“PENSAMIENTOS” EN LA ODONTOLOGÍA


Foto: AI
“PENSAMIENTOS” EN LA ODONTOLOGÍA
(Entrada de un diario, junio 1 de 2004)

Esta mañana estuve en la odontología. Pedí una rebaja de $50.000 por la corona, pero solamente me rebajaron $30.000. No obstante, pensé que, mirándolo bien, no eran poca cosa treinta mil pesos, pues en esta grata y barata ciudad para toda clase de vicios y corruptelas, uno puede conseguir, desde media de un potable whisky por treinta, hasta media hora con una aceptable pobre prostituta pobre de veinticinco.
Odontóloga y auxiliar comenzaron su trabajo, ese trabajo que en realidad para el cliente-paciente es una tortura; tortura por la que además necesariamente debemos pagar.
Mientras lo hacían “pensé” en muchas cosas. Y digo pensé, entre comillas, porque realmente, de manera estricta, uno casi nunca piensa. Sólo vislumbra “ideas”, retazos de ideas –también entre comillas– que desfilan desordenadamente por la mente, como si alguien ajeno a nosotros hiciera una especie de zapping en nuestro cerebro (recordemos que la neurociencia demuestra que el libre albedrío no existe, que es una ficción, una vieja artimaña con la que Dios se lavó las manos y los jueces, eclesiásticos y civiles, castigan y se vengan de los criminales.
Entonces; como decía, no son precisamente ideas o pensamientos lo que desfila por nuestras mentes cuando estamos solos e inactivos, tanto física como mentalmente; como tampoco constituyen ningún tipo de narrativa audiovisual los montones de imágenes que vemos en la pantalla durante el tiempo que tardamos con el control haciendo el recorrido por los cientos de canales disponibles.
Así que, de ahora en adelante, tanto para esta entrada como para todas las siguientes, las palabras pensar, pensamientos e ideas estarán siempre entre comillas, aunque explícitamente no aparezcan.
Hecha esta aclaración, quiero decir que mientras la odontóloga trabajaba en el espacio vacío de mi muela, para materializar el fantasma de la misma (cuando no estaba en duermevela, en los mismos umbrales de un profundo y relajado sueño), gran cantidad de imágenes, ideas, pensamientos, palabras; o simplemente cosas, desfilaron por mi mente. He aquí algunas de ellas, que recuerdo:
1. ¿Iría Jesucristo al odontólogo? ¿Existirían en esa época los odontólogos como tales? ¿En qué consistiría la odontología o dentistería de entonces? ¿Existirá una historia de la odontología con algo al respecto? ¿Se cepillaría los dientes Jesucristo? ¿Si lo hacía, cuál era el cepillo, en qué consistiría, quién los fabricaba? Yo, personalmente, creo que en este sentido su higiene debió ser muy precaria, pues tampoco se preocupaba por lavarse las manos antes de comer, contraviniendo así otra de las antiguas prescripciones de la ley mosaica. Recordemos cómo respondió en el incidente relativo a este hecho: “No es lo que entra a la boca del hombre lo que contamina y hace daño, sino lo que sale de ella. Lo que entra por la boca a la letrina va a dar”. Bien, la cita no es textual, pero esa es la idea (¡cómo les suena de bien a los esnobs ese cliché de ‘esa es la idea’, o ‘en ese orden de ideas’!). En fin, creo que Jesús y su pandilla, además de la vida parasitaria que llevaban, también debían portar muchos parásitos en su organismo… ¿Con qué menjurjes se purgarían? ¿Qué tomarían cuando sentían indigestión, dolor de estómago? ¿Tendrían antiácidos naturales similares al omeprazol? Y una última inquietud respecto a Jesús: si no hubiera muerto en la cruz, sino en la horca; por ejemplo, ¿el símbolo del cristianismo sería una soga, a la cual adorarían todos sus fieles? O si de pronto regresara Jesucristo –tal como a diario lo anuncian y pregonan miles de fanáticos por todo el mundo–; y entonces ya no fuera ejecutado en una cruz, sino por medio de un balazo, ¿cuál sería el símbolo del cristianismo? ¿una bala, o el arma que la disparara?
2. También pensaba: ¿qué pensaría Nietzsche (¡este sí que pensaba!) cuando se encontraba en estas mismas circunstancias? ¿Pensaría tontunas y sandeces como estas que digo estar pensando yo? ¿De pronto, pediría permiso al odontólogo para garrapatear rápidamente una grande y brillante idea que no podía correr el riesgo de que se le escapara por un simple e intrascendente dolor de muelas?
