Pequeño paso hacia un mito emergente


Pequeño paso hacia un mito emergente
Lamento mucho el paroxismo en torno a los símbolos del periodo republicano colombiano. Me genera por lo menos inquietud o, dicho de otra manera, me empieza a incomodar que sigamos circunscribiendo nuestros símbolos de agrupación social a las estatuas de Bolívar, Santander, Nariño y otros, en los centros de las plazas colombianas, o erguidos en pedestales de honor en cúspides de colinas en las ciudades de nuestro país.
Recuerdo a Mircea Eliade cuando dice en El Mito del Eterno Retorno: “todo territorio que se ocupa con el fin de habitarlo o de utilizarlo como “espacio vital” es previamente transformado de “caos” en “cosmos”, es decir, por efecto del ritual se le confiere una forma que lo convierte en lo real.”
Esta inquietud me ha llevado a plantear si es menester pensar colectivamente en nuevos símbolos que nos permitan reconfigurar los mitos nacionales que nos unen. Ya siento que la idea de que nuestro gran mito nacional sea la independencia no permite insuflar en nosotros un espíritu nacional de cara al siglo XXI, tampoco da cuenta de nuestros retos en el presente y menos de una visión hacia nuestro futuro.
Por eso más allá de plantear un cambio, una disolución o una negación al gran mito nacional de la independencia, quiero proponer el acogimiento ritual y simbólico de una narración alternativa, por demás consciente, y veo que en nuestro pueblo Santander de Quilichao, tenemos una inmejorable oportunidad para hacerlo.
Parto por proponer que un nuevo símbolo de representación de la unidad social debe ser precisamente uno que nos recuerde nuestra íntima relación con el territorio, o por decirlo claramente, la realidad de que somos hijos de la tierra, uno con la naturaleza. Dicho esto, vuelvo a la propuesta práctica. Existe en mi amado pueblo un parque, hoy llamado Bolívar, donde se encuentra una estatua de este, pero donde confluyen mágicamente dos elementos, dos tesoros naturales invaluables: un espléndido Samán de más de 100 años y el Río Quilichao. Propongo que este se convierta en nuestro parque principal y no solo eso, sino que se retire a Bolívar de allí, que este parque tome un nombre asociado al territorio común, a la casa grande, allí recordaremos simbólicamente que es en el Gran Samán y el Río Quilichao, donde se encuentra el Corazón de este pueblo. Nuestro centro, o por lo menos el mío, el que yo elijo, es la gran natura, la tierra.
Mi sueño es pues, que no nos unamos alrededor de una historia política, sino de la tierra, la casa grande, la madre tierra.
Un primer elemento diferenciador de este mito emergente es que rompemos con la atadura al pasado y nos permitimos estar unidos como pueblo por un proyecto común en el presente y de cara al futuro.
En segundo lugar, posibilitamos la salida a la dialéctica histórica: nosotros los buenos, las victimas; ellos los malos, los victimarios; y nos encontramos en el mismo lugar todos, donde realmente estamos, siendo uno con la tierra, es decir, posiblemente encontramos una narrativa de unicidad con el cosmos.
Como colofón quiero distinguir esta propuesta de aquellas que apelan por tumbar estatuas, como lo sucedido con Belalcázar en Cali. Estos movimientos están a mi juicio tan atados al gran mito nacional y a sus personajes, como aquellos que llevan ofrendas florales a las estatuas de Bolívar y Santander, es una atadura al pasado desde dos ópticas diferentes, pero con igual peso en lo simbólico. Al contrario, propongo una trascendencia simbólico social, evitando la falacia pre/trans, y efectivamente dejando el pasado allá, saliéndonos de lo que llamaría las cadenas de sometimiento, desde la psique social, en la narrativa dialéctica víctima-victimario que, por demás, nos hace un daño profundo como pueblos y como individuos.




