que estaría en la sala contigua a mi habitación. Sus sonidos arrullaron mi sueño.
Me levanté y la familia también. Llegó el desayuno con jugo, huevo tibio, pan, chocolate y mermelada. Antes ya había desayunado libros en la suntuosa biblioteca de la familia. Allí me encontré con algunos autores que logré hojear. Mao Ttsé-Tung y Las 5 tesis filosóficas, El Quijote, Alejo Carpentier, Confucio, Mark Twain con Tom Sawyer, Alfredo Molano con Trochas y Fusiles, García Márquez todo, Gustave Flaubert con Madam Bovary, Enrique Sábato con La Resistencia, Salman Rushdie, con El Último Suspiro del Moro, Nieder y Thompson con Perdone y Ame Otra Vez, Paula Izquierdo con Cartas de Amor Salvajes, Rodolfo Llinás con El Cerebro y el Mito del Yo, Armando Silva con Bogotá Imaginada y Marcelo Villegas con Bambusa Guadua. Nada más pude apuntar esas cuantas bobaditas… No es sino la centésima parte. Qué tesoro de recreo para los lectores que hay en casa.

Un pequeño descanso y, entonces, la gentil anfitriona me invitó a conocer la residencia por fuera. ¡Queé palmas a plena luz, qué frente! Bajamos por lo que era una barraca indígena, un barranco como para vivir mil pájaros de cola partida, sin cautividad. Bajamos y me fue mostrando una mole hermosa de piedra con una herida de dinamita, pues su antiguo dueño la quiso desmenuzar para poder vender mejor esa propiedad. Encima de ella cae perpendicular la quilla de la casa.
Más abajo está un espeso bosque o seto de bambúes. Forman una cortina que defiende las miradas la intimidad de los moradores de la casa. Más abajo está la piscina y, bien al límite, pasa el Río Cauca, suelto, sin amarras. No parece un caballo brioso ni un orangután. Quedé prendado de este conjunto ¿y… ustedes no?