3. ¿Se habrá masturbado la odontóloga esta mañana con esas suaves yemas de sus rosados dedos antes de levantarse o mientras estaba en la ducha? ¿Habrá hecho el amor con su esposo antes de salir; lo que llamamos polvo mañanero? ¿O en su lugar, le habrá regalado una deliciosa felatio con su tibia y linda boca roja? No creo que por la cabeza del viejo Nietzsche pasaran semejantes groserías; y cuando digo groserías lo digo en la acepción etimológica de la palabra, no en su sentido moral: Nietzsche era amoral; pero no inmoral, morboso o pornográfico. Y tampoco creo que pensara en cosas como las siguientes:
4. Con tanto edificio que hay de cuatro y más pisos; particularmente en los estratos medio y medio-bajos de nuestra ciudad (precisamente como este, en el cual está ubicado el consultorio donde me encuentro ahora), ¿no sería un buen negocio poner una fábrica –o al menos volverse un agente de ventas– de ascensores prefabricados? Un incipiente estudio de mercadeo, como el que he podido realizar en tantos años de caminante citadino, de flaneur medellinense, me revela que serían decenas de cientos de posibles clientes; y vender ascensores no es como vender gelatinas o confites en los buses y los semáforos, las ganancias serían considerables, hasta podría ascender también yo a estrato 4 o 5. A propósito, ¿existirían los ascensores en los tiempos del amado Nietzsche? ¿Sufriría en ellos de claustrofobia, enoclofobia, demofobia u oclofobia, sabiendo que; como decía su amada Lou Andrea Salome, era un hombre ostensiblemente marcado con el sello de una irredimible soledad?
5. Y esta idea sí que no se le habría podido ocurrir a Nietzsche –y menos aún a Sócrates, Platón o Aristóteles–, pues, aunque por aquel entonces ya existían los Edison y demás mercachifles de la ciencia y la tecnología, y ya habían salido a escena los hermanos Lumière, aún faltaba mucho para hacer posible su pleno desarrollo: fijar en el techo de los consultorios odontológicos una pantalla de televisión, un monitor o un proyector de imágenes, para que los pacientes puedan mirar y escuchar algún video, y así se distraigan un poco de las molestias que padece y de la aburrición. O en su defecto, que al paciente se le proporcione un walkman, o al menos unos audífonos y un radiecito para que no tuviera que soportar la inagotable verborragia que parlotean en nuestras orejas los odontólogos y sus auxiliares ¿Sería una buena idea comunicarle esta idea a mi odontóloga? ¿sería de mal gusto llevarme para la cita de pasado mañana el pequeño radio que me compré en diciembre para cuando llevo de paseo a mi querido Dante escuchar noticias? ¿O un pequeño libro para leer de reojo? No sé, de cualquier manera, ya por hoy mi bella odontóloga ha dado por terminada su tortura; el proceso de materialización del fantasma de mi muela.
Veremos qué hago y que pienso para la próxima.
5 POSTRINOS
1. UN BUEN LECTOR ES EL QUE SABE QUÉ NO LEER
Que un buen lector es el que sabe qué no leer, lo afirmaba Schopenhauer, y también que:
«Donde quiera que uno vaya, de inmediato se encuentra con la incorregible multitud de la humanidad. Esta multitud monopoliza el tiempo, el dinero y la atención que realmente pertenecen a los buenos libros y sus buenos objetivos.
Recuerden más bien que el hombre que escribe para los tontos siempre encuentra un gran público.
Sólo lean por un tiempo limitado y definido, exclusivamente las obras de grandes mentes, aquellos que superan a los demás hombres de todas las épocas y países y a quienes la voz de la fama señala como tales. Estos son los únicos que realmente educan e instruyen. Nunca se puede leer demasiado poco de los malos libros o demasiado de los buenos: los malos libros son veneno intelectual; destruyen la mente.
Nueve décimas partes de toda la literatura tiene como único objetivo sacar unas cuantas monedas del bolsillo del público.»
Pero, ojo, señores Ratones de Biblioteca, todo en su justa medida; pues, nos advierte Schopenhauer:
«…la lectura se convierte en un medio de evasión, no sólo de la realidad, sino también del pensamiento mismo.»
***
2. Ya «entrado en años», el hombre soltero tiende a convertirse en licántropo: en sus correrías amorosas sólo se cruza con lobas.
***
3. Mi amiga Ana Cristina Vélez cuenta en Catrecillo, su Blog de El espectador, un chiste que le contara su padre, el distinguido profesor y divulgador científico Antonio Vélez Montoya: «Te voy a dar una noticia buena y una mala: “Te vas a ir para el Cielo. Pero lo malo es que te vas a ir mañana.». Algo que no debería ser un chiste, y menos aún una mala noticia; por el contrario, tendría que ser un motivo de júbilo para todo verdadero creyente la inminencia del prometido y anhelado paraíso.
***
4. ELEGIDOS POR LAS MUSAS Y POR ATE
Algunos eligen el color, otros las notas musicales, y hay quienes las palabras. Y si es notable su trabajo; entonces, realmente ninguno eligió nada, todos fueron elegidos por las musas, pero también por Ate, la diosa de la fatalidad.
***
5. ¿Y para qué votar, si siempre gana la mayoría, y la gran mayoría de la mayoría es gente estúpida?
***
*****************************
Otras publicaciones de este autor en Proclama del Cauca y Valle:




