Pequeña y cálida semblanza de RUBY ADIELA FERNANDEZ VILLAFAÑE

COMO SI HOY FUERA AYER
La primera vez que fuimos a la Escuela Rafael Tello, cuando éramos niños para empezar el primero de primaria, entramos por un zaguán estrecho que nos condujo directamente a un patio amplio de arena. Allí nos formaron desde el más pequeño hasta el más alto y por grados de primero a quinto. Al frente, en el centro del corredor frontal, se hallaba un ser de mediana estatura, bien vestido, con saco y corbata, su cabello liso, bien peinado, marcaba nítidamente una M sobre su frente. Era don Gilberto Flórez, el director de la escuela.
Los niños expectantes e inquietos, sobre todo nosotros, los primerizos, luego de una arenga con voz de mando fuerte que connotaba al orden y la disciplina, el director nos ordenó que nos desplazáramos al final del pasillo lateral izquierdo, donde estaba ubicada el aula de primer grado.
Ansiosos de ocupar los pupitres, corrimos hacia allí y nos frenó la estampa y figura de una joven mujer, de pie, vestida con pulcritud, de piel blanca y rolliza, de rostro rubicundo adornado de algunas pecas, de cabello blondo y con ojos claros de mar y mirada transparente. Don Gilberto nos había informado que era la profesora RUBY FERNANDEZ VILLAFAÑE. Joven aún, pero con su buena dosis de seriedad, nos esperaba al pie de la puerta del salón, con el corazón en una mano y con la regla de corregir y orientar en la otra.
Nos ubicó de mayor a menor; a los niños más pequeños en pupitres bipersonales y a los más grandes en unos pupitres largos, en los que cabían hasta ocho estudiantes. Y nosotros, ansiosos por aprender a leer y escribir, debimos aceptar que era necesario aprenderse primero el Padrenuestro y el Avemaría. Ruby: también nos enseñaste que antes que nada era indispensable interiorizar las sanas normas y valores del respeto a nuestros padres, hermanos y mayores y entre nosotros mismos. Solamente después de interiorizar estas normas, empezamos a aprender y comprender que madre y padre se escriben con M y P mayúsculas. Que las aves vuelan temprano a buscar su alimento y que en la tarde retornan con el alimento para sus crías y calentar los nidos. Al principio con tus manos guiabas las nuestras en el proceso de adiestramiento. Hacíamos páginas completas de rueditas, cajones, rayas y puntos continuos y discontinuos, etcétera, etcétera.
Profesora Ruby: No nos enseñaste que también te llamabas Adiela. ¿O era porque te gustaba que te llamáramos más por el color rojo, profundo y transparente del RUBÍ?.
Hoy hemos amanecido con la noticia de que no te quieres levantar más. Que tranquila y suavemente sigues dormitando. Que ayer te levantaste temprano, hiciste tus quehaceres de rutina y que te engalanaste para recibir a la señora de la guadaña.
…Han transcurrido sesenta años desde la lejana mañana de un mes de octubre de 1955, cuando te conocimos por primera vez y, nuestra memoria no se resigna a olvidar la tibia mañana en que estabas de pie, a la puerta de entrada del salón de clases, con tu cabellera blonda y castaño, tu piel rubicunda, adornada de algunas pecas, con tus ojos claros de mirada profunda… y hoy, como si fuera ayer, te recordamos, con un pedazo de corazón en una mano, y la regla de corregir y orientar en la otra mano.
Arnulfo Ñáñez Solarte, Santander de Quilichao, 20 de Agosto de 2015




